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lunes, 24 de diciembre de 2007

Nueva entrada de pollos (Chanson d'Eau)

Se apostaban en la puerta fumando un cigarrillo cuantos minutos tardaría en salir su objetivo; cuando quisieron darse cuenta aún no había salido y fumaron otro cigarrillo. Bajo la luz amarillenta y opaca sus gabardinas parecían azules, como bajo cualquier otra luz, pero el tono era diferente - y no bajo todas las luces todos los tonos son diferentes - en el momento en que el negro tomó por fin el camino a casa silbando, cruzando entre dos extraños. Se calaron su sombrero al pasar bajo un desagüe del tejado y se lo ajustaron bien. Los pasos del negro sonaban lentos, acompasados, turbios, y los dos hombres apretaban los suyos porque los cordones se aflojaban de vez en cuando, cuando, al percatarse de que el tipo se alejaba, aceleraron su marcha. Finalmente el hombre se detuvo frente a un portal que no era el suyo, y luego tras otro que tampoco lo era, se detenía, observaba algo dentro y seguía caminando - Los hombres de la gabardina azul dedujeron que se estaba peinando - finalmente el negro - decía - frenó ante un portal que no era el suyo y comenzó a tararear una canción. Se encendió una luz, asomó la cabeza de una muchacha. Los hombres deplegaron unas pequeñas sillitas de pesca, se sentaron y tomaron notas al azar, a veces un fa, a veces un do, las escribieron en libretas de Moleskine. Comenzó a llover. Sintieron el abrazo de frescor de la canción del agua....

sábado, 24 de noviembre de 2007

Hielo

Foto: Una bola de discoteca parecida a un lisoma. Algún bar. Valladolid.





Se sienta en una esquina oscura
- todas las esquinas son oscuras, si bien no todas las esquinas son esquinas tal y como las concebimos en el mundo exterior – jugueteando con los cubitos de una copa de hielo con cola. El agua sabe cantar al son que ella le marca, y tiene comprobado que tres o más hielos en un vaso estrecho entonan madrigales de Orlando di Lasso o poemas sinfónicos de Schönberg; dos hielos componen una fuga de Bach, y uno solo arranca los acordes minimalistas de Eric Satie, las cristalinas notas de Sigur Ros o tristes baladas de Jeff Buckley; cuando comienzan a tornarse líquidos coquetean con Danny Elfman y Ravi Shankar.

La vida de una musa es dura, tienen que acompañar a artistas neuróticos y elegir muy bien a quien le conceden sus favores, puesto que son muy pocas y los artistas son muchos y muy diversos. Casi nunca trabaja cuando está en el Club, resulta muy inadecuado interpelar a una musa cuando está de copas; eso es un alivio, por un lado, pero tiene como contrapartida que las musas se sienten siempre un poco solas: nadie quiere parecer maleducado y muy poca gente les da conversación, porque después de todo hablar con una de ellas suele producir el mismo efecto que recibir sus dones. Entre los parroquianos del Club, por cierto, abundan los artistas, y muchos las miran con ira o despecho. Y es verdad que son caprichosas, que son volubles, que su gracia es eterna y efímera. Otros temen no estar a la altura. Sea como fuere, ella hace cantar a los hielos y escribe en un libro de hojas otoñales que guarda celosamente en un bolso fabricado con tela de juicio. Muchos querrían saber que escribe, seguros de que se trata de una obra pura e insuperable. Yo, personalmente, creo que no. Creo que escribe sobre cosas sencillas, sueños y anhelos de una adolescente demasiado madura para tener ilusiones y esperanzas para si misma. Es tímida y siempre quiere bailar, pero le aterra salir sola a la pista y que las bailarinas traten de atesorar para si sus coreografías y la observen e imiten; tampoco puede salir acompañada, porque eso despertaría los celos de todos los demás de una forma demasiado evidente. A parte de todo eso, lleva tantos años pisar la pista que el mero hecho de que decidiera hacerlo llamaría la atención de todo el mundo y se sentiría ahogada bajo la responsabilidad y el peso de tanto curioso observador. Así que se sienta sola, se siente sola y juega con los hielos. Su cabello es negro y flota ingrávido sobre sus hombros, sus ojos tal vez sean marrones, sin duda brillantes y su pupila, como la de todas las musas, es un eclipse negro, un hermoso espejo que muestra a quien la mira lo que realmente desea ver: su propio rostro.

Y yo, que me contento con contemplarla, soy el centro de las envidias de los demás: me acerco a ella cuando ya debe de ser tarde – es imposible saber que hora es en el Club de las Almas Perdidas – me siento a su lado, sin haber cruzado jamás palabra con ella; me mira cansada y, nostálgica de algo que aun no ha sido escrito, deja caer su cabeza sobre mi hombro, llora en silencio y yo le concedo el don del Sueño.

Conozco un secreto, su secreto de musa nocturna. Quiere unas alas. Por eso la amo.

Pero si le diera lo que ansía, volaría lejos de mi.

martes, 20 de noviembre de 2007

Placa de Petri

Foto: Hojas pudriéndose doradas en el parque de las Moreras. Valladolid.



Camino en una tarde lluviosa (ahora ya no estoy seguro de si era tarde o mañana, he perdido la noción de mañana y de noche, siempre es tarde, siempre es tarde) junto al parque que vió al Sol reflejarse en tu iris bicolor en este verano reciente y difunto. Ahora que el agua devora las hojas del otoño y el olor dulzón de un amor amarillento y podrido me envuelve y me transporta a lejanas mesas de piedra junto a árboles místicos y huesos de cereza en la infancia del rey Arturo, la tierra se vuelve barro y mis pasos fatigados se hunden, se detienen, avanzan.

Atravieso el puente decidido, sé que la locura será arrastrada por el cauce ceremonioso del río, atravieso el puente angustiado y descubro una certeza: moriré atropellado.
- Y además tengo que cruzar la calle - hablar en voz alta es un nuevo síntoma.
No cruzo.
Cuando llego a mi destino descubro que, contra todo pronóstico, no estoy donde debía estar. Busco una parada de autobús en una calle cercana, pero resulta que esta circula en dirección contraria.
- ¡Me he equivocado de puente! - un ciego me mira sorprendido - ¡Estoy yendo por el camino de vuelta!.
Corrijo el rumbo mientras recompongo el mapa, y ahora sigo los pasos que trabajosamente recorrías cuando acudías pensativa a visitar lechos ajenos (¿Que pasaba por tu mente durante esos largos trayectos?).

Por fin dos pinos nobles señalan la puerta que debía haber escogido. Ahí está ese bar triste y sucio con nombre de película - gran trabajo de Steve McQueen, aunque en esta celda no tenía ya ni guante ni pelota - y ahí, por fin, mi parada de autobús, que ya llega tarde, tarde (Que oportuno). Un ciego me observa sorprendido, una mujer con visones y peinado horaciano entrevista a una rumana sin papeles (la van a echar de casa) y yo no encuentro mi libreta. Por fin he llegado, antes de tiempo, y llueve. Ahora recuerdo que tenía algo para hacer frente a esta meteorología fenomenal.

Me paro a escribir bajo la lluvia mientras escucho
aplausos en mi paraguas.