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miércoles, 28 de noviembre de 2007

Comienzo

Foto: Brote de no se que planta en un solar junto al centro de ocio Parquesol Plaza. Valladolid.


Fuera soplan los vientos
rojos inviernos
confieso que he mentido



Buscando refugio en la nocturna esquina de un edificio artificioso, cubriéndose del viento, entrecerrando los ojos, apurando un cigarrillo antes de que termine el tiempo establecido. La vida es eterna en veinte minutos.

En realidad es la misma historia repetida una y otra vez, son variaciones sobre un tema divino o humano, si es que esos dos conceptos pueden disociarse. Hace mucho que no cuento una historia.

Dos personas caminaban a la luz de las estrellas, buscando la Luna. Se suponía que debía estar ahí, en su sitio, redonda y blanca, plena. Pero esa noche había decidido ocultarse de la vista de los hombres, estaba atendiendo sus propios asuntos. Pudorosa, envuelta en nubes, se asomaba lo justo para espiar los pasos de dos personas que caminaban a la luz de las estrellas buscándola. Cuando se cansaran y asumieran que esa noche la Luna no brillaría para ellos, se detendrían a contemplar las estrellas reflejadas en sus ojos, el uno en los ojos del otro, de modo que por fin lo que más refulgiera en la oscuridad fueran ellos mismos.

Y es que está ahí, aunque no la veas.

-¿Y la noche? - preguntó ella pensativa.
- La noche sólamente es un eclipse de Tierra.

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Eran las ocho de la mañana. El hombre de la inmobiliaria esperaba desde hacía quince minutos, exhalando vaho mezclado con el humo de un ducados del que se deshizo rápidamente cuando vió acercarse el Volvo plateado. Buscó de forma mecánica un chicle en el bolsillo interior de su chaqueta, pero sólo encontró envoltorios vacíos. No tuvo tiempo de sentirse contrariado, ya estaba esbozando una amplia sonrisa para saludar al inversor y al constructor. Si es que esos dos términos pueden disociarse.

- Buenos días, caballeros - su voz se quebró de forma ridícula hacia la mitad de la última palabra.
- Buenos días, como andamos... - la voz del constructor resbalaba por su garganta hasta las comisuras de sus labios agrietados.
- Hola, hola, que tal, que frío hace, coño - señaló atentamente el inversor.

El agente inmobiliario estrechó las manos calientes de sus dos clientes y sólo en ese momento se dió cuenta de que la suya estaba helada.
- Bien - dijo al fin - aquí está. Como pueden ver, la situación es inmejorable.
El constructor no hizo ningún gesto. Escrutaba con ojos expertos el solar, las palabras grandilocuentes le exasperaban.
- Un poco... en cuesta.
Los tres continuaron con la conversación durante unos minutos, pasearon por el solar y finalmente se marcharon a tomar un café para sellar el acuerdo.

Cuando se hubieron ido, el viento azotó los escombros, movió la gravilla. El Sol, aún pálido y débil, se fijó en un brote dorado que quería imitarlo, brillando. Desde ahí se divisaba el sur de la ciudad: Las grúas se alzaban entre la bruma como animales prehistóricos, el sonido del tráfico en hora punta recordaba a lejanos graznidos marismeños. El brote miraba hacia el cielo, temblaba de miedo y frío.

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Las ocho de la tarde. Lluvia fina pero persistente. Limpiaparabrisas danzando al son de Radio Gagá. Odiaba estos trabajos, pero no podía rechazarlos: eran los que me daban de comer. Por fin salió del portal con paso vivo. Una chica menuda, de unos cuarenta y cinco kilos y cerca del metro sesenta y dos, con el pelo rubio recogido bajo un gorro de invierno muy colorista. Los zapatos no eran los más adecuados para la lluvia, las gafas de sol no eran las más adecuadas para las ocho de la tarde de un día lluvioso de noviembre. Cuando apagué la colilla en el cenicero me dí cuenta de que no era consciente de estar fumando, me tengo prohibido fumar en el coche. Y sin embargo dentro había ya más humo que aire, por lo que bajé la ventanilla, tan sólo una rendija.

La mujer había subido a su vehículo y comencé a seguirla. Esa parte era la divertida. Perseguir es divertido, perseguirte sin que lo sepas. Lo duro es observar.

No era de extrañar que hubiera escogido una mesa en una esquina. Pero su jersey rojo a juego con su falda negra y su cabello rubio ahora suelto hacían que difícilmente pudiera pasar desapercibida. Dejó las gafas de sol sobre la mesa y me dirigió una mirada azul e hipnótica. ¿De verdad me había visto? Esbozó una débil sonrisa y me llamó con un gesto de la mano. - "Debo estas perdiendo práctica" - pensaba para mis adentros. Llegué hasta su mesa.

- ¿Me llamaba, señora? No soy el camarero.
Su rostro perfecto - Fidias, muérete de envidia - podía moverse, y lo hizo al hablar.
- Me preguntaba si no querría usted sentarse conmigo.
La pregunta me soprendió tanto como cabía esperar.
- ¿No espera usted a alguien?
Ahora la risa se hizo sonora, dulce.
- Claro, querido. Lo esperaba a usted.

Odiaba estos trabajos.

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El Valse Triste es de Jean Sibelius


Me levanté de mi silla sintiendo que había traicionado a mis planes nocturnos. Encendí una vela - tengo luz eléctrica, pero los más importante siempre es crear una atmósfera - y pasé mi mano por la pared rugosa. Las sombras eran nítidas ahora, tomé un carboncillo y proseguí con mi obra. Necesitaba una ventana, así que comencé a trabajar las líneas de un marco de madera, deteniéndome de vez en cuando para dar un sorbo de mi copa de vino. Se había calentado, pero no importaba. Lo importante era dibujar en la pared a la luz de la vela con una copa de vino cerca. Rematé las aristas y me puse con el cristal. Dibujar una ventana cerrada era absurdo, lo sé. Pero la ventana es mejor que un espejo por diversos motivos. En primer lugar, porque se trataba de una pared inclinada, una pared techo si lo prefieren, el techo-pared de una buhardilla. En una vieja maceta una planta mortecina me pedía que dibujase un rayo de Sol, así que lo dibujé. El Sol difuminaba aún más mi reflejo, mi plan inicial había sido dibujar un cielo nocturno. De este modo siempre sería de noche en mi salón. Tomé un paño húmedo y borré el rayo de sol.

- Luego te llevo al dormitorio y te dejo en el alféizar - le dije a mi planta.

Volví a la primera idea. Había que ser muy cuidadoso al dibujar a la noche. Cuando hube terminado todos los detalles, desenfoqué mi vista hsata encontrar el punto donde debería intuírse mi reflejo y tracé los contornos con el paño húmedo sobre el carboncillo. Me encendí un cigarrillo, me quité la camiseta. Hacía frío, pero lo importante era estar en una buhardilla fría sin camiseta, fumando un cigarrillo junto a una copa de vino y alumbrado por una vela. Tomé de nuevo el carboncillo para retratar el reflejo de mi rostro, y aunque a penas era un esbozo borroso me pareció encontrar en él un expresión de extraña felicidad. Los ojos que había dibujado observando hacia fuera no miraban hacia donde debían. Estaban fijos en un brazo que le abrazaba desde atrás. Sorprendido, seguí en mi retrato el camino de ese brazo, y encontré lo que parecía una cabeza apoyada sobre mi hombro. Solo podía distinguir a duras penas unos ojos entrecerrados y unos labios que besaban la piel de mi reflejo en la ventana.
Tus labios.
Tus ojos.
Dejé caer el trapo y el carboncillo, y rápidamente encendí la luz. Volví a mirar la ventana que había dibujado en mi pared, en mi techo.
Estaba abierta. Hacía frío.


lunes, 22 de octubre de 2007

Dormir y soñar

Foto: Tuvstarr pemanece sentada y observa expectante el agua, cuadro de John Bauer




Jäh verstummnt nun der sausende Wind,
sommerlich süß ist die Nacht,
und der Duft dampft von blühender Linde
am schlafenden Wasser des Waldteiches.
Im Schatten hört man ein Rascheln:
Dort walt ein rosa und mondweißes Kleid,
dort winkt ein Arm,
so sanft und rund,
dort wogt ein Busen,
dort flüstert ein Mund,
zwei Augen versinken in deine
und spielen die ewige Treue so blau,
daß jede Erinnerung verebbt;
sie laden dich ein zu schlummern, vergessen,
sie laden dich ein zu schlafen und träumen
in Liebesruhe, in wiegendem, schläfrigem
Föhrenwald.

Derjenige, dessen Herz eine Waldnymphe stahl,
bekommt es nie mehr züruck.

Viktor Rydberg

lunes, 15 de octubre de 2007

Ladrillos con azucar glassé

¡Vendimia racimos de lluvia!

Lo supe desde el dia que lo conocí. Tenía una de esas caras que te dan malas vibraciones, una de esas caras que puedes visualizar tal como era en un pasado no demasiado lejano, cuando tenía diecisiete o deciocho años. La clase de imbécil con el que no querrías tener nada que ver.
Hacía tiempo que no entraba en la cafetería, que por un tiempo fué mi cafetería; no en el sentido estricto de la palabra, pero si en ese sentido en que algo es tuyo cuando pasa a formar parte de tu rutina, de tu vida. Era mi cafetería, nuestra cafetería. Muchas cosas fueron desapareciendo con los años, como esa camarera que nos miraba con complicidad cuando su jefe le echaba la bronca, o cuando le tiraba el té encima a una vieja recubierta de armiños o visones o alguna otra pobre alimaña. Nosotros mismos hemos desaparecido.
Cuando entré esa mañana (había salido antes de casa para tener tiempo de entrar, me apetecía desde hacía tiempo) me sorprendió un aroma frío en el aire que me decía que faltaba algo. Algo más. Me senté en nuestra esquina, nuestra esquina, bajo nuestro cuadro de Gauguin, junto a nuestro saco de café, saqué mi libro y me puse a leer. Había pedido un café sólo. Me lo hicieron pagar antes de llevarlo a la mesa, a lo que respondí con un encogimiento de hombros. ¿Cuanto es? Pregunté. Un euro con cinco céntimos, contestó. Un euro con cinco céntimos. ¿se puede ser más rata? Pagué, dejé de leer y volqué mi furia sobre una hoja de cuaderno. Por ahí lo tengo escrito, toda una disertación sobre que hay que joderse con como es la gente. Pero bueno, al menos estaba en mi mesa, con mi Gauguin, con mi saco de café.
Volví varias veces, después de ese día. Cada vez me resultaba más desagradable el tipo, pero al menos las camareras eran medianamente simpáticas y una de ellas me recordaba a otra de las de entonces. Seguía teninendo mi esquinita. Mi Gauguin. Mi saco de café.
El primer día que lo vi cerrado no lo comprendí. "Vacaciones", pensé. Al dia siguiente vi la verdad. Reformas.
Se han cargado mi esquinita. Ya no hay Gauguin, ni saco de café, ya no están esos ladrillos que parecían bizcochos recubiertos de azucar glasse o que recordaban a las pastas de tu tía: los han cambiado por un collage cutre de los que ahora ponen en todas partes. Se han cargado nuestra esquinita, nena. Sólo quedan nuestra mesa y nuestras sillas, a saber, las habrán movido mil veces, pero están en lo que fue nuestra esquinita, envueltas en ruinas, como testigos mudos de que esa era nuestra esquina y ya no existe, pero nosotros estuvimos ahí y de qué sirven los testigos si son mudos...

A veces el mundo se cae a pedazos y bueno, así debe ser para ver otros mundos. No tienen por qué ser peores, aunque son menos fáciles. Puede incluso que sean mejores, al menos para algunas de las partes contratantes. Es natural.
Pero esa era mi esquinita. Ese idiota no lo sabía, no podía saberlo, y seguramente le hubiera dado igual saberlo. Ya no volveré a entrar a ese lugar, no lo conozco, está muerto, ya no existe. Otro pedazo que se va volando. A veces son otros los que sin saberlo pasan por encima de nosotros y de un plumazo nos borran.

A veces hay que hacer trizas

el papel

Y arrojarlo al suelo

Dejar que el viento

Se lleve los pedazos

Las mentiras

ajenas y

propias

los futuros rotos

y

los

futuros

falsos.

La papelera es un destino injusto

Romper el papel

Y dejar que el viento

Y la lluvia, y los pasos

De la gente

Y los gorriones

urbanos

Y los gatos

Callejeros y

Los perros caseros,

Y los borrachos

Tan

Sabios y

los barrenderos

tan fríos

decidan

donde irán a morir los sueños.

J. Percipied

domingo, 23 de septiembre de 2007

Vielleicht ist er auf dem Weg zu dir, wer weiß...?

Foto: Ophelia. Arthur Hughes.

Ninfa, te llevaste

tus alegres canciones

y tus sonrisas,

labios que eran promesas,

ojos que se tornaban

mar embravecido,

suave rostro de agua

bajo un tapiz de tormenta.



Restaban mil ramos, mil flores

a las que ya nunca pondrás nombre

Restaban mil risas y mil noches

mil mañanas de verano,

de otoño,

de invierno primavera,

verano, otoño


Dejaste un rastro de pétalos

una eternidad de caminos no recorridos

mil veces mil pasos que dar

con suave cadencia.

Dejaste en el aire un beso,

siento el frio de tu abrazo vacío,

el vacio de tu cuerpo ni presente,

ni pasado,

ni sepulto.



No pude sentir nunca tu pulso

en mi pecho,

ni tu respiración

en mi oído

Eternamente serás joven

tu rostro evitado por los años

mientras

yo

me

marchito,

y

añoro

y

olvido

y

lamento


bocanada de brisa

que se

escapa

prendida

del viento



Hoy he sentido como me llamabas,

susurrabas a mi oído voz de cristal

diciendo te recuerdo,

te recuerdo,

terrecuerdo,

te re cuer do.

Cerrar tus ojos,

y cerrar los mios,

y cerrar

y que la oscuridad

invada al mundo,

que no es mundo,

la luz

me hace daño

justo pago por tantas horas

consumidas

y todo el humo respirado

muchas veces,

adherido a las paredes

como se adhiere

a mis pulmones,

deja ahora

de ser mancha y vuelve a ser

humo, fuertes brazos

de humo se aferran a mi garganta

y yo no encuentro

esa

bocanada de brisa

que se

escapa

prendida

del viento


Se derrumba mi memoria

como un castillo de arena

sube la marea, tira del mar la Luna,

tira de la Luna el mar, juegan, luchan,

siempre,

se hunden el uno en el otro

y no respetan las ruinas

de las felicidades pasadas

nada existe

solo ellos existen

ni tan siquiera ellos existen

sólo
reflejos
de luz
y química
del cerebro
y solo eso existe
y nada existe

me pliego hacia dentro,

hay que saber plegarse

corres el peligro de convertirte

en un nudo,

un nudo un nudo un nudo
un nudo.

Un nudo.

bocanada de brisa

que se

escapa

prendida

del viento,

libre

con el viento

libre con el viento,

libre con el viento, no aspirada, no inhalada,

no respirada, solo libre

con el viento, solo tú,

solo tú

libre,

solo viento.

Solo nada.