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jueves, 17 de enero de 2008

Gnossiene

Foto: La Catedral, Auguste Rodin. La escultura es hermosa, pero el nombre aún lo es más.




-
El primer requisito es ser un alma perdida. Están prohibidos los turistas. ¿Qué pasa cuando un alma perdida deja de estar perdida?.
Alabama sonríe mientras friega los últimos vasos. Lincoln, Martin y Sacca barren la pista. Entonces me responde, con una mirada misteriosa.
- Las Almas Perdidas siempre serán Almas Perdidas. Lo son por decisión propia y ya no pueden ser de otra forma. Y cuando un Alma Perdida se encuentra con otra no dejan de estar perdidas, simplemente ha sucedido algo extraordinario: han encontrado a alguien con quien perderse...ahí tienes a esos dos, los de la esquina.
Cierto que no me había fijado en ellos. Un hombre y una mujer sentados en una mesa. Tenían frente a sí dos copas que ni siquiera habían tocado. Los observé durante un rato, no se movían a penas, estaban detenidos mirándose el uno en los ojos del otro. Él acariciaba muy suavemente el rostro de su compañera, ella enredaba dulcemente sus dedos en los cabellos de su compañero. Encendí un cigarro y di un sorbo a mi cerveza. Entonces me percaté de que se movían de otra forma, muy lentamente, de forma imperceptible, parecían estar rotando inmóviles el uno alrededor del otro, dibujando una espiral entorno a sí mismos.
- Son ellos son los culpables.- dijo Lincoln.
-¿Los culpables de qué?
- Las Almas Perdidas que se encuentran-contestó Sacca.
-¿De qué tienen la culpa las Almas Perdidas que se encuentran?.

- De que no haya un sólo ladrillo con forma de ladrillo, ni una sóla viga recta - señaló Martin - y de que las baldosas ya no sean cuadradas. De que surjan nuevos recovecos que deben ser barridos aquí y allá...
Volví a mirar a la pareja sorprendido.
- Así es - susurró Amanda a mi oído - ellos son los que hacen girar este mundo...


lunes, 14 de enero de 2008

La misma puta historia todos los días

Foto: Fotograma de Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951, basada en la obra de teatro de Tennessee Williams). Los protagonistas, Marlon Brando y Vivien Leigh.



A Blanche DuBois.

- ¿Te conté lo que le pasó a Armand?
Claro que me lo has contado, Sussie. Me cuentas la misma puta historia todos los días.
- En aquella época vivíamos en Phraxos, en una casita blanca junto al acantilado. Toda la zona estaba llena de olivos y Armand tenía alergia a los olivos.
Armand, el hombre que se folló a una puta ninfa.
- Una noche de mayo salió fuera de la casa, se puso malísimo pero estaba harto de estar encerrado dentro todas las tardes. Se hizo de noche y aún no había vuelto, así que salí a buscarle. Entonces empecé a escuchar "ahhh. ahhh.", jadeos y pienso "Armand con un ataque de asma". Echo a correr asustada y finalmente lo encuentro bajo un olivo enorme... ¡follándose a una puta ninfa!
Ahora viene la parte en que le arranca la cabeza. Y yo acabo de cenar...
- Sussie
- ¿Qué?
- Sussie, ya me has contado eso. Me cuentas la misma puta historia todos los días.
No debía haberlo hecho. Ahora, como todos los días, se pone a llorar.
- Shhhh, bueno, tranquila - la abrazo mientras solloza y siento el calor de sus lágrimas en mi cuello - ya pasó.
- ¿y... y ... entonces ya sabes el final de la historia?
Lo sé. Pero que mas dá.
- ¿Qué pasó?...
- Entonces... entonces... -sorbe su narizilla roja - entonces yo grité "¡Armand, que cojones estás haciendo!" y la ninfa se me quedó mirando, luego miró a Armand con furia y pegó un rugido y le arrancó la cabeza de un mordisco. Desapareció entre el follaje...
Demonio, esta explicación es mejor aún que la del domingo pasado. Sussie lloraba. Y yo entonces tenía que decir:
- No fué así, Sussie. - Sussie me observa con extrañeza. Yo tomo aire. - Estábais en Tánger poniéndoos hasta las cejas de todo, viviendo en una chabola de mierda. Un día Armand fué a pillar jaco y tardaba mucho. Fuiste a casa del camello y te los encontrastes a los dos, Armand y el camello, follándose a una putita tailandesa que no tendría ni trece años. Entonces cogiste el .38 de la mesilla del camello y les volaste la cabeza a los tres.
Me mira con cara de ofendida. Como siempre.
- No... - sus ojos comienzan a girar enloquecidos - no a los tres...
- Si.
- No a los tres...
- Si Sussie. A los tres.
Sussie se rompe en un llanto terrible. Los primeros días era estremecedor. Ahora sólo es terrible. Cruje una cerradura, el celador abre la puerta.
- Lo siento, señor Graco. La visita ha terminado.
Y me alejo de tu celda oyéndote gritar, y maldecir mi nombre, rogar un pico sollozando...y yo sólo deseo salir fuera para poder encenderme un cigarillo.

Hasta mañana, Sussie.

miércoles, 2 de enero de 2008

Cómo me hice un nudo

In der Tiefe wohnt das Licht




Gira un poco más a la izquierda. Sigue recto y cuando creas que es el momento indicado desvíate un poco más hacia la izquierda, no olvides caminar despacio, mirando el suelo. Finalmente llegas a un punto en el que no puedes continuar girando, levantas la cabeza, te ves a ti mismo. Ahí está la puerta.

Sigo las indicaciones cuidadosamente y por fin estoy bajando las crujientes escaleras del Club de las Almas Perdidas. Suena un swing alocado (como todos los swings), el humo se retuerce y me mira, baila a mi alrededor. Hacia arriba distingo los balcones de madera sin líneas claramente definidas, todo es ligeramente curvo, o extremadamente curvo, se enrosca sobre si mismo e incluso creo oír sisear a las serpientes. Se acerca la hora, todas las horas se aproximan, el tiempo se condensa y solo el momento es presente.

Es. Ahora. No.





Nina Simone - Sinnerman

Te vi pasar muy rápidamente junto a mi, tu aroma quedó prendido en el aire y sentí de nuevo como las viejas luces se encendían, centelleaban en mi pecho y respirar volvió a convertirse en una caricia. Y yo como un idiota o bien me quedaba parado o bien te perseguía dando saltitos ridículos y riendo como un demente. Entonces te detuviste frente a mi, me aproximé, a unos centímetros -todo sucedió en ese breve pulso de eternidad-, yo convertido en estatua de piedra y tu reflejando todos los colores visibles por el ojo humano y varios que no había visto nunca antes. Echaste a correr, y seguí quieto, miraste atrás, seguiste corriendo y entonces lo supe, entonces corrí, corrí tras de ti con todas mis fuerzas hasta que el aire se inflamó e incluso después, e incluso después aún -de nuevo hay músculos y fibras bajo esta piel macilenta- y así habría de seguir y sería un buen ejercicio, pero por otro lado es tentadora la posibilidad de atraparte y reir contigo
tal vez bajo un Sol frío,
tras una nube seca.


jueves, 6 de diciembre de 2007

Niebla

Foto: Catedral engalanada de niebla. Valladolid.



De nuevo es de Sibelius

Mira a Louie. Se acerca al triste Jacques, al grisáceo Jacques, y le dice “Hola, Jack. He venido a buscarte, baila conmigo”. Y la música de las polillas y los murciélagos y el lento fluir del Sena, y los distantes ecos de los coches pasajeros, de los camiones de la basura, de los vagabundos y los borrachos sacudiendo sus pies plomizos contra el suelo de granito se convierten en orquesta y todo ese París, nuestro París, interpreta un vals triste y giramos a su son. Ella es, claro, más alta y brillante que él, pero mi esfuerzo trata de compensar al menos el cuadro para que no resulte ridículo y le calzo unas botas camperas con un tacón de casi cinco centímetros. Y cuando se encamina la mejor parte una risa nerviosa entrecruza, tal vez no pueden sostener sus miradas sin deslumbrarse de ese modo y es extraño pero es demasiado hermoso para no serlo. Yo, espectador casual, enciendo un cigarrillo que intercambié a un tirado el lunes pasado en la estación de autobuses de Madrid: el me pidió un euro para llamar por teléfono, y yo lo troqué por un cigarro que no fumé al considerar después que me había salido demasiado caro como para malgastarlo.

Hay un momento indeterminado en el que todas las luces se cruzan y señalan a una misma dirección y entonces se escucha el rumor del público que sospecha que está a punto de levantarse el telón de un modo u otro.

Jacques y Louie se sientan exhaustos en un banco de piedra, observan el reflejo cambiante de la Luna, los miro y secretamente envidio que sean dúctiles y maleables y yo no sepa aún domar los vientos para atarlos a mi espalda y que me conduzcan cerca de ti y aún así te deseo en silencio a mi lado, distante o más cerca quizás, quizás tras mi espejo, quizás tumbada a mi lado leyendo mis labios; y odio a mi alma por no ser sólo poesía, por no poder vivir vagando entre encabalgamientos y metáforas y otros tropos de nombre exótico y acercarme de este modo a ti en este estado sublimado, transfigurado, trascendente, sin que sea necesario que nuestros cuerpos se acerquen un milímetro más y por otro lado cuando la parte dramática del vals arranca con su aceleratto y su cescendo necesito girar alrededor de algún epicentro sintiendo veraz el tacto de tus manos y estrellar un vaso contra la pared y ser temible y admirable siervo de tu presencia arrullante.

Ululan los colores del arco iris de la noche, siempre ha de ser de noche excepto cuando saques las flores a la ventana,

ya sabes,

al balcón de Montmatre desde donde me ves pintando palabras rotas y uniéndolas mediante humo. Y espero entonces a que nadie mire, subo a un taburete del café (los mimbres deshilachados a penas se sostienen unos a otros) y grito y canto desafinado para que me oigas y bajes y todos acudan de nuevo y adivinen quién es el poeta cuyos versos tienen mejor destino. Entonces saben bien lo que va a suceder acto seguido: la ciudad se vuelve orquesta y giramos y el mundo se detiene en ese punto porque existen fuerzas que escapan a la razón e incluso al sueño de la.

Pero no son mas que marionetas, se baja el telón y sólo aplauden los que se han dormido antes del princpio, pues Los Despiertos conocen la terrible verdad: su tragedia es ser de madera y trapo, de barniz, y el titiritero se aleja con sus sueños metidos en una maleta vieja.

Y entonces resulta que se encuentra contigo.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Lecturatura

Extraído de la conferencia pronunciada por Henry Bandini la noche del 28 de noviembre en El Club, con el título de LA LECTURATURA:

"Hablemos, en principio, de las bases que constituyen este sistema, teniendo en cuenta que esta denominación la utilizamos por mera comodidad y en un ambiente almibarado y distendido. Existen una serie de elementos técnicos, tomemos por ejemplo uno y luego otro: al poner el uno sobre el otro vemos como ni se dan sombra ni tampoco destacan por su transparencia, solo que al unísiono resultan constituir algo diferente que vistos de forma individual. No hay que perder de vista la función rítmica del sonido ni tampoco hay que reflexionar en demasía sobre los aspectos menos luminosos del concepto en si, toda reducción conceptual implica una pérdida del sentido inherente. En base a esto y al saber acumulado de cada cual, la capacidad de comprensión más allá de toda duda nos resulta equívoca, confusa, falsa. Vemos, por ejemplo, el caso de las moscas del vinagre, invertebrados estúpidos que sin embargo son la clave de todo razonamiento que se precie de científico y positivista (descartando todas las connotaciones negativas que este término ha ido recogiendo con el devenir de los años y de las corrientes interpretativas). Y he ahí el quid de la cuestión, como la calidad no puede medirse per se, no existe un baremo comparado y aceptado de qué es lo que posee la calidad y que es lo que no, depende en gran parte de las cualidades interpretativas del autor-receptor. Suponed que Chopin escribe una balada, y para escucharla necesita ser tocada, y cada oyente debe hacer su propia interpretación musical, al piano, de la misma: habrá con seguridad muchos que, frustrados en su inoperancia, consideren que esta obra es pura basura; habrá algunos que sepan penetrar en ella y poner lo que falta, es decir, el propio toque del intérprete. Carecemos de referencias en este sentido y es por eso que resulta tan placentero y a la vez tan peligroso. Hagamos una puesta en práctica con este guegalo que tengo paga vosotgos. Luego me contáis que tal. El Club de las Almas Perdidas se digna en presentar esta noche al gran Julio Cortázar:

Las babas del diablo

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda,
usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no
servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me
duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las
nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus
rostros. Qué diablos.

Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina
siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un
modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar
es también una máquina (de otra especie, una Contax 1. 1.2) y a lo mejor
puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella-la mujer
rubia-y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy,
esta Remington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de
doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven.
Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es
que todo esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy
menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo
pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde
gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata
de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna
manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del
comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere
contar algo).

De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a
preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente
por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece
que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en
seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo
hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién
entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo
sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y
contar, porque al fin y al cabo nadie se averguenza de respirar o de ponerse
los zapatos; son cosas, que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro
del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio
roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la
oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo,
siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago..."

Para leer completo este cuento de Cortázar que inspiró el guión de BlowUp, pinchen en el enlace este y vayan descendiendo por el scroll de la página en cuestión.
.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Disfraces

Foto: Fotograma de Vivre sa vie, Jean-Luc Godard, 1962.



Ya antes de entonces nos unía, secretamente, un pasado común. Ella fué Anne, quien en otro lugar fué Alison, cuando yo era Nicholas Urfé y antes de visitar Bourani, en la isla de Phraxos. Incluso durante la visita, cuando nos citamos en Atenas para emprender un viaje que nos llevaría a escalar el Parnaso y pasar una noche ahí ¿hay mas que decír para explicar que, ciertamente, dormí con una musa?

Ahora se llamaba Anna. Tenía el cabello oscuro y reluciente, los ojos de un dulce marrón claro: Hubo un tiempo en que lloraban cuando veían La pasión de Juana de Arco, hubo un tiempo en que apoyaba su cabeza en mi hombro y me cogía fuertemente la mano y me decía sin palabras "nunca me dejes". Ahora podía verla, desde mi mesa, con sus ojos enmarcados en una profusa y negra sombra de ojos, bajo el gorrito gris stracciatella inclinado graciosamente hacia un lado el pelo liso con un sugerente flequillo cayendo sobre sus cejas como un telón que abría paso al espectáculo de su boca y su mirada. Entre sus dedos finos se apretaba el filtro de un cigarrillo que dejaba volar el humo. El ambiente parecía perfecto, azul y rojo flotando en una neblina pesada, una fiesta de disfraces en El Club de las Almas Perdidas. Yo iba (providencialmente) de Lemmy Caution; tu ibas de tí misma en cualquiera de tus películas, con un jersey de cuello alto azul y una falda marrón de tablas hasta los tobillos. Se te advinaba jugueteando a ponerte y quitarte las bailarinas debajo de la mesa, primero con un pie, luego con otro. A tu acompañante no podía verlo pero debía ser Edward James en su versión de Magritte, porque no le adivinaba del rostro más que la nuca pulcra y aseada.

Tomé mi sombrero y me levanté de la silla. Me dirigí a las escaleras de caracol, bajando de la balconada a las selectas mesas junto a la pista de baile. Dejé la gabardina caer sobre la bandeja de una camarera reluciente que la atrapó con habilidad y luego la lanzó a la tercera base mientras me acercaba a tu mesa. Sabía que no me reconocerías, aunque cerca de tí me sentía de nuevo como el de antes, pero había cambiado tanto desde entonces que no podrías encontrarme y menos aún con la mirada turbia llena de ron La Pinta. Saludé a la nuca amablemente, respondió esta gentilmente con una voz que venía como de muy lejos y luego te miré a tí para pedirte un baile. Cortesmente liberaste en mi rostro un nuevo humo para la historia de los que recorren vagabundos este club añorando los labios de quien los expulsó, dibujaste una O perfecta tras una N rotunda.

Me encendí un cigarrillo prendiendo el fósforo con la uña, y, cuando la lumbre refulgía en mi cara, levanté los ojos. Entonces me miraste extraña y profundamente caíste en el sueño laberinto de setos en que la meta es encontrar donde habías visto antes esa mirada esa persona y por qué un escalofrío recorría cada suave curva que en tu piel trazaba la columna vertebral. Tendí la mano y la cogiste sin pensar de nuevo, mientras la nuca trataba de fruncir el ceño infructuosamente.

Salimos a la pista y con el primer paso te atraje hacia mí
y sentí tu aliento tan cerca de mi oído
de nuevo.
Cada vez que
con la cadencia de la danza yo
te llevaba hacia
atrás
el hechizo se hacía mas fuerte,
el brillo en la pupila dilatada más intenso,
el rubor acudiendo a tus blancas mejillas competía
con el color de tus labios húmedos y entreabiertos que
se
aproximaban
a los míos
y los acariciaban de forma
imperceptible,
a un nivel
cuántico.

Con un suave giro a la izquierda finalmente te incliné hacia atrás al finalizar la canción y los aplausos que eran para Connie parecieron para nosotros.

Entonces se encendió la luz.
Viste mi rostro.
Una nube de tristeza acudió a tu frente.
Y te marchaste sin mirar hacia atrás,
para ser siempre ya Señora de Nuca.
y nunca volver a ser mía .

sábado, 24 de noviembre de 2007

Hielo

Foto: Una bola de discoteca parecida a un lisoma. Algún bar. Valladolid.





Se sienta en una esquina oscura
- todas las esquinas son oscuras, si bien no todas las esquinas son esquinas tal y como las concebimos en el mundo exterior – jugueteando con los cubitos de una copa de hielo con cola. El agua sabe cantar al son que ella le marca, y tiene comprobado que tres o más hielos en un vaso estrecho entonan madrigales de Orlando di Lasso o poemas sinfónicos de Schönberg; dos hielos componen una fuga de Bach, y uno solo arranca los acordes minimalistas de Eric Satie, las cristalinas notas de Sigur Ros o tristes baladas de Jeff Buckley; cuando comienzan a tornarse líquidos coquetean con Danny Elfman y Ravi Shankar.

La vida de una musa es dura, tienen que acompañar a artistas neuróticos y elegir muy bien a quien le conceden sus favores, puesto que son muy pocas y los artistas son muchos y muy diversos. Casi nunca trabaja cuando está en el Club, resulta muy inadecuado interpelar a una musa cuando está de copas; eso es un alivio, por un lado, pero tiene como contrapartida que las musas se sienten siempre un poco solas: nadie quiere parecer maleducado y muy poca gente les da conversación, porque después de todo hablar con una de ellas suele producir el mismo efecto que recibir sus dones. Entre los parroquianos del Club, por cierto, abundan los artistas, y muchos las miran con ira o despecho. Y es verdad que son caprichosas, que son volubles, que su gracia es eterna y efímera. Otros temen no estar a la altura. Sea como fuere, ella hace cantar a los hielos y escribe en un libro de hojas otoñales que guarda celosamente en un bolso fabricado con tela de juicio. Muchos querrían saber que escribe, seguros de que se trata de una obra pura e insuperable. Yo, personalmente, creo que no. Creo que escribe sobre cosas sencillas, sueños y anhelos de una adolescente demasiado madura para tener ilusiones y esperanzas para si misma. Es tímida y siempre quiere bailar, pero le aterra salir sola a la pista y que las bailarinas traten de atesorar para si sus coreografías y la observen e imiten; tampoco puede salir acompañada, porque eso despertaría los celos de todos los demás de una forma demasiado evidente. A parte de todo eso, lleva tantos años pisar la pista que el mero hecho de que decidiera hacerlo llamaría la atención de todo el mundo y se sentiría ahogada bajo la responsabilidad y el peso de tanto curioso observador. Así que se sienta sola, se siente sola y juega con los hielos. Su cabello es negro y flota ingrávido sobre sus hombros, sus ojos tal vez sean marrones, sin duda brillantes y su pupila, como la de todas las musas, es un eclipse negro, un hermoso espejo que muestra a quien la mira lo que realmente desea ver: su propio rostro.

Y yo, que me contento con contemplarla, soy el centro de las envidias de los demás: me acerco a ella cuando ya debe de ser tarde – es imposible saber que hora es en el Club de las Almas Perdidas – me siento a su lado, sin haber cruzado jamás palabra con ella; me mira cansada y, nostálgica de algo que aun no ha sido escrito, deja caer su cabeza sobre mi hombro, llora en silencio y yo le concedo el don del Sueño.

Conozco un secreto, su secreto de musa nocturna. Quiere unas alas. Por eso la amo.

Pero si le diera lo que ansía, volaría lejos de mi.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Encuentros con la Farmena I

Foto: Ruinas apócrifas de Olimpia. Valladolid, a la altura del puente de la Hispanidad.


Cuantas veces he añorado, en la solitaria cerrazón de mi talanque, aquellas noches fúlmigues de la Farmena, cuando todos esos, mis drugos, que ahora no son mas que polvo y rascaduras, vitoreaban mi nombre y yo, a mi vez, los suyos; y en las dándricas estancias del Club de las Almas Perdidas celebrábamos con poroso ánimo la eternidad de las vidas perennes y la fugacidad de las volutas asiánicas. Entonces siempre había un momento para recordar viejas historias y entrechocar copas y jarducas con los fantasmas de dinastías malditas: la Farmena nos permitía verlos y escucharlos y ellos siempre querían unirse a la orfía, pero era gente peligrosa y lo mejor era no tercozar con ellos. Así departimos con Pélope y su descendencia que acaso fué más alta que él mismo, pero no todo el mundo puede jactarse de darle nombre a una península, y al provenir yo de una que etimológicamente es tierra de conejos he de cederle el honor más grande a este monarca que fué dos veces cocido. Complacidos escuchábamos como narraba su historia al son de unos yambos ditirambos bien atonales.

Pélope nació de un rey de Lidia inmensamente rico, que frecuentaba a los dioses en la mejor de las acepciones de este verbo: solía compartir con ellos todo tipo de dídricos encuentros, se sentaba a su mesa y ellos a la suya, y los honraba con néctar y ambrosía, cuyo consumo debía producir un efecto muy similar al de nuestra querida Farmena. Este monarca, Tántalo de nombre, invitó a los Olímpicos a un banquete en el que, como plato principal y sacrificio, les ofreció a su hijo descuartizado servido púdicamente en un gran caldero de bronce natural. Los dioses observaron el infantil despiece y no probaron nada, puesto que la cabeza del niño aún miraba con asombro a sus comensales. Solo Démeter, distraída, pegó un bocado de la paletilla tersa y nívea del pequeño Pélope. Zeus el Barbudo se levantó colérico y blasfemante, maldijo a Tántalo y ordenó a su Hermético descendiente que recompusiera el destrozo. Depositó el Trismegisto todas las partes dentro del caldero, volvió a cocerlas y después una de las Moiras las cosió como a una muñeca de fardo. Démeter tapó el agujero que sus divinos dientes habían producido en la espalda del muchacho con un trozo de marfil, Rea le insufló aliento y Pan danzó de alegría. Poseidón, que había estado muy callado, vió al hermoso mancebo recompuesto y decidió raptarlo para gozar con él de los placeres órticos y hacerlo su copero.

Cuando a Pélope le creció pelo en la barba, dejó el reino marino para reclamar el trono de su padre, y una vez coronado decidió buscar esposa. Llegó a la divina ciudad de Olimpia en busca de la princesa Hipodamia para desposarse con ella. Pero el padre de esta, Enómao, gozaba demasiado de los vicios de la carne con su hija para desposarla con un extranjero. Trece pretendientes decoraban, privados de todo aquello que antes habían tenido por debajo del cuello, trece picas de madera frente al palacio sólibre de Enómao. El rey retaba a los pretendientes a una carrera de caballos y siempre vencía, pues su carro era tirado por criaturas de Ares. Pélope se rascó las costuras y decidió que no deseaba ser desmembrado de nuevo, así que reclamó a su sódomo amigo Poseidón ayuda en ese desafío. La marina deidad prestó a su copero cuatro caballos de los que agitaban la tierra y coronaban la espuma de las olas, para asegurarle la victoria. Cauto desde la primera cocción, Pélope ideo un plan para que la la derrota no pudiera, aún así, soprenderle. Visitó a escondidas a la hermosa Hipodamia, que por las noches tomaba la forma de una yegua leuca y esta se enamoró de la marfileña espalda de su futuro esposo; de modo que, en favor de este, la princesa prometió al auriga de su padre, el torpe Mirtilo, saciar sus deseos amatorios a cambio de que sustituyera el férreo eje del carro paterno por una barra de cera. Mirtilo deseaba a Hipodamia más que a nada en el mundo, y aguijoneado por Afrodita y Eros accedió concupiscentemente.

El dia de la carrera Enómao sacrificó un cordero negro a su padre Ares y vestido solo con una capa y un yelmo montó en su vehículo, tan seguro de su victoria que permitió a Pélope partir con antelación. Cuando el rey estuprador salió a la caza del pretendiente de su hija, las ruedas del carro salieron despedidas, acabando el monarca alegremente pisoteado por sus fieros caballos mientras maldecía con su último aliento al torpe Mirtilo, quien sintió el temor aferrarse a sus gombas. Pélope recogió a Hipodamia y al auriga, y con los caballos de Poseidón salieron volando hacia Eubea, donde los dos amantes arrojaron al vacio al tercero, que hacía de lastre. Mientras caía, Mirtilo maldijo a la descendencia de Pélope. Este hizo oidos sordos y con su botín regresó al palacio de su padre.

Los años pasaron y los reinos de Pélope se extendían ahora por toda la península, y llamó a su imperio Peloponeso. Era Pélope un hombre muy cuerdo, y todos reíamos con gran risa cuando nos narraba como, tras no poder vencer en batalla a Estínfalo, rey de Arcadia, le invitó placidamente a cenar en su palacio. Esa noche, cuando el arcadio se disponía a tomar la última copa, Pélope lo hizo descuartizar como muestra de afecto. Estínfalo no supo apreciar esta tradición y falleció.

El rey recocido tuvo veintidós hijos con la mujer-yegua, pero su favorito era el vigésimo tercero, Crisipo, hijo bastardo que había engendrado con la ninfa Axíoque en una playa eutrópica. Crisipo era muy hermoso, y cuando estaba a punto de llegar a la pubertad Pélope se cuidó de que fuera raptado por Layo de Tebas, para que gozara él también de los placeres órticos que tan buena suerte le habían dado a él en su juventud. Baste decir que Layo no era Poseidón. Hipodamia se sintió ofendida al ver que el favorito y heredero era el bastardo, después de haber parido ella a veintidós criaturas legítimas, y confabulada con sus dos hijos mayores - Atreo y Tieste - fué hasta Tebas y mató a Crisipo con la espada del viejo Layo. Encolerizado, Pélope profirió alaridos hasta que temblaron los sótanos, desterró a su esposa y a sus dos hijos mayores y los maldijo.

En el exilio Hipodamia, azotada por la culpa y las pesadillas erínicas, se suicidó. Pero Atreo y Tieste visitaron a la Pitia de Delfos, donde les fué revelado que un hijo de la mujer-yegua heredaría el vacante trono de Micenas. Así que se encaminaron a ese reino, planeando ya el uno como matar al otro subrepticiamente, mientras reían al son de los dombones y juraban lealtad eterna a su gloriosa estirpe.

Ya viejo murió Pélope. Sus restos, junto con los de la esposa que repudió, fueron enterrados en Olimpia, donde recibieron culto por muchos siglos.



Foto: Hipodamia, su madre, Pélope, Enómao, Mirtilo, Eros y Afrodita.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Psique

Foto: Calíope. Lapicera, lápiz.



Poema de Kierkegaard

Sonido entrechocante de metal
y escombros

dolorosa viga, quebrada luna
y cristal

Temblorosa puerta blasonada
vetusta

Descenso profundo y prohibído

Lo fácil es salir del Infierno

La ruina te acontece
al volver la vista atrás.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

"Los adoquines de la calle relucían
con el lustre de la lluvia
que mañana sería barro levantado
por las ruedas traqueteantes de los carruajes.

Los adoquines de la calle relucían
con el lustre de la sangre
que mañana no sería ya ni mancha,
ni recuerdo."

J. Percipied


LEYENDAS NEGRAS: DIZZIE GILLESPIE



Exhausto, Dizzie deja la trompeta a un lado y se retira del escenario. Yo voy nuevamente la caza del autógrafo, que mas da que no vaya a poder conservarlo cuando salga del Club, lamentaría no haberlo hecho.
- El precio por una firma es una copa de Luna con dos hielos y dos gotas de fuego.
Le pido a Alabama el combinado y con una sonrisa me presenta el vaso
-
Su Sax on the Bitch, Mr. Gracus.
-
¿Sax on the bitch? ¿es broma, o estás mascando chicle?
Parpadea como solo pueden hacerlo las libélulas de labios carnosos y me doy cuenta de que no es broma. Con un giro de 212 grados farenheit se aleja de mi dejando en el aire el aroma de la palabra “ignorante” y vuelvo con Dizzie.
- Aquí tiene, su Sax on the Bitch señor Gillespie
-
Gracias, joven, - aún suda música - gracias.
Cuando termina de darle el primer trago, me atrevo a preguntarle.
-
¿Es un cóctel típico de la gente del jazz?
-
Oh, - Gillespie chasca la lengua- no muchos se atreven con esto. Lo inventó Sean “Torch” Williams.
-
Nunca lo había oído mencionar. Al tal Torch, me refiero
-
Oh, amigo, ese tipo si que sabía tocar el saxo. Yo diría, y muchos estarían conmigo, que estaba por encima de Bird. Si me invitas a otro cuando acabe este, te contaré su historia
- Eso está hecho, señor. Hábleme de él.
Dizzie apura la copa de un par de tragos (¿quién decía que no bebía?), se acomoda en una silla y observa el segundo cóctel. Con la mirada perdida y voz pronfunda y temblorosa comienza a hablar.

“Torch tocaba con Roach y Mingus en Nueva York cuando la cosa por ahí empezaba a estar caliente. Al principio lo llamaban Snow porque aunque de padre y madre negros él era albino, no me refiero a un blanquito como tú, era tan negro como yo, pero sin pigmentación en la piel. Tenía el pelo y la piel tan blancas como la ceniza desde que nació, y los ojos como verdaderas ascuas, como pozos del infierno. Solía acompañar a los buenos, sin que le dejaran destacar mucho, pero el tío podía hacer mucho más.

“Entonces un dia estaba tocando Parker y llenándolo todo de cuervos y todos estabamos maravillados de lo que estaba haciendo. Cuando terminó la historia Snow se acercó a él, no se que le dijo, pero le quitó del centro del escenario y tocó un riff increíble. Charlie lo dobló. Comenzaron a competir, o a conversar, y cada vez eran riffs mas largos y complicados. Entonces Charlie hizo algo que no se podía superar, y yo que era el único sobrio de la sala me di cuenta de que todos los demás volaban, revoloteaban y buscaban sitio para anidar. Coño, nunca había oído algo igual. Yo miraba a Snow y le decía “chico, ha sido grande pero ahora debes aceptar lo evidente”. Pero el tío comenzó ha hacer cosas nuevas ¿sabes? Sonidos que nunca habíamos oído. Y de pronto todo a su alrededor empezó a arder ¿sabes como te digo? Te hablo de llamas de verdad, tío, fuego ardiente comenzó a subir por las cortinas, por el suelo, por el techo, y la gente comenzó a aterrizar y a darse cuenta de que ellos eran un todo con sus sillas y si estas ardían iban a ser jodidas teas en un par de minutos. Así que la gente empezó a chillar y a correr, unos fuera, otros a apagar el fuego, estaban todos borrachos, no se daban cuenta de lo que había que hacer. Pero Bird si, tio, Bird miraba al albino que seguía tocando y quemándolo todo, y el puto oxígeno burbujeaba, tío, así que hizo lo que había que hacer y le soltó un derechazo en toda la mandíbula, y a Torch se le escaparon todos los dientes y sólo Charlie y yo lo vimos con todo el jaleo, pero te juro que escupió fuego.

“Así que nos llevamos de ahí al pobre hombre, mientras los demás apagaban el fuego y Charlie le dijo “lo siento, pero no podía hacer otra cosa” “No pasa nada” bufa entre encías Torch. Y por eso lo empezaron a llamar así. Tardó mucho en poder volver a tocar, porque le habían destrozado la boca. Cuando se recuperó trató de buscar bolos por aquí y por allá, y lo que había querido conseguir compitiendo con Charlie Parker lo había logrado, ya era famoso. Pero corrían por ahí rumores de que él había quemado el club y de que era un tarado peligroso, y su aspecto no ayudaba, daba mucha grima, en serio. Así que ahora todos sabían quién era, pero nadie le quería, ni aquí, ni allá, y los muchachos de la banda estaban acojonados, y Torch se comenzó a poner de mala leche de verdad. Una noche en la puerta del Milton’s Playhouse, donde estaba toda la flor y nata, el tio se presenta antes de que abran las puertas, con toda la gente fuera, y empieza a tocar, lo mas acojonante que he escuchado nunca; se nos saltaban las lágrimas y todos pensábamos “pobre Torch, que genio, que diablo”. Pero entonces volvió a pasar lo mismo, la cosa fue subiendo de temperatura y al rato estaban ardiendo todos los coches y esa mierda de alfombra roja que les dio por poner cuando el club dejó de ser un sito familiar para ser el lugar más turístico de Harlem y todo el mundo corría en desbandada. Esa fue la última actuación pública de Torch, que se sepa.

“Yo intenté ayudarle, le busqué un par de garitos pero nadie lo quería, ni bajo la promesa de tocar suave. Le dejé pasta alguna vez, pero el tío se enganchó a toda la mierda que circulaba por ahí, decía que así podía controlarse, pero la verdad es que yo nunca le volví a ver tocar. Le largaron de la pensión, y también de las casas de los pocos amigos que le quedaban; cada vez andaba peor de la azotea, eso estaba claro, y algunos nos sentíamos culpables. Porque todos sabíamos que era injusto, que seguramente no había ni habría nunca mejor saxo que el de Torch Williams. Pero el tio no tenía control, y eso fué lo que le llevó a la ruina.

“Me enteré por un par de fulanas de que vivía en una azotea abandonada en Queens y que por las noches se podía oír la lejana melodía quebrada e incluso divisar algún fogonazo a traves de las ventanas rotas. La última vez que le ví fué en el club, no recuerdo cual, había tantos… Williams parecía un fantasma de si mismo, que ya era decir; había cambiado el blanco por un amarillento hueso, estaba tan delgado que su rostro parecía una máscara, y todo cubierto por cicatrices de quemaduras. Entró, fue a la barra y pidió una copa pero el camarero no le quiso servir. Así que se fue a una esquina y se quedó como una estatua, con el viejo saxo lleno de hollín en la mano. Algunos pensaron que el loco de Torch iba a desatar un infierno. Entonces llamó con un silbido a una de las fulanas que pasaba y le dio su saxo “a cambio de algo bueno para beber”. La furcia fue a la barra y habló con el camarero que en el fondo no era mal tipo: le preparó este brebaje que ves aquí. La furcia se quedó con el saxo y ya ves de donde le viene el nombre a la bebida, no se a quien se le ocurrió pero no le dio muchas vueltas. Creo que fue a mi.

“Torch apuró la copa y se marchó con las manos vacías. Pensábamos que cualquier mañana lo encontraría la pasma en un callejón o algo así. Pero Sean Torch Williams no iba a morir como un yonki cualquiera, no. Una noche estábamos viendo a Charlie en Birdland. Parker no andaba ya muy bien, también estaba enganchado a toda la basura y ya no conseguía sonar igual que antes, aunque seguía siendo Bird. Aún así le habían dado un toque los de la discográfica, porque tenía que cumplir su contrato; Pero Charlie Parker no sabía que podía ofrecer ya. Entonces Eddie Hughes, al que llamaban Maître, su camello, le comentó no se hablando de qué, que no hacía mucho había tenido que echar a Torch de su felpudo, llorando por otra dosis. Charlie entonces pensó y durante días lo buscó, movió a todo el mundo para encontrarlo, porque hacía mucho que nadie sabía ya de él y todos lo dábamos por muerto. Al parecer Charlie lo econtró, habló con él y le regaló un nuevo saxo y algo con lo que pasar un rato sin dolor. Le ofreció grabar con él y Torch se derrumbó.

“El día antes de la grabación se puso a ensayar en una nave abandonada que le hacía de casa en esos tiempos. Tras años volvían a brotar las notas de su boca. Mucha gente dice que lo escuchó, que pasaba por ahí o que conoce a alguien que escuchó la última melodía de Torch Williams. No creo que sea cierto. Pero lo que si es cierto es que esa noche se desató un incendio terrible en el muelle, y que cuando los bomberos terminaron de apagarlo, al día siguiente, encontraron un saxo fundido a la mano de un cadáver calcinado…”


Goyo Graco, en WeltschmerZ V

lunes, 8 de octubre de 2007

Mil veces me maldigo

Foto: Cartón sobre el que se pintaron unos tablero y unas "eles" de atornillar.




Se celebraban las Orfías Dídricas. Unos amigos y yo. A mis amigos no los conocía, pero eso tiene su lógica, aunque no pueda ser expresado con palabras (se puede, pero no soy capaz)
- En serio ¿donde has puesto mis pies? - Yo, en plena orfía me doy cuenta de que no tengo pies y de que la cabeza se me estraperla.
- Anúlalo, anúlalo todo rápido y tráeme unas patatas peladas. ¿Tú que tomas? - la pregunta resuena en el espacio oscuro que rellena lo que hay bajo un arco de medio punto.
Suena un jazz rítmico y casual, los donfones ejecutan su melodía mientras los tridigibles se ciernen conteniendo el aire. La palabra confuso carece de sentido. Ahora soy consciente de qué es lo que tienen en común una célula y una loncha de chopped: ambas están rellenas de si mismas. Todo carece de sentido y eso precisamente es lo que lo hace real, aunque aún nos preguntemos que pása cuando la ligasa se desparrama por el suelo, y por qué tienen gafas las toxinas. Joder, un lisoma se parece a la bola de Toni Manero, y que más da, a lo mejor es una bola y creemos que se parece a un lisoma. Ya limpiarán mañana, si es que existe un mañana en este lugar.
- Tolomeo, a ser posible.Tomemos unas jarducas y cantemos hasta el amanecer, como en una película de Charlie Kiesloff.
- Sí, eso ¡ y cacahuetes!
El mástil toca ya el alboredo y todo parece rotar de forma dándrica. Otra hermosa Orfía en el Club de las Almas Perdidas.