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jueves, 14 de febrero de 2008

Le Voyage

Foto: Flying Lessons, de Robert ParkeHarrison. Corríjanme.




Que se apaguen todas las luces. Ahora solo estamos nosotros y la carretera, nosotros y las calles pobladas y desiertas en las que vamos a soñar viviendo. Olvida las matemáticas, la paz está en la poesía, en la música, el dulce alcohol bajando por mi garganta, mis dedos acariciando tu cuello y si, ya sabemos que el humo es hermoso, ya sabemos que el humo también quiere acariciarnos, pero sólo un rato: dejemos que el aire se mantenga tal como estaba cuando llegamos, que ni una nube turbe esta vez la clara sensación de asombroso descubrimiento. Que nada huela nada más que a nada, que nada turbe la percepción de este instante único como todos, pero dilatado y contraído en el tiempo - una arruga ahora bella, los cimientos de ruinas nuevas-, eleva el rostro y atraviesa el techo, tu, viajero espacial, tu, cosmonauta, orbitando en tu vehículo de dimensiones planetarias. Colgados de la nada en mitad del Universo ahora despega los pies flota y juega con los pavos reales, chapotea en los charcos, sumérjete en la niebla, sonríe otra vez y déjame reflejarme en tu boca no en tus ojos me observan y yo estoy en ellos pero quisiera no verme esta vez a mi mismo, quisiera que esta vez el espejo de la musa me mostrara de verdad su alma, y poder recostarme un rato en sus recovecos, y solo verte a ti, otra vez, esta vez....


Las mismas palabras. Los mismos sonidos. Naranja. Azul. Verde fluorescente. Morado metalizado. Rojo, Azul. Las mismas palabras, neones, ruido, Luna, sueño, espiral, humo. Palabras nuevas. Disfuncionalidad. Sesgo congnitivo. No es fácil, ya vienen a por mi y esta vez no me dejarán salir impune, corre calle abajo, llega hasta el puerto, el olor a pescado podrido el fuel se refleja en el agua y la hace mas hermosa mientras la mata, las gruas, ya vienen...sube calle arriba y detente frente a esa tienda, reconoce en su rostro a tu madre y tu un joven campesino medieval del condado de... algo que acabe en ssex o en shire. El camino sigue.

Cuando por fin estés en lo mas alto - de la calle, del Todo - no te detengas ni un instante, la luz de su ventana está encendida, da las buenas noches al recepcionista, sube - esta vez sí es hacia arriba - llama dos veces. Espera. Sándalo y agua de rosas. Ya estás dentro y ahora sabes que has olvidado llevar un ramo de lirios - no es día para otra flor - pero sobre la mesilla se desmaya en un vaso olvidado un tulipán amarillo bañado en ron de las Indias. Haz tu reverencia (¿ya nadie recuerda como se hace? Bras bas, segunda, demí-plie, tercera, cuarta) y espera a que la música suene por si misma, o mejor abre la ventana, pide una tarta de nata y con un acebo haz girar el disco. Esta vez no sonará Chloè, sino que escuchas la blusa deslizándose de sus hombros y tu no puedes esperar. Te giras. Desaparece.

¿Cuando terminará todo esto? Escribe una carta a tu alma futura y no tendrás respuesta. Hay cosas que cortan como cuchillas y sirven para jugar. Está Marcel Proust muy enfermo y ojeroso. Está Hemingway con cara de palurdo imberbe, el bigote agranda su rostro en lugar de menguarlo. Detente en los emporios de Fenicia y deléitate con toda clase de perfumes voluptuosos, pero que sólo sean los del rastro que el cazador persigue hasta un lejano cementerio de árboles apilados en forma de casa donde por fin la encuentras de nuevo, tendida, sobre la cama. Y solo un rayo de Sol atraviesa la ventana, y solo un dedo ígneo recorre su cuerpo desnudo, improbable número de días sin comenzar a dejar de verla desnuda ves como se detiene donde más te gustaba hacerlo a ti, sobre el delicado hueso de la cadera, sobre la sugerente clavícula y ella goza mirando al cielo con los ojos cerrados y su boca entreabierta nunca había estado tan roja. Como la sangre. Estás sangrando. Te dije que no golpearas a las paredes.

Existe, claro, otra vertiente, la lúdica, que pasa por vivir intensamente los momentos queriendo hacer tuyo el presente. Pero. Es. Tan. Breve. ¿Has visto una puerta negra? No es negra. No es una puerta. Es el espacio vacío que queda bajo un dintel y dos soportes. Rocas. Arena. Playa. Comienza el espectáculo. Termina el espectáculo. "¡Ha sido genial!" "¡Ha sido la hostia!" "¿oye, cual han tocado la segunda?" Como vas a recordarlo. Peleabas con la jauría y ahora vienen a por tí, esta vez te han encontrado. Había un lugar para ir en estos casos, había una clave. Encuentras la pared blanca y gris, la cañería el bajante los ladrillos, los cables y la escalera. Hacia arriba. La luz de su habitación está encendida, ella te esconderá en su regazo, todo va a salir bien. Todo va a salir. Bien. Salir. Bien. Sal. Ahora.

¿Cual sería, en fin, la conclusión? Poco se puede hacer con tan torpe devaneo, vigila tu espalda, trata de encontrar los momentos de RESPIRAR. Escóndete del Sol, pero no demasiado. Vigila tu cartera y tu halitosis. No tosas. Que no cunda el pánico, y detén los espejos, y detén los relojes de arena en las pupilas. No pactes con más de dos diablos, y sólo si tienes la baraja mágica y el silbido de rubí.

Mientras, ella se aleja caminando con descaro, su vestido azul azotado por el viento, sus zapatos sobre el hombro, el polvo se enreda en sus tobillos pero ella no tropieza, se detiene una furgoneta blanca. Sube. Y tu te quedas sólo en el atardecer rojo, señor de los lagartos, sentado en una roca.

Para finalizar te diré que este viaje es nada más que el principio. Una carretera negra con franjas amarillas, perdida y plagada de cambios de rasante se extiende ante tí. Tu sabrás si eres o no el fugitivo. A los demás lo único que nos importa es que mañana haya otro capítulo.

Estoy aprendiendo cosas nuevas.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Concilio Nocturno





Más allá de la Noche
sólo está esto:
Que las palabras
nazcan,
que las palabras
dancen,
que juntas sean
nuevo cielo,
nuevo viento,
y el Mundo sea
nuestro
fuera de este
mundo.



Piensa, por ejemplo, que con mucho menos que un gramo de grafito o de tinta que provenga de tí yo siembro un árbol de ramas negras y retorcidas, de corteza salomónica que se envuelve en si misma, y elevándose hasta recibir el calor de una estrella perdida, acariciando el cielo y respirando poco más que breves pensamientos, acumula en su torsión toda la energía necesaria para que, como un resorte, haga girar un planeta detenido, muerto, negro blanco rojo...
Si pruebas sus frutos serás sabio y loco. Si tocas sus hojas mil rumores acudirán a tu mente susrrando mil secretos que aún no han de ser revelados.

Mueves tus dedos conjurando cinco o seis versos, tres o cuatro líneas, y encierras para siempre un pedazo de eternidad en un prisma perfecto, y con ese fragmento yo puedo invocar eternidades nuevas, y tú - sólo tú - puedes venir a mi, destruír ese Universo nonato y de sus fragmentos dispersos hacer brotar una flor de cristal, un torrente de acero, la suave brisa de una noche de verano...


lunes, 4 de febrero de 2008

Ruinas II

Foto: Solar en construcción. Esquina de la calle Nicasio Pérez con la Plaza de San Juan. Valladolid.



En la negra y suave noche de mi cautiverio, dejé volar hasta ti mis pensamientos una vez más. Nunca te perderás si no tienes un lugar al que ir, no te perderás si no hay un destino confuso que te espere delante. Siempre hay destino, me dirías, con sonrisa irónica, y yo te diría no mi amor, no mi vida no hay un destino, no existe este destino, ha sido desechado, habrá otros, pero no el destino que nos prometíamos antes, no el destino que el amor nos debía. Como tantas veces he encontrado triste consuelo en el fondo de un vaso y en el humo de un cigarro cargado de la materia de la que se fabrican los sueños, la verdadera materia, abramos las puertas de la percepción una vez más a ver que sucede.

Sin embargo hay cosas que nunca te dije, he dicho tanto, pero tantas cosas equivocadas, nubladas por la ira los celos el alcohol que no eran verdad, que no eran yo, y tantas cosas reales, serenas, quedaron en el aire. Ahora estoy sereno y ebrio, ebrio de tristeza y sereno de rabia, cargado solo con el peso del espacio que dejaste en mi alma, espacio que no reclamarás, espacio que quedará desocupado, espacio especulado, invertido sin temor a obtener pérdidas y ahora lleno de nada, solo ruina y huecos y paredes desnudas. Me recuerda a esos edificios derruidos que te encuentras por la ciudad, el progreso, el tiempo, todo avanza, todo cambia, y donde antes vivió alguien ahora solo queda un solar siniestro y una pared fantasma, puedes ver los azulejos y decir “ahí estaba la cocina” puedes ver aún un espejo en lo que fue el baño, puedes ver el papel de las paredes arrancado a tiras y la huella de una escalera que ya no existe, que ya no sube ni baja a ningún sitio. Cuando voy por la calle y veo esas tristes ruinas, las fotografío y pienso quién corrió por los pasillos que han quedado sepultados bajo los escombros, quién amó entre esas paredes, quién sufrió quién lloró y qué se veía desde esa ventana, como cuando visitas Pompeya y ves los hornos con sus panes y piensas alguien amasó ese pan, como hacía todos los días, desde hace tantos años, sin saber que esos serían los últimos que saldrían de sus manos. Los vestigios del pasado que quedan sepultados por una catástrofe natural llamada tiempo, espera, detente a pensarlo, no hay tiempo, no se puede aferrar, no se puede detener, solo se puede contar, contar incesantemente, siempre hacia delante.

Voy a decirte algo que quedó soterrado en el olvido. Una noche sopesaba el dolor y el gozo y encontré el gozo demasiado doloroso por la consciencia del futuro. Es un mecanismo contra natura, en contra de la propia supervivencia, en contra del propio interés de la especie, el prohibirse disfrutar de la felicidad temiendo por el dolor venidero, de esa forma duele dos veces, cuando lo prevés y cuando de hecho lo vives. Pero no era esto lo que quería decir. Tu estabas apoyada en un radiador del luminoso edificio en el que trabajabas y yo estaba ahí también, no se por qué, no te conocía, no te buscaba, de hecho ni siquiera te había encontrado aún. Solo eras la mujer de cabello rubio y piel blanca como el mármol y ojos azules como el Universo que solía apoyarse en ese radiador a fumar un cigarrillo melancólico. Y yo, feliz en mi ignorancia, pensaba, que lástima, que chica tan triste, si tan siquiera pudiera iluminar su rostro con la luz de mi felicidad, como puede haber gente triste en el mundo si la vida es tan hermosa, si el simple hecho de vivir es en sí un milagro maravilloso, si solo tenemos una vida y está llena de colores de sabores de futuro y de ilusión. Nuestras miradas se cruzaron en el aire, la mía arrojando todos esos pensamientos gozosos y la tuya cargada de infinita tristeza y de sueños rotos y de desengaño y de cicatrices y entonces pensé ella debe creer que soy un idiota, con mi sonrisa de idiota, con mi infantil alegría, cielos que rumor de mar sereno en su eterna beatitud, en su incesante batir de olas y vueltas y remolinos y horadar tierra, golpear roca, una vez, otra, otra, desde siempre hasta el final.

Fue entonces cuando comencé a pensar en la felicidad como freno de una búsqueda que debería ser infinita, no, es demasiado fácil darse por satisfecho cuando aún no has vivido, no has vivido nada, demasiado joven, demasiado estúpido, demasiado estático. Rápidamente rechacé esas ideas sombrías y me maldije a mi mismo por ser tan voluble y tan influenciable cuando mediaban miradas como la tuya.

Y cuando te conocí y recordé tu mirada triste y por un momento creí verla iluminarse con la brillante veta de la felicidad, entonces sonreí hacia mis adentros, tenía razón, tenía razón, la felicidad se alcanza y puede transmitirse, y es buena, y no hay motivo para renegar de ella, tan sólo se está más o menos cerca de ella, se la añora mas o menos o trae mas o menos recuerdos dolorosos. Pero, como había predicho en ese momento de iluminación que tu me brindaste, me apagué, me volví cómodo, dejé de buscar, para qué buscar si ya te había encontrado, y te amaba y nos amábamos y así sería para siempre, cuando de pronto como el panadero de Pompeya caí de bruces contra la realidad de que solo somos pequeños segmentos de tiempo que nada permanece y que todo cambia, que vivimos sobre un volcán y podemos llegar a ser tan idiotas de vanagloriarnos de que precisamente ese accidente geográfico es lo que me permite tener agua caliente y que mis tierras sean fértiles, y al día siguiente estalla, y mis tierras, y yo estallo, y tu explotas y te marchas y ya solo soy ceniza y polvo o menos aún, el hueco que mi cuerpo deja cuando la lava se solidifica y yo desaparezco pero mi hueco sigue estando allí a la espera de que alguien lo encuentre y lo rellene con escayola y haga una estatua para que todo el mundo pueda ver donde morí y en que ridícula posición quedé diciendo Dios mío, mi horno mis panes, y este mediodía nadie comerá pan y para esto tanto tiempo preocupándome por cultivar el trigo y molerlo y transformarlo en harina y adquirir la levadura y amasar con agua y sal, y leña al fuego, y dejar que cueza y vigilarlo atentamente y esperar a que suba y dejar que fermente. Cuantos segundos consumidos. Un zorro que daba consejos de jardinería dijo una vez “el tiempo que dedicas a tu rosa hace que tu rosa sea importante”. El pobre animal se equivocaba, cuidado vienen los jinetes y sus sabuesos, vete corriendo y deja de decir bobadas y de dedicarme tiempo a mi o acabarás en forma de estola decorando el cuello de una gorda paleta. El tiempo dedicado solo es una colección de flashes, de instantáneas insípidas que no reflejan nada y que se acumulan como el polvo en los estantes o como las entradas de cine, para que las mires y veas la fecha y la película y recuerdes si la viste con esta o aquella persona, y si te gustó y la anécdota del día o qué llevaba ella puesto o como vestías tú o si en la oscuridad rozaste su mano o ella juntaba su rodilla a la tuya, o lo peor, lo peor de todo, encontrarte con esa entrada y no recordar que película es esa “yo no la he visto” y piensas y no das con ello y entonces buscas y recuerdas vagamente, pero no sabes por qué irías a ver esa mierda de película, si no es de tu estilo, ni siquiera era del suyo, por qué iríais a ver esa y no otra, tal vez no hubiera otra, tal vez llegarais tarde a la que queríais ver realmente y decidisteis probar suerte, no lo sabes, no sabes si intercambiasteis miradas cómplices horrorizados por ese muermo que desfilaba ante vuestros ojos o no pudisteis reprimir una risa casi de vergüenza ajena y el de la butaca contigua os miraba amenazadoramente y los dos poníamos cara de niños buenos y reíamos aún mas, conteniendo la carcajada y entonces yo te hacía cosquillas en la pierna para que estallaras y tu te ponías roja y decías entre risas “para”. Horrorizado comprendes que el tiempo dedicado no le hace importante, lo importante es disfrutar de cada segundo de ese tiempo antes de que se quede en polvo escombros y no haya nada ya que vivir y los recuerdos no son nada, no significan nada, y no se acumulan, solo son trazos vagos que te han llevado a este momento, al momento de las siluetas y los marcos de cuadros colgando de la ruina desnuda, a la vista de todo viandante, sólo otra casa derrumbada, no se, ¿tu sabes lo que van a hacer en ese solar? Probablemente otro supermercado o un bloque de apartamentos caros con garaje y trastero.

lunes, 14 de enero de 2008

La ciudad parece un mundo

Foto: La nueva plaza del Portugalete. Al fondo, la Catedral. Valladolid, 29 de diciembre de 2007. El fotógrafo es Alberto Sastre.



A la Chica que Rima:


El centro de gravedad estaba en nuestros labios bajo la fina lluvia gris y sonaban las campanas, eran y cuarto, había llegado sólo diez minutos tarde y el tañido resumía ese momento (el del equilibrio perfecto sobre un bordillo de granito) a cinco minutos (las cigueñas sonaban como martillos hidráulicos, las alarmas como ranas de pantano). Luego fueron las horas las que contaron estrellas en tus ojos y nebulosas en torno al reverso de dos agujeros negros (dejan salir la luz tus pupilas). Tocar el cielo y acariciar tu mejilla ha de ser la misma cosa y tu piel huele nubes; asciendo tan rápido que comienza a faltarme el aire y me detengo a respirar en tu sonrisa y acunado en tu mano duermo un instante, un sístole, y cuando despierto aún estás ahí (diástole) salimos, caminamos, la ciudad parece un mundo y todas las luces son nuevas y detrás de cada esquina cada cosa está en su sitio, y crecen plantas en los ladrillos muertos, y las puertas cerradas y oscuras reflejan otras abiertas. Detenidos bajo la lluvia yo ya quiero atrapar ese momento, aún no ha terminado; vuelvo a casa tosiendo pétalos de azahar, el aroma de las nubes aún reposa en mi mano

y sé que hoy

el Sueño

no será mejor que la vigilia.

Pero no te esperaré despierto:

Mañana,

cuando te vea,

no quiero

estar

dormido…

lunes, 10 de diciembre de 2007

La mañana transfigurada

Foto: Pequeño microcosomos compuesto por tejado, ventana, generadores de aire acondicionado, gato callejero trepando y paloma aleteando (los animales salieron del plano justo antes de poder hacer la foto). Calle Los Moros en la confluencia con la Plaza del Camarín de San Martín. Valladolid.

Cuando abrí el ojo izquierdo el reloj marcaba las 5:30; cuando abrí el ojo derecho ya eran las 8:00. Así que había dormido dos horas y media, de modo que me levanté de mi cama estremecido por una tristeza prosaica, la del frío en los pies y la nostalgia de mi cama, tan cercana, tan prohibida la calidez de sus mantas - te dije que me dormiría más tarde que tú - y la sensación del desayuno era de angustia, un angustioso desayuno de leche con cereales y un buchito de coca cola para quitarme el reseco del tabaco nocturno y maldita la hora porque el ardor de estómago ya me estuvo acompañando todo el día. Traté de reencontrarme con la realidad con mis quince minutos de sofá matutino pero el bueno de Vicente Vallés me parecía un Bela Lugosi inquietante y no encontré la paz tampoco en ese momento habitaulmente tan grato. Cuando me encaminaba arastrando los pies por el pasillo de vuelta a mi cuarto para coger las llaves y mi bolso escuché unos arañazos en la puerta de casa; me asomé a la mirilla y divisé a los alborotadores, estaban encerando el suelo y la máquina hacía ruido y los enceradores gritaban mucho. Abrí la puerta, sorteé un trozo de papel de embalar que habían colocado muy profesionalmente al pie de la puerta para no rozar la madera (con ningún éxito) llegué al ascensor y mientras los escuchaba gritar mi mente semidormida trazó una teoría: para los trabajos ruidosos se suele contratar a personas que gritan mucho o que tienen un tono de voz alto y desagradable. Pensadlo: enceradores, albañiles, trabajadores agrícolas (en el campo no hay tanto ruido pero hay que comunicarse a grandes distancias). En los bares también hay ruido y se grita mucho; tal vez mi teoría tuviera poca base.

Saliendo a la calle lo primero que me sorprendió fué un frío intenso acompañado de un sol de justicia, altamente contraindicado para una persona destemplada y con fotofobia autoinducida por la falta de sueño. Una señora con chándal rosa avanzaba con paso decidido precedida por un perro espantoso, diminuto, azorrado (no se si existe la expresión), chato y feo, con el pelo cardado dándole forma de pompón gigante (a su pequeña escala) y el tren trasero descolocado de modo que andaba en diagonal (pobre esperpento de la naturaleza, sin duda fruto de siniestros experimentos científicos de empresas de suavizantes y diagonales). Sería este el primero de una serie de perros matutinos. Crucé la calle que llevo años cruzando a la altura de la plaza de Luis Braille, por fin han terminado la obra de la acera y sin embargo la atravesé tan suicida como cuando no la había y estuve a punto de ser arrollado por una furgoneta blanca: sería la primera de una serie de furgonetas blancas con malas intenciones.

Avanzando por la calle Renedo me sorprendió ver cola a la puerta del veterinario, colas más bien, porque tres perros enfermos con cara triste esperaban a su médico. Uno de ellos, un pastor alemán, llevaba uno de esos aparatos en el cuello con forma de megáfono que yo me pregunto si servirán para ayudar a los perros que ladran bajito; al menos en este caso actuaba como amplificador de unos alaridos perrunos que taladraban mi cráneo. Me percaté de que el portal de mi abuela estaba abierto y estuve tentado de entrar; para mi sorpresa observé que estaban encerándolo unos señores ruidosos, y en mi cabeza aturdida rondaba la absurda idea de si sería hoy Santa Cera o el Día del Pulimiento, que asocié a algún poso sedimentario de la cultura neolítica, poso que volví a plantearme ante la presencia furibunda de una anciana cubierta de pieles y de otra mujer de edad venerable con una estola atada de tan mala manera que parecía haber cogido propiamente al perro pompón antes mencionado y directamente habérselo enroscado en el cuello. Llegué hasta la calle de Colón, donde tuve la prudencia de mirar hacia la izquierda y de este modo evité que me llevaran por delante dos condenadas furgonetas blancas que aceleraban en paralelo como si estuvieran atravesando el túnel de Montecarlo, y proseguí tomando un desvío para pasar por la librería Alejandría. Recé por que estuviera cerrada, ya que de no ser así seguramente iba a acabar comprándome uno de los muchos libros que ahora no debo leer porque tengo que leer muchos otros. Mis ruegos fueron escuchados, de modo que continué mi camino adentrádome en la semipeatonal calle de Juan Mambrilla. Dos estudiantes de derecho me adelantaron y por su conversación deduje que eran idiotas y pensé en fin, carne fresca para Legalitas, y a continuación me situé a la espalda de dos señoras mayores (que no llevaban pieles de animal a la vista) y no pude dejar de escucharlas dialogar - Pues yo ahora me tengo que tomar tres pastillas por las mañanas. - ¿Por la tensión? - Si, la tengo alta - ¿Y por que la tienes alta? - Tomo tres pastillas todas las mañanas - ¿Pero por qué tienes la tensión alta? - Las mandó el médico - ¿Pero por qué tienes alta la tensión? - No lo se, siempre la he tenido así - ¿Y entonces por que te mandan ahora las pastillas? - Porque tengo la tensión alta.

Estaba en la plaza de los Oligastros (no la busquéis en el callejero, sólo yo la llamo así. Tiene que llamarse de algún modo) y girando a la derecha tomé la famosa calle de Los Moros, donde una vez participé en una épica batalla (no, no fue contra una croqueta). Me detuve para hacer fotos a una esquina pintoresca, un pequeño microcosomos compuesto por tejado, ventana, generadores de aire acondicionado, gato callejero trepando y paloma aleteando en un espacio tan pequeño que me apenó no poder quedarme a estudiarlo toda una mañana. San Martín (lo que le llega a todo su cerdo, como decíamos ayer), calle La Lira y esa otra estrechura tan bonita donde se encuentra la casa de Zorrilla (no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague: por fin la han reabierto, aunque demasiado tarde para enseñársela a mi kleine muse), tan bonita, digo, con ese fotomatón que prácticamente marca el pulso de mi vida, tan bonita sería, digo, de no estar emplazada en esa misma calle esa dichosa comisaría donde desde hace cinco años debería acudir a renovarme el DNI. La puerta del famoso garaje electrificado "Prohibido Orinar" se cerró a mi paso como si hubiera estado esperandóme para hacerlo, confiriendo a mi deambular aún mas reminescencias de Walter Ruttman. Desemboqué en Cadenas de San Gregorio, donde mis sensores semiletárgicos percibieron la presencia de una chica con piernas largas y poncho que desgraciadamente y con gracioso caminar se desvió hacia El Agujero Antes Conocido Como Calle Angustias, y yo puse rumbo hacia la estatua de Felipe II, ilustre pucelano que nos dejó una catedral la mar de poética como recuerdo de su estancia entre nosotros, y finalmente frente a ese ruinoso (y adorable) colegio El Salvador un despistado conductor de una furgoneta jodidamente blanca causó un divertido caos al atravesar por el carril bus-taxi para luego lanzarse en dirección prohibida de cabeza hacia El Agujero Antes Conocido Como Calle Angustias. Sit tibi terra levis, amigo.

El caos circulatorio en la confluencia de las calles Imperial y San Quirce suele ser fenomenal, y una ancianita lo evitaba emulando a Chita, caminando con endebles piececillos por encima del bordillo y asiéndose a la valla protectora de la curva por el lado de la carretera, primero con una mano, luego con la otra (como si no hubiera acera, mujer de Dios) y yo me planteaba, pasando junto a una gran tienda de chinos, que toda esa basura que vendían debía fabricarse en algún sitio, que había esforzados currantes en algún lugar recóndito que se dedicaban a fabricar esos jarrones espantosos y esas cabezas de dragón de plástico radiactivo, profunda disquisición interrumpida por una súbita lluvia de pelusas que procedían indudablemente de la alfombra que estaba sacudiendo alguna guarra individua (no lo comprobé y puede que mi comentario parezca sexista, pero díganme ustedes cuando han visto a un tío sacudir una alfombra que no fuera de del coche), ¿donde está la policía en esos casos? ¡Cuanta fuerza represora mal enfocada, eso si que es un delito contra la sanidad pública y no lo que yo fume para mi mismo y mis pulmones doloridos y mi cabeza flotante! Tragando el humo de los coches me consumió la cólera pensando cuanta hipocresía nos envuelve con total naturalidad.

Por fin la Plaza de la Trinidad, al fondo la hermosa Biblioteca Pública de Valladolid, y saludándome dos palomas que se echan a volar en canon (volvemos a Die Symphonie der Großstadt a escala humildemente pucelana). Mi casillero habitual está ocupado así que utilizo el 87 porque sus dos dígitos suman 15 y comienzo a ser consciente de que no recuerdo el nombre del autor del libro que tengo que buscar. Cannavaro es un futbolista, lo sé porque lo sabe Tyler, Caravaggio es el rey del claroscuro por mucho que le pese a Tintoretto, y el tipo este es una fusión de ambos. Sonrío cuando obtengo resultado por Canavaggio, entro en la biblioteca, busco 82.07 CAN y no encuentro nada aunque según el ordenador está disponible; de modo que vuelvo al ordenador, no se de donde he sacado esa signatura, la correcta es 86.09, busco de nuevo entre los libros 86.09 CAN y nada, estoy tan cansado que creo que me voy a dar por vencido pero la casualidad me descubre un libro de John Dos Passos sobre sus viajes por Europa en el periodo de entreguerras, lo cojo golosamente aunque de Dos Passos sólo sé que escribió Manhattan Transfer, una especia de Berlin Alexanderplatz a la yankee, y eso de nuevo entronca con Walter Ruttman y todo cobra sentido. Un último vistazo al ordenador, efectivamente la signatura es 86.09, pero no es CAN, sino HIS (Ya que Canavaggio sólo es el editor y se trata de una obra coral). Por fin lo encuentro, el Tomo IV dedicado a la literatura española del siglo XVIII resalta al ser mucho más delgado que cualquiera de los otros cinco tomos (deducción: poco hay aprovechable en la literatura española del siglo XVIII, le pese a quien le pese, Espronceda me perdone). Bajo orgulloso con mis dos presas de esta mañana y encuentro una fuerte marejada de niños de primaria que han venido a conocer la biblioteca. Salgo corriendo como alma que lleva el diablo, recupero mis bártulos tras tratar infructuosamente de abrir el casillero 15 con la llave del 87 y por fin entro en el refugio soñado, esa cafetería (no vo ya decir el nombre) con mesitas redondas, internet gratis y música barroca por las mañanas. Mi mesa está ocupada por uno de los bibliotecarios y una señorita veinte años más joven que él. Espero a que el camarero me atienda (un tio, todo sea dicho, bastante hosco). Finalmente repara en mi presencia y me dispara un agresivo "que quieres" apuntándome con su afilada barbilla de Habsburgo. Un...café...con leche... (mis primeras palabras del día). Tomo asiento en una mesa demasiado cercana a la barra para mi gusto y trato de escribir todo esto en un cuaderno pero tengo demasiado sueño y se me caen las palabras. Una oronda señora entra acompañada por una oronda joven cuyo tono de voz resulta de los más desagradables que he tenido el gusto de escuchar ese mañana, y dice "¡mira, si está ahí el Jose! ¡Hola Jose! - ¿Que pasa? (contesta incómodo el bibliotecario con jovencita) - Qué, tomando el café, ¿eh? - risa sardónica de la muchacha oronda. Sardón es un pueblo. Risa nerviosa de la jovencita acompañante de bibliotecarios. El Nervión es un río que a su paso por Bilbao se transexúa y se convierte en ría. También es un barrio de Sevilla. Todo está relacionado. - Si - responde cortante el bibliotecario -, ya ves (cosas que se usan para abrir puertas, o bien deidades hebráicas duplicadas)

Dejo de escuchar tan interesante duelo dialéctico porque a mi derecha una pareja gaymente amorosa comienza a discutir acaloradamente sobre a quien le toca pagar el café - Me toca a mi - No, me toca a mi - y fantaseo pensando en que el calvito coge una botella de cerveza, y la rompe contra la cara del camarero para luego amenazar con el filo cortante a su concubino. Amenazar es un verbo de la primera conjugación. Como Aznar. Yo azno, tú aznas, él azna... Hora de marcharse, pago a disgusto el carísimo 1'20 que cuesta un café (absurdo cuando el desayuno completo es 1'50), observo con curiosidad a los milicos de la oficina de reclutamiento que el Ejército de Tierra ha colocado en la ya comentada calle San Quirce (han puesto a un chico y a una chica rubia. El chico era moreno, creo. Los dos con uniforme de campaña y toda la pesca. Ella llevaba coleta) y por fin llego de nuevo a Cadenas de San Gregorio.

Un hombre canoso toca el acordeón con un deje porteño.
A mi derecha un perro de considerable tamaño reposa emulando a un león de la sabana.
A mi izquierda un hombrecillo pasea a un inquieto foxterrier
y yo en medio,
y las palomas vuelan
y el foxterrier se fija en el leonino chucho,
y las cigüeñas claquéan
"Hola, mi nombre es Chimo el Foxterrier, tu mataste a mi padre, prepárate para morir"
y yo presiento que está a punto de desatarse un infierno.

Pero no hay infierno, sólamente frío y granito. El perro leonado descansa a la puerta de la oficina de empleo cansado ya de luchar. Paso junto a la plaza de Relatores y recuerdo distante la cálida y sensual promesa de unos ojos verdes. Un tiovivo gira vacío mientras la gitana feriante contempla el polvo en suspensión y un pasteloso bolero desentona con el ruido sordo del inminiente invierno. Un cachorro de pinscher miniatura tiembla dentro de una caja de metacrilato. Debe tener días, y todo lo que ve es la Avenida Real de Burgos, con sus tres carriles y lo que eso conlleva, con los peatones desfilando ante él, golpeando el cristal para saludarlo. No agita la cola. Tiembla.
- Es como mi perro - me dice una mujer desdentada a la que no conozco de nada y que se ha parado delante del mismo escaparate - novecientos euros cuesta, nada menos.


En ese momento decido que lo que yo necesito es comprarme un jersey.
Y luego pasa la tarde, habiendo perdido su amor.
Y escribo esto.


jueves, 6 de diciembre de 2007

Niebla

Foto: Catedral engalanada de niebla. Valladolid.



De nuevo es de Sibelius

Mira a Louie. Se acerca al triste Jacques, al grisáceo Jacques, y le dice “Hola, Jack. He venido a buscarte, baila conmigo”. Y la música de las polillas y los murciélagos y el lento fluir del Sena, y los distantes ecos de los coches pasajeros, de los camiones de la basura, de los vagabundos y los borrachos sacudiendo sus pies plomizos contra el suelo de granito se convierten en orquesta y todo ese París, nuestro París, interpreta un vals triste y giramos a su son. Ella es, claro, más alta y brillante que él, pero mi esfuerzo trata de compensar al menos el cuadro para que no resulte ridículo y le calzo unas botas camperas con un tacón de casi cinco centímetros. Y cuando se encamina la mejor parte una risa nerviosa entrecruza, tal vez no pueden sostener sus miradas sin deslumbrarse de ese modo y es extraño pero es demasiado hermoso para no serlo. Yo, espectador casual, enciendo un cigarrillo que intercambié a un tirado el lunes pasado en la estación de autobuses de Madrid: el me pidió un euro para llamar por teléfono, y yo lo troqué por un cigarro que no fumé al considerar después que me había salido demasiado caro como para malgastarlo.

Hay un momento indeterminado en el que todas las luces se cruzan y señalan a una misma dirección y entonces se escucha el rumor del público que sospecha que está a punto de levantarse el telón de un modo u otro.

Jacques y Louie se sientan exhaustos en un banco de piedra, observan el reflejo cambiante de la Luna, los miro y secretamente envidio que sean dúctiles y maleables y yo no sepa aún domar los vientos para atarlos a mi espalda y que me conduzcan cerca de ti y aún así te deseo en silencio a mi lado, distante o más cerca quizás, quizás tras mi espejo, quizás tumbada a mi lado leyendo mis labios; y odio a mi alma por no ser sólo poesía, por no poder vivir vagando entre encabalgamientos y metáforas y otros tropos de nombre exótico y acercarme de este modo a ti en este estado sublimado, transfigurado, trascendente, sin que sea necesario que nuestros cuerpos se acerquen un milímetro más y por otro lado cuando la parte dramática del vals arranca con su aceleratto y su cescendo necesito girar alrededor de algún epicentro sintiendo veraz el tacto de tus manos y estrellar un vaso contra la pared y ser temible y admirable siervo de tu presencia arrullante.

Ululan los colores del arco iris de la noche, siempre ha de ser de noche excepto cuando saques las flores a la ventana,

ya sabes,

al balcón de Montmatre desde donde me ves pintando palabras rotas y uniéndolas mediante humo. Y espero entonces a que nadie mire, subo a un taburete del café (los mimbres deshilachados a penas se sostienen unos a otros) y grito y canto desafinado para que me oigas y bajes y todos acudan de nuevo y adivinen quién es el poeta cuyos versos tienen mejor destino. Entonces saben bien lo que va a suceder acto seguido: la ciudad se vuelve orquesta y giramos y el mundo se detiene en ese punto porque existen fuerzas que escapan a la razón e incluso al sueño de la.

Pero no son mas que marionetas, se baja el telón y sólo aplauden los que se han dormido antes del princpio, pues Los Despiertos conocen la terrible verdad: su tragedia es ser de madera y trapo, de barniz, y el titiritero se aleja con sus sueños metidos en una maleta vieja.

Y entonces resulta que se encuentra contigo.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Comienzo

Foto: Brote de no se que planta en un solar junto al centro de ocio Parquesol Plaza. Valladolid.


Fuera soplan los vientos
rojos inviernos
confieso que he mentido



Buscando refugio en la nocturna esquina de un edificio artificioso, cubriéndose del viento, entrecerrando los ojos, apurando un cigarrillo antes de que termine el tiempo establecido. La vida es eterna en veinte minutos.

En realidad es la misma historia repetida una y otra vez, son variaciones sobre un tema divino o humano, si es que esos dos conceptos pueden disociarse. Hace mucho que no cuento una historia.

Dos personas caminaban a la luz de las estrellas, buscando la Luna. Se suponía que debía estar ahí, en su sitio, redonda y blanca, plena. Pero esa noche había decidido ocultarse de la vista de los hombres, estaba atendiendo sus propios asuntos. Pudorosa, envuelta en nubes, se asomaba lo justo para espiar los pasos de dos personas que caminaban a la luz de las estrellas buscándola. Cuando se cansaran y asumieran que esa noche la Luna no brillaría para ellos, se detendrían a contemplar las estrellas reflejadas en sus ojos, el uno en los ojos del otro, de modo que por fin lo que más refulgiera en la oscuridad fueran ellos mismos.

Y es que está ahí, aunque no la veas.

-¿Y la noche? - preguntó ella pensativa.
- La noche sólamente es un eclipse de Tierra.

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Eran las ocho de la mañana. El hombre de la inmobiliaria esperaba desde hacía quince minutos, exhalando vaho mezclado con el humo de un ducados del que se deshizo rápidamente cuando vió acercarse el Volvo plateado. Buscó de forma mecánica un chicle en el bolsillo interior de su chaqueta, pero sólo encontró envoltorios vacíos. No tuvo tiempo de sentirse contrariado, ya estaba esbozando una amplia sonrisa para saludar al inversor y al constructor. Si es que esos dos términos pueden disociarse.

- Buenos días, caballeros - su voz se quebró de forma ridícula hacia la mitad de la última palabra.
- Buenos días, como andamos... - la voz del constructor resbalaba por su garganta hasta las comisuras de sus labios agrietados.
- Hola, hola, que tal, que frío hace, coño - señaló atentamente el inversor.

El agente inmobiliario estrechó las manos calientes de sus dos clientes y sólo en ese momento se dió cuenta de que la suya estaba helada.
- Bien - dijo al fin - aquí está. Como pueden ver, la situación es inmejorable.
El constructor no hizo ningún gesto. Escrutaba con ojos expertos el solar, las palabras grandilocuentes le exasperaban.
- Un poco... en cuesta.
Los tres continuaron con la conversación durante unos minutos, pasearon por el solar y finalmente se marcharon a tomar un café para sellar el acuerdo.

Cuando se hubieron ido, el viento azotó los escombros, movió la gravilla. El Sol, aún pálido y débil, se fijó en un brote dorado que quería imitarlo, brillando. Desde ahí se divisaba el sur de la ciudad: Las grúas se alzaban entre la bruma como animales prehistóricos, el sonido del tráfico en hora punta recordaba a lejanos graznidos marismeños. El brote miraba hacia el cielo, temblaba de miedo y frío.

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Las ocho de la tarde. Lluvia fina pero persistente. Limpiaparabrisas danzando al son de Radio Gagá. Odiaba estos trabajos, pero no podía rechazarlos: eran los que me daban de comer. Por fin salió del portal con paso vivo. Una chica menuda, de unos cuarenta y cinco kilos y cerca del metro sesenta y dos, con el pelo rubio recogido bajo un gorro de invierno muy colorista. Los zapatos no eran los más adecuados para la lluvia, las gafas de sol no eran las más adecuadas para las ocho de la tarde de un día lluvioso de noviembre. Cuando apagué la colilla en el cenicero me dí cuenta de que no era consciente de estar fumando, me tengo prohibido fumar en el coche. Y sin embargo dentro había ya más humo que aire, por lo que bajé la ventanilla, tan sólo una rendija.

La mujer había subido a su vehículo y comencé a seguirla. Esa parte era la divertida. Perseguir es divertido, perseguirte sin que lo sepas. Lo duro es observar.

No era de extrañar que hubiera escogido una mesa en una esquina. Pero su jersey rojo a juego con su falda negra y su cabello rubio ahora suelto hacían que difícilmente pudiera pasar desapercibida. Dejó las gafas de sol sobre la mesa y me dirigió una mirada azul e hipnótica. ¿De verdad me había visto? Esbozó una débil sonrisa y me llamó con un gesto de la mano. - "Debo estas perdiendo práctica" - pensaba para mis adentros. Llegué hasta su mesa.

- ¿Me llamaba, señora? No soy el camarero.
Su rostro perfecto - Fidias, muérete de envidia - podía moverse, y lo hizo al hablar.
- Me preguntaba si no querría usted sentarse conmigo.
La pregunta me soprendió tanto como cabía esperar.
- ¿No espera usted a alguien?
Ahora la risa se hizo sonora, dulce.
- Claro, querido. Lo esperaba a usted.

Odiaba estos trabajos.

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El Valse Triste es de Jean Sibelius


Me levanté de mi silla sintiendo que había traicionado a mis planes nocturnos. Encendí una vela - tengo luz eléctrica, pero los más importante siempre es crear una atmósfera - y pasé mi mano por la pared rugosa. Las sombras eran nítidas ahora, tomé un carboncillo y proseguí con mi obra. Necesitaba una ventana, así que comencé a trabajar las líneas de un marco de madera, deteniéndome de vez en cuando para dar un sorbo de mi copa de vino. Se había calentado, pero no importaba. Lo importante era dibujar en la pared a la luz de la vela con una copa de vino cerca. Rematé las aristas y me puse con el cristal. Dibujar una ventana cerrada era absurdo, lo sé. Pero la ventana es mejor que un espejo por diversos motivos. En primer lugar, porque se trataba de una pared inclinada, una pared techo si lo prefieren, el techo-pared de una buhardilla. En una vieja maceta una planta mortecina me pedía que dibujase un rayo de Sol, así que lo dibujé. El Sol difuminaba aún más mi reflejo, mi plan inicial había sido dibujar un cielo nocturno. De este modo siempre sería de noche en mi salón. Tomé un paño húmedo y borré el rayo de sol.

- Luego te llevo al dormitorio y te dejo en el alféizar - le dije a mi planta.

Volví a la primera idea. Había que ser muy cuidadoso al dibujar a la noche. Cuando hube terminado todos los detalles, desenfoqué mi vista hsata encontrar el punto donde debería intuírse mi reflejo y tracé los contornos con el paño húmedo sobre el carboncillo. Me encendí un cigarrillo, me quité la camiseta. Hacía frío, pero lo importante era estar en una buhardilla fría sin camiseta, fumando un cigarrillo junto a una copa de vino y alumbrado por una vela. Tomé de nuevo el carboncillo para retratar el reflejo de mi rostro, y aunque a penas era un esbozo borroso me pareció encontrar en él un expresión de extraña felicidad. Los ojos que había dibujado observando hacia fuera no miraban hacia donde debían. Estaban fijos en un brazo que le abrazaba desde atrás. Sorprendido, seguí en mi retrato el camino de ese brazo, y encontré lo que parecía una cabeza apoyada sobre mi hombro. Solo podía distinguir a duras penas unos ojos entrecerrados y unos labios que besaban la piel de mi reflejo en la ventana.
Tus labios.
Tus ojos.
Dejé caer el trapo y el carboncillo, y rápidamente encendí la luz. Volví a mirar la ventana que había dibujado en mi pared, en mi techo.
Estaba abierta. Hacía frío.


sábado, 24 de noviembre de 2007

Hielo

Foto: Una bola de discoteca parecida a un lisoma. Algún bar. Valladolid.





Se sienta en una esquina oscura
- todas las esquinas son oscuras, si bien no todas las esquinas son esquinas tal y como las concebimos en el mundo exterior – jugueteando con los cubitos de una copa de hielo con cola. El agua sabe cantar al son que ella le marca, y tiene comprobado que tres o más hielos en un vaso estrecho entonan madrigales de Orlando di Lasso o poemas sinfónicos de Schönberg; dos hielos componen una fuga de Bach, y uno solo arranca los acordes minimalistas de Eric Satie, las cristalinas notas de Sigur Ros o tristes baladas de Jeff Buckley; cuando comienzan a tornarse líquidos coquetean con Danny Elfman y Ravi Shankar.

La vida de una musa es dura, tienen que acompañar a artistas neuróticos y elegir muy bien a quien le conceden sus favores, puesto que son muy pocas y los artistas son muchos y muy diversos. Casi nunca trabaja cuando está en el Club, resulta muy inadecuado interpelar a una musa cuando está de copas; eso es un alivio, por un lado, pero tiene como contrapartida que las musas se sienten siempre un poco solas: nadie quiere parecer maleducado y muy poca gente les da conversación, porque después de todo hablar con una de ellas suele producir el mismo efecto que recibir sus dones. Entre los parroquianos del Club, por cierto, abundan los artistas, y muchos las miran con ira o despecho. Y es verdad que son caprichosas, que son volubles, que su gracia es eterna y efímera. Otros temen no estar a la altura. Sea como fuere, ella hace cantar a los hielos y escribe en un libro de hojas otoñales que guarda celosamente en un bolso fabricado con tela de juicio. Muchos querrían saber que escribe, seguros de que se trata de una obra pura e insuperable. Yo, personalmente, creo que no. Creo que escribe sobre cosas sencillas, sueños y anhelos de una adolescente demasiado madura para tener ilusiones y esperanzas para si misma. Es tímida y siempre quiere bailar, pero le aterra salir sola a la pista y que las bailarinas traten de atesorar para si sus coreografías y la observen e imiten; tampoco puede salir acompañada, porque eso despertaría los celos de todos los demás de una forma demasiado evidente. A parte de todo eso, lleva tantos años pisar la pista que el mero hecho de que decidiera hacerlo llamaría la atención de todo el mundo y se sentiría ahogada bajo la responsabilidad y el peso de tanto curioso observador. Así que se sienta sola, se siente sola y juega con los hielos. Su cabello es negro y flota ingrávido sobre sus hombros, sus ojos tal vez sean marrones, sin duda brillantes y su pupila, como la de todas las musas, es un eclipse negro, un hermoso espejo que muestra a quien la mira lo que realmente desea ver: su propio rostro.

Y yo, que me contento con contemplarla, soy el centro de las envidias de los demás: me acerco a ella cuando ya debe de ser tarde – es imposible saber que hora es en el Club de las Almas Perdidas – me siento a su lado, sin haber cruzado jamás palabra con ella; me mira cansada y, nostálgica de algo que aun no ha sido escrito, deja caer su cabeza sobre mi hombro, llora en silencio y yo le concedo el don del Sueño.

Conozco un secreto, su secreto de musa nocturna. Quiere unas alas. Por eso la amo.

Pero si le diera lo que ansía, volaría lejos de mi.

martes, 20 de noviembre de 2007

Placa de Petri

Foto: Hojas pudriéndose doradas en el parque de las Moreras. Valladolid.



Camino en una tarde lluviosa (ahora ya no estoy seguro de si era tarde o mañana, he perdido la noción de mañana y de noche, siempre es tarde, siempre es tarde) junto al parque que vió al Sol reflejarse en tu iris bicolor en este verano reciente y difunto. Ahora que el agua devora las hojas del otoño y el olor dulzón de un amor amarillento y podrido me envuelve y me transporta a lejanas mesas de piedra junto a árboles místicos y huesos de cereza en la infancia del rey Arturo, la tierra se vuelve barro y mis pasos fatigados se hunden, se detienen, avanzan.

Atravieso el puente decidido, sé que la locura será arrastrada por el cauce ceremonioso del río, atravieso el puente angustiado y descubro una certeza: moriré atropellado.
- Y además tengo que cruzar la calle - hablar en voz alta es un nuevo síntoma.
No cruzo.
Cuando llego a mi destino descubro que, contra todo pronóstico, no estoy donde debía estar. Busco una parada de autobús en una calle cercana, pero resulta que esta circula en dirección contraria.
- ¡Me he equivocado de puente! - un ciego me mira sorprendido - ¡Estoy yendo por el camino de vuelta!.
Corrijo el rumbo mientras recompongo el mapa, y ahora sigo los pasos que trabajosamente recorrías cuando acudías pensativa a visitar lechos ajenos (¿Que pasaba por tu mente durante esos largos trayectos?).

Por fin dos pinos nobles señalan la puerta que debía haber escogido. Ahí está ese bar triste y sucio con nombre de película - gran trabajo de Steve McQueen, aunque en esta celda no tenía ya ni guante ni pelota - y ahí, por fin, mi parada de autobús, que ya llega tarde, tarde (Que oportuno). Un ciego me observa sorprendido, una mujer con visones y peinado horaciano entrevista a una rumana sin papeles (la van a echar de casa) y yo no encuentro mi libreta. Por fin he llegado, antes de tiempo, y llueve. Ahora recuerdo que tenía algo para hacer frente a esta meteorología fenomenal.

Me paro a escribir bajo la lluvia mientras escucho
aplausos en mi paraguas.


miércoles, 31 de octubre de 2007

Frío

Foto: Carrera clandestina de caracoles en Parquesol, una tarde lluviosa de octubre. Valladolid.

oquedad.

(De hueco).

1. f. Espacio que en un cuerpo sólido queda vacío, natural o artificialmente.

2. f. Insustancialidad de lo que se habla o escribe.


La habitación estaba llena de oquedades, todo el espacio lo llenaba el vacío y llegó a la conclusión de que ese lugar no podía exisitir; y si existía era porque otra habitación sin espacio para el vacío debía existir, a su vez, en alguna otra parte.

Pero ¿como era eso que había leído? Los agujeros negros se saltan a la torera la segunda ley de la termodinámica.

Así que tal vez no exista equilibrio en el universo. And now, let's go with something completely the same:



El poema es de Manuel Álvarez Ortega.

lunes, 15 de octubre de 2007

Ladrillos con azucar glassé

¡Vendimia racimos de lluvia!

Lo supe desde el dia que lo conocí. Tenía una de esas caras que te dan malas vibraciones, una de esas caras que puedes visualizar tal como era en un pasado no demasiado lejano, cuando tenía diecisiete o deciocho años. La clase de imbécil con el que no querrías tener nada que ver.
Hacía tiempo que no entraba en la cafetería, que por un tiempo fué mi cafetería; no en el sentido estricto de la palabra, pero si en ese sentido en que algo es tuyo cuando pasa a formar parte de tu rutina, de tu vida. Era mi cafetería, nuestra cafetería. Muchas cosas fueron desapareciendo con los años, como esa camarera que nos miraba con complicidad cuando su jefe le echaba la bronca, o cuando le tiraba el té encima a una vieja recubierta de armiños o visones o alguna otra pobre alimaña. Nosotros mismos hemos desaparecido.
Cuando entré esa mañana (había salido antes de casa para tener tiempo de entrar, me apetecía desde hacía tiempo) me sorprendió un aroma frío en el aire que me decía que faltaba algo. Algo más. Me senté en nuestra esquina, nuestra esquina, bajo nuestro cuadro de Gauguin, junto a nuestro saco de café, saqué mi libro y me puse a leer. Había pedido un café sólo. Me lo hicieron pagar antes de llevarlo a la mesa, a lo que respondí con un encogimiento de hombros. ¿Cuanto es? Pregunté. Un euro con cinco céntimos, contestó. Un euro con cinco céntimos. ¿se puede ser más rata? Pagué, dejé de leer y volqué mi furia sobre una hoja de cuaderno. Por ahí lo tengo escrito, toda una disertación sobre que hay que joderse con como es la gente. Pero bueno, al menos estaba en mi mesa, con mi Gauguin, con mi saco de café.
Volví varias veces, después de ese día. Cada vez me resultaba más desagradable el tipo, pero al menos las camareras eran medianamente simpáticas y una de ellas me recordaba a otra de las de entonces. Seguía teninendo mi esquinita. Mi Gauguin. Mi saco de café.
El primer día que lo vi cerrado no lo comprendí. "Vacaciones", pensé. Al dia siguiente vi la verdad. Reformas.
Se han cargado mi esquinita. Ya no hay Gauguin, ni saco de café, ya no están esos ladrillos que parecían bizcochos recubiertos de azucar glasse o que recordaban a las pastas de tu tía: los han cambiado por un collage cutre de los que ahora ponen en todas partes. Se han cargado nuestra esquinita, nena. Sólo quedan nuestra mesa y nuestras sillas, a saber, las habrán movido mil veces, pero están en lo que fue nuestra esquinita, envueltas en ruinas, como testigos mudos de que esa era nuestra esquina y ya no existe, pero nosotros estuvimos ahí y de qué sirven los testigos si son mudos...

A veces el mundo se cae a pedazos y bueno, así debe ser para ver otros mundos. No tienen por qué ser peores, aunque son menos fáciles. Puede incluso que sean mejores, al menos para algunas de las partes contratantes. Es natural.
Pero esa era mi esquinita. Ese idiota no lo sabía, no podía saberlo, y seguramente le hubiera dado igual saberlo. Ya no volveré a entrar a ese lugar, no lo conozco, está muerto, ya no existe. Otro pedazo que se va volando. A veces son otros los que sin saberlo pasan por encima de nosotros y de un plumazo nos borran.

A veces hay que hacer trizas

el papel

Y arrojarlo al suelo

Dejar que el viento

Se lleve los pedazos

Las mentiras

ajenas y

propias

los futuros rotos

y

los

futuros

falsos.

La papelera es un destino injusto

Romper el papel

Y dejar que el viento

Y la lluvia, y los pasos

De la gente

Y los gorriones

urbanos

Y los gatos

Callejeros y

Los perros caseros,

Y los borrachos

Tan

Sabios y

los barrenderos

tan fríos

decidan

donde irán a morir los sueños.

J. Percipied

lunes, 17 de septiembre de 2007

Pasaje

Foto: Pasaje de Gutiérrez, Valladolid.


"Las calles son la vivienda del colectivo. El colectivo es un ente eternamente despierto, eternamente en movimiento, que vive, experimenta, conoce y medita entre los muros de las casas tanto como los individuos bajo la protección de sus cuatro paredes. Para este colectivo, los brillantes carteles esmaltados de los comercios son tanto mejor adorno mural que los cuadros al óleo del salón para el burgués, los muros con el "prohibído fijar carteles" son su escritorio, los quioscos de prensa sus bibliotecas, los buzones sus bronces, los bancos sus muebles de dormitorio, y la terraza del café el mirador desde donde contempla sus enseres domésticos. Allí donde los peones camineros cuelgan la chaquete de las rejas, está el vestíbulo y el portón que lleva a los patios interiores al aire libre; el largo corredor que asusta al burgués es para ellos el acceso a las habitaciones de la ciudad. El pasaje fué para ellos su salón. Más que en cualquier otro lugar, en el pasaje se da a concer la calle como el interior amueblado de las masas, habitado por ellas"


Walter Benjamin
Passagenwerk




martes, 4 de septiembre de 2007

Presa

Foto: Edificio abandonado en la esquina de la Plaza de Fuente Dorada y la calle Cánovas del Castillo. Valladolid.


Mareado tras tres horas de sexo triste

te levantas, miras por la ventana

Hay polillas
y murciélagos que las cazan

Y te preguntas si serás tú el siguiente
en la cadena trófica de la noche.

El dolor del Vacío

Foto: Verja de la via del ferrocarril, calle Estación a la altura del túnel de las Delicias. Valladolid.
Gracias por el poema, Muchacha Alada.


CULMINACIÓN DEL DOLOR

Oigo incluso cómo ríen
las montañas
arriba y abajo de sus azules laderas
y abajo en el agua
los peces lloran
y toda el agua
son sus lágrimas.
oigo el agua
las noches que consumo bebiendo
y la tristeza se hace tan grande
que la oigo en mi reloj
se vuelve pomos en la cómoda
se vuelve papel sobre el suelo
se vuelve calzador
ticket de lavandería
se vuelve
humo de cigarrillo
escalando un templo de oscuras enredaderas...

poco importa

poco amor
o poca vida
no es tan malo

lo que cuenta
es observar las paredes
yo nací para eso

nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.

Henry Charles Bukowski (Hank)

Poema urbano de un día mundano

Foto: Calle Faisán a las 7:15. Barrio de Los Pajarillos, Valladolid

Desechas las trizas de la tarde
y los rojos jirones del barrio
bajo el ocaso naranja
Las farolas se llenan de vida y las polillas
tienen su fiesta
y los murciélagos.

La calle se llena de ruido
ruido
y las ventanas
las casas de
los muertos

Hay tanta gente
y son todos grises
y son todos locos
y son todos imbéciles

La música me lleva a otra parte
Las cervezas y
las risas
y los besos
se consumen rápido
como los productos
perecederos

entonces la ciudad se vuelve grande
y yo me siento pequeño
y me divierte ser un pequeño gusano por las tripas
de un viejo monstruo de asfalto
y luz

Para cuando vuelvo a casa
la ciudad está desierta
y llena de basura
y vómito

Mis pasos bailan
al son de un cuarteto de rosas.

Un cigarro
el pelo velando la foto
la luz naranja es ahora
del ocaso de las farolas
y del amanecer de Murnau
Me adentro una vez más en las entrañas de la tierra
y ¡sorpresa! emerjo vivo de nuevo
vivo y borracho de ciudad
Me esperan mi cama y mi cenicero

se

hace

de

día

Y cantan los murciélagos con los mirlos
y silban los trenes

Ojalá que nadie me joda y se ponga a dar martillazos.

Ruinas

Foto: Solar en obras en la Bajada de la Libertad. Valladolid.

Allí se alza un nuevo bloque, y por allá florecen margaritas silvestres en forma de viviendas unifamiliares, todas iguales, todas esperando a ser deshojadas. Y por la noche duermen vacíos los pisos aún inhabitados y aquellos en los que ya no habita nadie. Yo colecciono postales de fantasmas de ladrillo, donde antes vivía alguien ahora no queda sino barro, escombro, basura. Pero me emociono cuando descubro un fragmento de papel de la pared, algunos azulejos de la cocina o el baño, la marca de una escalera que ya no sube a ningún sitio; como quien descubiró las ruinas de Pompeya o quien se adentra entre los frescos visigóticos de una antigua ermita. O más aún, porque esto es infinitamente más triste, infinitamente más real, y está más vivo, desnudo, ahora, en la muerte y el olvido.