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lunes, 17 de diciembre de 2007

WeltschmerZ

Comienza con un pasaje muy rítmico, algo así como
-Tú, tú, tú sabes... tú sabes lo que estás haciendo ¿verdad?
Y prosigue. La cercanía del mañana nos invita a pasear por el borde del precipicio (sí, el precipicio, el abismo, la eterna caída) y si los ojos se nos van hacia el fondo nos encontramos con que ya estamos cayendo y no hay lugar al que asirse, solo la estúpida voluntad de caer más despacio. Así que de pronto ya es hoy otra vez, cosa que no dejará jamás de soprenderme, y seguimos cayendo noche tras noche, paso tras paso. No es una cuestión de vértigo, puede resumirse más bien en torno a las curvas de tus piernas y de tus hombros (son la clave, ¿sabes?). Habrá quien piense que esto no es mas que un mar de lágrimas, deleitarse en la tristeza (que error amigos, no hay sentimiento más bello y verdadero, mas lleno de absolutamente nada). Probad vosotros a desgarraros las muñecas contra las paredes forradas de falso granito, y aún no habréis sentido ni una infinitésima parte del dolor del mundo...

lunes, 26 de noviembre de 2007

Disfraces

Foto: Fotograma de Vivre sa vie, Jean-Luc Godard, 1962.



Ya antes de entonces nos unía, secretamente, un pasado común. Ella fué Anne, quien en otro lugar fué Alison, cuando yo era Nicholas Urfé y antes de visitar Bourani, en la isla de Phraxos. Incluso durante la visita, cuando nos citamos en Atenas para emprender un viaje que nos llevaría a escalar el Parnaso y pasar una noche ahí ¿hay mas que decír para explicar que, ciertamente, dormí con una musa?

Ahora se llamaba Anna. Tenía el cabello oscuro y reluciente, los ojos de un dulce marrón claro: Hubo un tiempo en que lloraban cuando veían La pasión de Juana de Arco, hubo un tiempo en que apoyaba su cabeza en mi hombro y me cogía fuertemente la mano y me decía sin palabras "nunca me dejes". Ahora podía verla, desde mi mesa, con sus ojos enmarcados en una profusa y negra sombra de ojos, bajo el gorrito gris stracciatella inclinado graciosamente hacia un lado el pelo liso con un sugerente flequillo cayendo sobre sus cejas como un telón que abría paso al espectáculo de su boca y su mirada. Entre sus dedos finos se apretaba el filtro de un cigarrillo que dejaba volar el humo. El ambiente parecía perfecto, azul y rojo flotando en una neblina pesada, una fiesta de disfraces en El Club de las Almas Perdidas. Yo iba (providencialmente) de Lemmy Caution; tu ibas de tí misma en cualquiera de tus películas, con un jersey de cuello alto azul y una falda marrón de tablas hasta los tobillos. Se te advinaba jugueteando a ponerte y quitarte las bailarinas debajo de la mesa, primero con un pie, luego con otro. A tu acompañante no podía verlo pero debía ser Edward James en su versión de Magritte, porque no le adivinaba del rostro más que la nuca pulcra y aseada.

Tomé mi sombrero y me levanté de la silla. Me dirigí a las escaleras de caracol, bajando de la balconada a las selectas mesas junto a la pista de baile. Dejé la gabardina caer sobre la bandeja de una camarera reluciente que la atrapó con habilidad y luego la lanzó a la tercera base mientras me acercaba a tu mesa. Sabía que no me reconocerías, aunque cerca de tí me sentía de nuevo como el de antes, pero había cambiado tanto desde entonces que no podrías encontrarme y menos aún con la mirada turbia llena de ron La Pinta. Saludé a la nuca amablemente, respondió esta gentilmente con una voz que venía como de muy lejos y luego te miré a tí para pedirte un baile. Cortesmente liberaste en mi rostro un nuevo humo para la historia de los que recorren vagabundos este club añorando los labios de quien los expulsó, dibujaste una O perfecta tras una N rotunda.

Me encendí un cigarrillo prendiendo el fósforo con la uña, y, cuando la lumbre refulgía en mi cara, levanté los ojos. Entonces me miraste extraña y profundamente caíste en el sueño laberinto de setos en que la meta es encontrar donde habías visto antes esa mirada esa persona y por qué un escalofrío recorría cada suave curva que en tu piel trazaba la columna vertebral. Tendí la mano y la cogiste sin pensar de nuevo, mientras la nuca trataba de fruncir el ceño infructuosamente.

Salimos a la pista y con el primer paso te atraje hacia mí
y sentí tu aliento tan cerca de mi oído
de nuevo.
Cada vez que
con la cadencia de la danza yo
te llevaba hacia
atrás
el hechizo se hacía mas fuerte,
el brillo en la pupila dilatada más intenso,
el rubor acudiendo a tus blancas mejillas competía
con el color de tus labios húmedos y entreabiertos que
se
aproximaban
a los míos
y los acariciaban de forma
imperceptible,
a un nivel
cuántico.

Con un suave giro a la izquierda finalmente te incliné hacia atrás al finalizar la canción y los aplausos que eran para Connie parecieron para nosotros.

Entonces se encendió la luz.
Viste mi rostro.
Una nube de tristeza acudió a tu frente.
Y te marchaste sin mirar hacia atrás,
para ser siempre ya Señora de Nuca.
y nunca volver a ser mía .

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Vínculo

He tardado veintiséis años en darme cuenta: estoy torcido. Mi rostro está torcido. Hacia la derecha. Y el resto de mi cuerpo lo acompaña. Marco las doce y cinco. Soy más bajo de un lado que del otro, y eso está bien, porque tiene que ver con mi tono elevado y mi tono bajo. Ayer me dijeron que tenía que encontrar mi yo poético, pero ahora tendré que buscarme dos yos. Los tengo, de hecho. Jacques Percipied está retirado en un ático parisino, pero no de Montmatre, cerca de allí, del Barrio Latino, practicando qué habría pasado si Rimbaud hubiera decidido comenzar a los veinte años. Huele a kebab y hay fulares. Mientras, más bajito y feo, Goyo Graco frecuenta tabernas llenas de humo y juega con muertos a las cartas, bebe bourbon a morro y se va con esa y esa otra que están (para su desgracia) más borrachas que él.

En estado semiletárgico, escuhí a las marmopas caer y obisé pequéñas pétulas de polvo suspendidas sobre el parnasio .

Esas cosas dice.

Me fijé esta tarde, las gafas me quedaban torcidas, y el pelo también, aunque eso fuera diferente. Sonreí con media cara con franqueza, con la otra media con sarcasmo. Y lo ví claro.

Otra vez el Mito del Doble se aplica a Caín y Abel. Soy dos en uno. Desde esta noche, queda invitado Goyo Graco (soy yo, Percipied, quien pasea con las musas) a escribir en este blog.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

"Los adoquines de la calle relucían
con el lustre de la lluvia
que mañana sería barro levantado
por las ruedas traqueteantes de los carruajes.

Los adoquines de la calle relucían
con el lustre de la sangre
que mañana no sería ya ni mancha,
ni recuerdo."

J. Percipied


LEYENDAS NEGRAS: DIZZIE GILLESPIE



Exhausto, Dizzie deja la trompeta a un lado y se retira del escenario. Yo voy nuevamente la caza del autógrafo, que mas da que no vaya a poder conservarlo cuando salga del Club, lamentaría no haberlo hecho.
- El precio por una firma es una copa de Luna con dos hielos y dos gotas de fuego.
Le pido a Alabama el combinado y con una sonrisa me presenta el vaso
-
Su Sax on the Bitch, Mr. Gracus.
-
¿Sax on the bitch? ¿es broma, o estás mascando chicle?
Parpadea como solo pueden hacerlo las libélulas de labios carnosos y me doy cuenta de que no es broma. Con un giro de 212 grados farenheit se aleja de mi dejando en el aire el aroma de la palabra “ignorante” y vuelvo con Dizzie.
- Aquí tiene, su Sax on the Bitch señor Gillespie
-
Gracias, joven, - aún suda música - gracias.
Cuando termina de darle el primer trago, me atrevo a preguntarle.
-
¿Es un cóctel típico de la gente del jazz?
-
Oh, - Gillespie chasca la lengua- no muchos se atreven con esto. Lo inventó Sean “Torch” Williams.
-
Nunca lo había oído mencionar. Al tal Torch, me refiero
-
Oh, amigo, ese tipo si que sabía tocar el saxo. Yo diría, y muchos estarían conmigo, que estaba por encima de Bird. Si me invitas a otro cuando acabe este, te contaré su historia
- Eso está hecho, señor. Hábleme de él.
Dizzie apura la copa de un par de tragos (¿quién decía que no bebía?), se acomoda en una silla y observa el segundo cóctel. Con la mirada perdida y voz pronfunda y temblorosa comienza a hablar.

“Torch tocaba con Roach y Mingus en Nueva York cuando la cosa por ahí empezaba a estar caliente. Al principio lo llamaban Snow porque aunque de padre y madre negros él era albino, no me refiero a un blanquito como tú, era tan negro como yo, pero sin pigmentación en la piel. Tenía el pelo y la piel tan blancas como la ceniza desde que nació, y los ojos como verdaderas ascuas, como pozos del infierno. Solía acompañar a los buenos, sin que le dejaran destacar mucho, pero el tío podía hacer mucho más.

“Entonces un dia estaba tocando Parker y llenándolo todo de cuervos y todos estabamos maravillados de lo que estaba haciendo. Cuando terminó la historia Snow se acercó a él, no se que le dijo, pero le quitó del centro del escenario y tocó un riff increíble. Charlie lo dobló. Comenzaron a competir, o a conversar, y cada vez eran riffs mas largos y complicados. Entonces Charlie hizo algo que no se podía superar, y yo que era el único sobrio de la sala me di cuenta de que todos los demás volaban, revoloteaban y buscaban sitio para anidar. Coño, nunca había oído algo igual. Yo miraba a Snow y le decía “chico, ha sido grande pero ahora debes aceptar lo evidente”. Pero el tío comenzó ha hacer cosas nuevas ¿sabes? Sonidos que nunca habíamos oído. Y de pronto todo a su alrededor empezó a arder ¿sabes como te digo? Te hablo de llamas de verdad, tío, fuego ardiente comenzó a subir por las cortinas, por el suelo, por el techo, y la gente comenzó a aterrizar y a darse cuenta de que ellos eran un todo con sus sillas y si estas ardían iban a ser jodidas teas en un par de minutos. Así que la gente empezó a chillar y a correr, unos fuera, otros a apagar el fuego, estaban todos borrachos, no se daban cuenta de lo que había que hacer. Pero Bird si, tio, Bird miraba al albino que seguía tocando y quemándolo todo, y el puto oxígeno burbujeaba, tío, así que hizo lo que había que hacer y le soltó un derechazo en toda la mandíbula, y a Torch se le escaparon todos los dientes y sólo Charlie y yo lo vimos con todo el jaleo, pero te juro que escupió fuego.

“Así que nos llevamos de ahí al pobre hombre, mientras los demás apagaban el fuego y Charlie le dijo “lo siento, pero no podía hacer otra cosa” “No pasa nada” bufa entre encías Torch. Y por eso lo empezaron a llamar así. Tardó mucho en poder volver a tocar, porque le habían destrozado la boca. Cuando se recuperó trató de buscar bolos por aquí y por allá, y lo que había querido conseguir compitiendo con Charlie Parker lo había logrado, ya era famoso. Pero corrían por ahí rumores de que él había quemado el club y de que era un tarado peligroso, y su aspecto no ayudaba, daba mucha grima, en serio. Así que ahora todos sabían quién era, pero nadie le quería, ni aquí, ni allá, y los muchachos de la banda estaban acojonados, y Torch se comenzó a poner de mala leche de verdad. Una noche en la puerta del Milton’s Playhouse, donde estaba toda la flor y nata, el tio se presenta antes de que abran las puertas, con toda la gente fuera, y empieza a tocar, lo mas acojonante que he escuchado nunca; se nos saltaban las lágrimas y todos pensábamos “pobre Torch, que genio, que diablo”. Pero entonces volvió a pasar lo mismo, la cosa fue subiendo de temperatura y al rato estaban ardiendo todos los coches y esa mierda de alfombra roja que les dio por poner cuando el club dejó de ser un sito familiar para ser el lugar más turístico de Harlem y todo el mundo corría en desbandada. Esa fue la última actuación pública de Torch, que se sepa.

“Yo intenté ayudarle, le busqué un par de garitos pero nadie lo quería, ni bajo la promesa de tocar suave. Le dejé pasta alguna vez, pero el tío se enganchó a toda la mierda que circulaba por ahí, decía que así podía controlarse, pero la verdad es que yo nunca le volví a ver tocar. Le largaron de la pensión, y también de las casas de los pocos amigos que le quedaban; cada vez andaba peor de la azotea, eso estaba claro, y algunos nos sentíamos culpables. Porque todos sabíamos que era injusto, que seguramente no había ni habría nunca mejor saxo que el de Torch Williams. Pero el tio no tenía control, y eso fué lo que le llevó a la ruina.

“Me enteré por un par de fulanas de que vivía en una azotea abandonada en Queens y que por las noches se podía oír la lejana melodía quebrada e incluso divisar algún fogonazo a traves de las ventanas rotas. La última vez que le ví fué en el club, no recuerdo cual, había tantos… Williams parecía un fantasma de si mismo, que ya era decir; había cambiado el blanco por un amarillento hueso, estaba tan delgado que su rostro parecía una máscara, y todo cubierto por cicatrices de quemaduras. Entró, fue a la barra y pidió una copa pero el camarero no le quiso servir. Así que se fue a una esquina y se quedó como una estatua, con el viejo saxo lleno de hollín en la mano. Algunos pensaron que el loco de Torch iba a desatar un infierno. Entonces llamó con un silbido a una de las fulanas que pasaba y le dio su saxo “a cambio de algo bueno para beber”. La furcia fue a la barra y habló con el camarero que en el fondo no era mal tipo: le preparó este brebaje que ves aquí. La furcia se quedó con el saxo y ya ves de donde le viene el nombre a la bebida, no se a quien se le ocurrió pero no le dio muchas vueltas. Creo que fue a mi.

“Torch apuró la copa y se marchó con las manos vacías. Pensábamos que cualquier mañana lo encontraría la pasma en un callejón o algo así. Pero Sean Torch Williams no iba a morir como un yonki cualquiera, no. Una noche estábamos viendo a Charlie en Birdland. Parker no andaba ya muy bien, también estaba enganchado a toda la basura y ya no conseguía sonar igual que antes, aunque seguía siendo Bird. Aún así le habían dado un toque los de la discográfica, porque tenía que cumplir su contrato; Pero Charlie Parker no sabía que podía ofrecer ya. Entonces Eddie Hughes, al que llamaban Maître, su camello, le comentó no se hablando de qué, que no hacía mucho había tenido que echar a Torch de su felpudo, llorando por otra dosis. Charlie entonces pensó y durante días lo buscó, movió a todo el mundo para encontrarlo, porque hacía mucho que nadie sabía ya de él y todos lo dábamos por muerto. Al parecer Charlie lo econtró, habló con él y le regaló un nuevo saxo y algo con lo que pasar un rato sin dolor. Le ofreció grabar con él y Torch se derrumbó.

“El día antes de la grabación se puso a ensayar en una nave abandonada que le hacía de casa en esos tiempos. Tras años volvían a brotar las notas de su boca. Mucha gente dice que lo escuchó, que pasaba por ahí o que conoce a alguien que escuchó la última melodía de Torch Williams. No creo que sea cierto. Pero lo que si es cierto es que esa noche se desató un incendio terrible en el muelle, y que cuando los bomberos terminaron de apagarlo, al día siguiente, encontraron un saxo fundido a la mano de un cadáver calcinado…”


Goyo Graco, en WeltschmerZ V