Zwei Menschen gehn durch kahlen, kalten Hain;
der Mond läuft mit, sie schaun hinein.
Der Mond läuft über hohe Eichen,
kein Wölkchen trübt das Himmelslicht,
in das die schwarzen Zacken reichen...
(Richard Dehmel)
Foto: James Dean, el detective que nunca lo fué, y Lauren Bacall, la Rachael que no pudo ser. Photoshop y paint.
Tanto tiempo sin encontrar. Llueven palabras en torno a mi, el sonido insistente del teléfono marcando una y otra vez. Una y otra vez. Lo mismo una y otra vez.
Te sientas detrás de mi, hablas como todos, sin parar, pero no puedo escucharte. Sólo en las breves pausas, cuando te vuelves hacia tus compañeras.
Ahora ya no estamos ahí.
No fumas. Deberían hacerse cigarros para mujeres como tú, inocuos, libres de todo el mal que el humo puede hacer, balsámicos, con sabores afrutados, fruta natural aspirada con todos sus efectos beneficiosos. Una mujer como tú debería fumar. Eres, sin embargo, tan dulce. Yo siempre pensé que una mujer nunca podría ser demasiado dulce. Las mujeres tan dulces como tu deberían poder jugar a ser malvadas y fumar, como Rachael en el despacho de Tyrell, especialmente si tienen un cabello como el tuyo. Sonríes y me miras con ternura, yo desvío mi mirada y torpe me encuentro con tu escote, quisiera detenerme (las mujeres dulces que no fuman nunca deberían llevar escote; de ese modo los hombres como yo no anhelarían que fumasen y jugaran a ser malvadas para poder observarlas con el mismo pudor pero sin cargo de conciencia). Tu mirada es franca y abierta. Si entrecerraras los ojos al aspirar el humo del cigarro, si malvada humedecieras tus labios de forma impercepible al separarlo de tu boca entonces sí podríamos hablar de arte prerrafaelista o del simbolismo de los poetas malditos parisinos. Malditos poetas.
Tienes una cerveza delante de tí. Una mujer fatal nunca bebería una cerveza, tomaría una copa de algo fuerte, o que pareciera fuerte, con dos hielos casi cúbicos y otro prácticamente deshecho por gracia del calor de su boca. Su mirada resplandecería en la sombra de un oscuro recoveco y yo sonreiría pícaro y te daría fuego con un mechero dorado, o tal vez encendería una cerilla con la uña del dedo pulgar.
Un hombre como yo debería tener los púmulos prominentes y bien definidos, sus ojos que ocultan cartas deberían brillar tras una rendija de los párpados. La cara marcada por viejas peleas de cuando aún jugaba con los chicos del barrio. Un veterano de 26 años con cara de joven de poco más de cuarenta, casi bien afeitado, tal vez de la noche anterior, lo justo para que el rostro no pareciera lampiño. La mandíbula bien definida rematada con un hoyuelo, cuello fuerte y nuez prominente. El cabello corto y cuidadosamente peinado hacia atrás, excepto un mechón distraído que jugara a caerse sobre su frente.
Los comentarios ingeniosos van destinados a apreciar tu sonrisa sarcástica mientras liberas el humo, te ocultas entre una nube, la luz de los focos se refracta y cubre tu rostro. Hueles a limón y jengibre. Yo huelo a sándalo de anteayer.
Pestañeo. No se donde acaba el humo y donde comienzas tú.
Foto: Solar en construcción. Esquina de la calle Nicasio Pérez con la Plaza de San Juan. Valladolid.
En la negra y suave noche de mi cautiverio, dejé volar hasta ti mis pensamientos una vez más. Nunca te perderás si no tienes un lugar al que ir, no te perderás si no hay un destino confuso que te espere delante. Siempre hay destino, me dirías, con sonrisa irónica, y yo te diría no mi amor, no mi vida no hay un destino, no existe este destino, ha sido desechado, habrá otros, pero no el destino que nos prometíamos antes, no el destino que el amor nos debía. Como tantas veces he encontrado triste consuelo en el fondo de un vaso y en el humo de un cigarro cargado de la materia de la que se fabrican los sueños, la verdadera materia, abramos las puertas de la percepción una vez más a ver que sucede.
Sin embargo hay cosas que nunca te dije, he dicho tanto, pero tantas cosas equivocadas, nubladas por la ira los celos el alcohol que no eran verdad, que no eran yo, y tantas cosas reales, serenas, quedaron en el aire. Ahora estoy sereno y ebrio, ebrio de tristeza y sereno de rabia, cargado solo con el peso del espacio que dejaste en mi alma, espacio que no reclamarás, espacio que quedará desocupado, espacio especulado, invertido sin temor a obtener pérdidas y ahora lleno de nada, solo ruina y huecos y paredes desnudas. Me recuerda a esos edificios derruidos que te encuentras por la ciudad, el progreso, el tiempo, todo avanza, todo cambia, y donde antes vivió alguien ahora solo queda un solar siniestro y una pared fantasma, puedes ver los azulejos y decir “ahí estaba la cocina” puedes ver aún un espejo en lo que fue el baño, puedes ver el papel de las paredes arrancado a tiras y la huella de una escalera que ya no existe, que ya no sube ni baja a ningún sitio. Cuando voy por la calle y veo esas tristes ruinas, las fotografío y pienso quién corrió por los pasillos que han quedado sepultados bajo los escombros, quién amó entre esas paredes, quién sufrió quién lloró y qué se veía desde esa ventana, como cuando visitas Pompeya y ves los hornos con sus panes y piensas alguien amasó ese pan, como hacía todos los días, desde hace tantos años, sin saber que esos serían los últimos que saldrían de sus manos. Los vestigios del pasado que quedan sepultados por una catástrofe natural llamada tiempo, espera, detente a pensarlo, no hay tiempo, no se puede aferrar, no se puede detener, solo se puede contar, contar incesantemente, siempre hacia delante.
Voy a decirte algo que quedó soterrado en el olvido. Una noche sopesaba el dolor y el gozo y encontré el gozo demasiado doloroso por la consciencia del futuro. Es un mecanismo contra natura, en contra de la propia supervivencia, en contra del propio interés de la especie, el prohibirse disfrutar de la felicidad temiendo por el dolor venidero, de esa forma duele dos veces, cuando lo prevés y cuando de hecho lo vives. Pero no era esto lo que quería decir. Tu estabas apoyada en un radiador del luminoso edificio en el que trabajabas y yo estaba ahí también, no se por qué, no te conocía, no te buscaba, de hecho ni siquiera te había encontrado aún. Solo eras la mujer de cabello rubio y piel blanca como el mármol y ojos azules como el Universo que solía apoyarse en ese radiador a fumar un cigarrillo melancólico. Y yo, feliz en mi ignorancia, pensaba, que lástima, que chica tan triste, si tan siquiera pudiera iluminar su rostro con la luz de mi felicidad, como puede haber gente triste en el mundo si la vida es tan hermosa, si el simple hecho de vivir es en sí un milagro maravilloso, si solo tenemos una vida y está llena de colores de sabores de futuro y de ilusión. Nuestras miradas se cruzaron en el aire, la mía arrojando todos esos pensamientos gozosos y la tuya cargada de infinita tristeza y de sueños rotos y de desengaño y de cicatrices y entonces pensé ella debe creer que soy un idiota, con mi sonrisa de idiota, con mi infantil alegría, cielos que rumor de mar sereno en su eterna beatitud, en su incesante batir de olas y vueltas y remolinos y horadar tierra, golpear roca, una vez, otra, otra, desde siempre hasta el final.
Fue entonces cuando comencé a pensar en la felicidad como freno de una búsqueda que debería ser infinita, no, es demasiado fácil darse por satisfecho cuando aún no has vivido, no has vivido nada, demasiado joven, demasiado estúpido, demasiado estático. Rápidamente rechacé esas ideas sombrías y me maldije a mi mismo por ser tan voluble y tan influenciable cuando mediaban miradas como la tuya.
Y cuando te conocí y recordé tu mirada triste y por un momento creí verla iluminarse con la brillante veta de la felicidad, entonces sonreí hacia mis adentros, tenía razón, tenía razón, la felicidad se alcanza y puede transmitirse, y es buena, y no hay motivo para renegar de ella, tan sólo se está más o menos cerca de ella, se la añora mas o menos o trae mas o menos recuerdos dolorosos. Pero, como había predicho en ese momento de iluminación que tu me brindaste, me apagué, me volví cómodo, dejé de buscar, para qué buscar si ya te había encontrado, y te amaba y nos amábamos y así sería para siempre, cuando de pronto como el panadero de Pompeya caí de bruces contra la realidad de que solo somos pequeños segmentos de tiempo que nada permanece y que todo cambia, que vivimos sobre un volcán y podemos llegar a ser tan idiotas de vanagloriarnos de que precisamente ese accidente geográfico es lo que me permite tener agua caliente y que mis tierras sean fértiles, y al día siguiente estalla, y mis tierras, y yo estallo, y tu explotas y te marchas y ya solo soy ceniza y polvo o menos aún, el hueco que mi cuerpo deja cuando la lava se solidifica y yo desaparezco pero mi hueco sigue estando allí a la espera de que alguien lo encuentre y lo rellene con escayola y haga una estatua para que todo el mundo pueda ver donde morí y en que ridícula posición quedé diciendo Dios mío, mi horno mis panes, y este mediodía nadie comerá pan y para esto tanto tiempo preocupándome por cultivar el trigo y molerlo y transformarlo en harina y adquirir la levadura y amasar con agua y sal, y leña al fuego, y dejar que cueza y vigilarlo atentamente y esperar a que suba y dejar que fermente. Cuantos segundos consumidos. Un zorro que daba consejos de jardinería dijo una vez “el tiempo que dedicas a tu rosa hace que tu rosa sea importante”. El pobre animal se equivocaba, cuidado vienen los jinetes y sus sabuesos, vete corriendo y deja de decir bobadas y de dedicarme tiempo a mi o acabarás en forma de estola decorando el cuello de una gorda paleta. El tiempo dedicado solo es una colección de flashes, de instantáneas insípidas que no reflejan nada y que se acumulan como el polvo en los estantes o como las entradas de cine, para que las mires y veas la fecha y la película y recuerdes si la viste con esta o aquella persona, y si te gustó y la anécdota del día o qué llevaba ella puesto o como vestías tú o si en la oscuridad rozaste su mano o ella juntaba su rodilla a la tuya, o lo peor, lo peor de todo, encontrarte con esa entrada y no recordar que película es esa “yo no la he visto” y piensas y no das con ello y entonces buscas y recuerdas vagamente, pero no sabes por qué irías a ver esa mierda de película, si no es de tu estilo, ni siquiera era del suyo, por qué iríais a ver esa y no otra, tal vez no hubiera otra, tal vez llegarais tarde a la que queríais ver realmente y decidisteis probar suerte, no lo sabes, no sabes si intercambiasteis miradas cómplices horrorizados por ese muermo que desfilaba ante vuestros ojos o no pudisteis reprimir una risa casi de vergüenza ajena y el de la butaca contigua os miraba amenazadoramente y los dos poníamos cara de niños buenos y reíamos aún mas, conteniendo la carcajada y entonces yo te hacía cosquillas en la pierna para que estallaras y tu te ponías roja y decías entre risas “para”. Horrorizado comprendes que el tiempo dedicado no le hace importante, lo importante es disfrutar de cada segundo de ese tiempo antes de que se quede en polvo escombros y no haya nada ya que vivir y los recuerdos no son nada, no significan nada, y no se acumulan, solo son trazos vagos que te han llevado a este momento, al momento de las siluetas y los marcos de cuadros colgando de la ruina desnuda, a la vista de todo viandante, sólo otra casa derrumbada, no se, ¿tu sabes lo que van a hacer en ese solar? Probablemente otro supermercado o un bloque de apartamentos caros con garaje y trastero.
Seis años después en el mismo sitio, en el mismo lugar, en la misma ciudad. Seis años después en la misma fecha. Piénsalo, la semana tiene siete días. El mismo día de hace seis años también era sábado. Eso es lo único bueno de recordar fechas. Por supuesto, nada tiene nada que ver. Yo soy otro. Y tu ya eras otra en aquel momento. Es irónico, por otro lado, que lo que podría significar cerrar un círculo sea sin embargo trazar un rombo. Ya sabes, en mi viaje a la reencarnación tiene que acompañarme siempre un poco de condenación. Mucho más que un poco, en realidad.
Ya he hablado de eso, por lo que no continuaré con el tema.
Era una noche negra como pocas, tan negra que a penas podía distinguir el pálido brillo de las verdosas estrellas. Hacía tiempo que bailaba en torno a una pira funeraria, pero esa noche fué la de la consumación. No habría otra parecida. En mi memoria - ya sabes como funcionan estas cosas- la falta de imágenes se suple con recuerdos a la luz del amanecer, de espaldas a mi, la suave curva de tus hombros encogidos. Una línea recta desciende desde el cuello y se detiene en un punto, de pronto se curva hacia arriba, hacia abajo, y desciende por tus brazos pudorosos. Recortada contra el amanecer te recuerdo esa noche negra. Había algo de prohibido, siempre lo hubo, y había algo de falso en todo aquello. Una tarde llevabas una blusa gris de finas rayas oscuras y mientras clamabas a los cielos o a donde clamen quienes no creen en castigos y recompensas (yo me he creado mi propia mitología) sólo podía pensar en lo bien que te quedaba la blusa gris de finas rayas oscuras, y como podría quedar mejor: en el suelo, a dos metros de tí.
Por la mañana pronto vino el sol y no recuerdo tu rostro, pero recuerdo tu albornoz, recuerdo tus pestañas entrecruzándose a escasos centímetros de mí la mañana de nuestro primer pecado, mientras Rachmaninnov hacía temblar las lámparas con su concierto número dos. Recuerdo que cogí un autobús, tenía que bajar para volver a subir y durante todo el camino solo pensaba en las vibraciones del motor (me había sentado al fondo). Cuando llegué al trabajo escribí en el ordenador lo que había ocurrido para asegurarme de que era real. Borré hace tiempo ese archivo. Lo borré esa misma mañana.
Cuando deambulaba por la ciudad dando tumbos y pensando en la salvación fácil de una botella - más acogedora que el frío filo de un puñal, y mucho más placentera - me detenía en las esquinas y deseaba que me encontraras así. Y cuando veía viejas películas de terror por las noche deseaba que estas fueran lo suficientemente buenas para servir de justificación a mis gritos.
Y ahora, seis años después, este momento anterior a la celebración es el único que quiero dedicar a aquellos otros. Como te digo, para cerrar el círculo debería visitar aquel santuario oculto entre la niebla yo sólo. Pero me acompaña otro círculo abierto , mas abierto, más grande, que consumirá de seguro toda la energía que puedo dedicar a la geometría vital.
En el fondo es, para qué engañarse, una especie de deferencia hacia ese chaval de hace seis años que sólo soñaba tu cintura envuelta en sus espirales de humo. Y mientras, tanto tiempo después, las tormentas de aquel día en la memoria solo son sucios aguaceros de lluvia ácida y pútrida que no trascienden más allá de sus propios charcos.
Mírame. Esto no lo has visto nunca. Mírame. Mira mis ojos. Fíjate. ¿Qué ves en ellos? Entonces mírate. Desenfoca la vista, te he enseñado a hacerlo ¿Ahora qué ves en mis ojos? Ya no te ves a tí. Mira dentro.
¿Ves ese frasco, en la segunda estantería, donde nunca limpio el polvo? No te das cuenta. No miras bien. Míralo. El polvo acumulado. No es polvo. Es tiempo.
¿Sabes que guardo dentro? No. Nunca te has parado a pensarlo. Pero los frascos se han hecho para guardar cosas dentro. Mira dentro.
Es agua. De manantial. Son mis lágrimas. Son antiguas. Como el polvo.
Mira mis manos. Ya las has visto, vuelve a mirarlas. Mira mis nudillos. Ya los has visto. Hay cicatrices. Ya las conoces. Pero no te has fijado bien. Son tus cicatrices. Míralas.
Aún piensas que sueño aún crees que esto es un remedo de poesía No lo has visto bien. No has mirado dentro. Mírame.
Es un testamento vivo de un hombre muerto.
Sólo grita ya por las noches de vez en cuando No le hago mucho caso Sólo creo en los fantasmas muertos Pero me da lástima. No quiero que se vaya tan solo tan hueco.
Así que lo guardo, en un frasco sobre la estantería cubierta de polvo Lo acojo en el fondo de mis ojos Lo recuerdo en las cicatrices de mis nudillos.
Esto nunca lo has visto El tiempo engaña Míralo, no importa quién lo mató, si fué homicidio ya ha preescrito. Importa que está ahí quiero que lo veas, quiere verte, quiero ver ese encuentro míralo.
Foto: Brote de no se que planta en un solar junto al centro de ocio Parquesol Plaza. Valladolid.
Fuera soplan los vientos rojos inviernos confieso que he mentido
Buscando refugio en la nocturna esquina de un edificio artificioso, cubriéndose del viento, entrecerrando los ojos, apurando un cigarrillo antes de que termine el tiempo establecido. La vida es eterna en veinte minutos.
En realidad es la misma historia repetida una y otra vez, son variaciones sobre un tema divino o humano, si es que esos dos conceptos pueden disociarse. Hace mucho que no cuento una historia.
Dos personas caminaban a la luz de las estrellas, buscando la Luna. Se suponía que debía estar ahí, en su sitio, redonda y blanca, plena. Pero esa noche había decidido ocultarse de la vista de los hombres, estaba atendiendo sus propios asuntos. Pudorosa, envuelta en nubes, se asomaba lo justo para espiar los pasos de dos personas que caminaban a la luz de las estrellas buscándola. Cuando se cansaran y asumieran que esa noche la Luna no brillaría para ellos, se detendrían a contemplar las estrellas reflejadas en sus ojos, el uno en los ojos del otro, de modo que por fin lo que más refulgiera en la oscuridad fueran ellos mismos.
Y es que está ahí, aunque no la veas.
-¿Y la noche? - preguntó ella pensativa. - La noche sólamente es un eclipse de Tierra.
Eran las ocho de la mañana. El hombre de la inmobiliaria esperaba desde hacía quince minutos, exhalando vaho mezclado con el humo de un ducados del que se deshizo rápidamente cuando vió acercarse el Volvo plateado. Buscó de forma mecánica un chicle en el bolsillo interior de su chaqueta, pero sólo encontró envoltorios vacíos. No tuvo tiempo de sentirse contrariado, ya estaba esbozando una amplia sonrisa para saludar al inversor y al constructor. Si es que esos dos términos pueden disociarse.
- Buenos días, caballeros - su voz se quebró de forma ridícula hacia la mitad de la última palabra. - Buenos días, como andamos... - la voz del constructor resbalaba por su garganta hasta las comisuras de sus labios agrietados. - Hola, hola, que tal, que frío hace, coño - señaló atentamente el inversor.
El agente inmobiliario estrechó las manos calientes de sus dos clientes y sólo en ese momento se dió cuenta de que la suya estaba helada. - Bien - dijo al fin - aquí está. Como pueden ver, la situación es inmejorable. El constructor no hizo ningún gesto. Escrutaba con ojos expertos el solar, las palabras grandilocuentes le exasperaban. - Un poco... en cuesta. Los tres continuaron con la conversación durante unos minutos, pasearon por el solar y finalmente se marcharon a tomar un café para sellar el acuerdo.
Cuando se hubieron ido, el viento azotó los escombros, movió la gravilla. El Sol, aún pálido y débil, se fijó en un brote dorado que quería imitarlo, brillando. Desde ahí se divisaba el sur de la ciudad: Las grúas se alzaban entre la bruma como animales prehistóricos, el sonido del tráfico en hora punta recordaba a lejanos graznidos marismeños. El brote miraba hacia el cielo, temblaba de miedo y frío.
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Las ocho de la tarde. Lluvia fina pero persistente. Limpiaparabrisas danzando al son de Radio Gagá. Odiaba estos trabajos, pero no podía rechazarlos: eran los que me daban de comer. Por fin salió del portal con paso vivo. Una chica menuda, de unos cuarenta y cinco kilos y cerca del metro sesenta y dos, con el pelo rubio recogido bajo un gorro de invierno muy colorista. Los zapatos no eran los más adecuados para la lluvia, las gafas de sol no eran las más adecuadas para las ocho de la tarde de un día lluvioso de noviembre. Cuando apagué la colilla en el cenicero me dí cuenta de que no era consciente de estar fumando, me tengo prohibido fumar en el coche. Y sin embargo dentro había ya más humo que aire, por lo que bajé la ventanilla, tan sólo una rendija.
La mujer había subido a su vehículo y comencé a seguirla. Esa parte era la divertida. Perseguir es divertido, perseguirte sin que lo sepas. Lo duro es observar.
No era de extrañar que hubiera escogido una mesa en una esquina. Pero su jersey rojo a juego con su falda negra y su cabello rubio ahora suelto hacían que difícilmente pudiera pasar desapercibida. Dejó las gafas de sol sobre la mesa y me dirigió una mirada azul e hipnótica. ¿De verdad me había visto? Esbozó una débil sonrisa y me llamó con un gesto de la mano. - "Debo estas perdiendo práctica" - pensaba para mis adentros. Llegué hasta su mesa.
- ¿Me llamaba, señora? No soy el camarero. Su rostro perfecto - Fidias, muérete de envidia - podía moverse, y lo hizo al hablar. - Me preguntaba si no querría usted sentarse conmigo. La pregunta me soprendió tanto como cabía esperar. - ¿No espera usted a alguien? Ahora la risa se hizo sonora, dulce. - Claro, querido. Lo esperaba a usted.
Me levanté de mi silla sintiendo que había traicionado a mis planes nocturnos. Encendí una vela - tengo luz eléctrica, pero los más importante siempre es crear una atmósfera - y pasé mi mano por la pared rugosa. Las sombras eran nítidas ahora, tomé un carboncillo y proseguí con mi obra. Necesitaba una ventana, así que comencé a trabajar las líneas de un marco de madera, deteniéndome de vez en cuando para dar un sorbo de mi copa de vino. Se había calentado, pero no importaba. Lo importante era dibujar en la pared a la luz de la vela con una copa de vino cerca. Rematé las aristas y me puse con el cristal. Dibujar una ventana cerrada era absurdo, lo sé. Pero la ventana es mejor que un espejo por diversos motivos. En primer lugar, porque se trataba de una pared inclinada, una pared techo si lo prefieren, el techo-pared de una buhardilla. En una vieja maceta una planta mortecina me pedía que dibujase un rayo de Sol, así que lo dibujé. El Sol difuminaba aún más mi reflejo, mi plan inicial había sido dibujar un cielo nocturno. De este modo siempre sería de noche en mi salón. Tomé un paño húmedo y borré el rayo de sol.
- Luego te llevo al dormitorio y te dejo en el alféizar - le dije a mi planta.
Volví a la primera idea. Había que ser muy cuidadoso al dibujar a la noche. Cuando hube terminado todos los detalles, desenfoqué mi vista hsata encontrar el punto donde debería intuírse mi reflejo y tracé los contornos con el paño húmedo sobre el carboncillo. Me encendí un cigarrillo, me quité la camiseta. Hacía frío, pero lo importante era estar en una buhardilla fría sin camiseta, fumando un cigarrillo junto a una copa de vino y alumbrado por una vela. Tomé de nuevo el carboncillo para retratar el reflejo de mi rostro, y aunque a penas era un esbozo borroso me pareció encontrar en él un expresión de extraña felicidad. Los ojos que había dibujado observando hacia fuera no miraban hacia donde debían. Estaban fijos en un brazo que le abrazaba desde atrás. Sorprendido, seguí en mi retrato el camino de ese brazo, y encontré lo que parecía una cabeza apoyada sobre mi hombro. Solo podía distinguir a duras penas unos ojos entrecerrados y unos labios que besaban la piel de mi reflejo en la ventana. Tus labios. Tus ojos. Dejé caer el trapo y el carboncillo, y rápidamente encendí la luz. Volví a mirar la ventana que había dibujado en mi pared, en mi techo. Estaba abierta. Hacía frío.
Todo comienza con una chispa. Así debió ser también entonces. La primera vez. Una chispa, y destello, el olor del fósforo ardiendo. Y luego la madera.
Abstraído en la llama, no se percataba de cómo esta trepaba hacia su mano, como un pequeño depredador con una vana esperanza de victoria, negada por un arrebato de consciencia, que le llevó a aproximar la diminuta antorcha al extremo de un cigarrillo. Una vez cumplida la función a la que esta explosión de energía estaba destinada, se desvaneció tras ser agitada de forma vehemente, hasta que solo restó una estela de humo.
El fuego, pensó, tiene tres estados: Potencial, cuando el elemento combustible está apagado, pero las circunstancias ambientales permiten su existencia, llegado el caso. Todo elemento combustible es, por tanto, y de forma lógica, fuego en potencia. El segundo estado es, a ojos inexpertos, el mas bello, cargado de fuerza, la combustión plena y rotunda. Finalmente, el tercer estado es un adagio maestuoso, donde el humo demuestra ser mejor danzarín que la llama, y se extiende juguetón y zigzagueante, hasta desvanecerse.
Dio una larga calada al cigarro, lo apoyó en el cenicero y después dejó que el humo fluyera libre y despacio desde sus labios. Por un segundo lo imaginó recorriendo sus pulmones rápidamente pero con elegante cadencia; sintió un escalofrío y lo expulsó con fuerza.
Se levantó de su silla, alejándose hasta quedar recostado en la cama. A su mente vino el recuerdo de las hipnóticas ondas que el humo producía en los hilos de luz que atravesaban las rendijas la persiana entrecerrada en las tardes de verano. Una sensación asociada con música. Se ladeó, con la cabeza apoyada en la almohada y pensó. El pensamiento se convirtió en fantasía, y esta, cada vez más vívida, se transformó en sueño. Sueño. Tenía tanto sueño...
Mientras el cigarrillo se consumía en el cenicero, y la pantalla del ordenador parpadeaba, soñó que escribía.
Finalmente, esa noche su único lector sería él mismo. Sus personajes emanarían de sus recuerdos, de los recuerdos de los que era consiente, de los recuerdos que no recordaba y de los chispazos sinápticos de su cerebro liberado de ataduras.
Soñar... soñar era sin duda mucho más egoísta que escribir. Porque aunque ella recorriera con desinhibición sus ensoñaciones, colándose en las escenas que no le correspondían y negando su propia condición de personaje, jamás sería consciente de ello. Ser consciente de ello. Ser consciente de si misma dentro de la mente de otro. Ser consciente de la intensidad con que su imagen, su recuerdo, su realidad, era recreada por la mente dormida de aquél que quería escribir para ella, para estar cerca de ella, para convertirse también en imagen dentro de ella. La última forma de intimidad a la que tenía acceso.
- Mientras lees estas líneas, puedes imaginarme escribiendo, puedes sentir como la emoción se codifica en pensamiento, este en palabra, y esta llega hasta a ti, se descodifica en pensamiento y vuelve a su estado original de emoción. Como haces tuyas mis palabras, que son un reflejo de ti, de mi emoción de ti, mi sentimiento por ti, este es procesado y transformado en algo muy distinto, el algo tuyo. De este modo, muy poco de mi puede llegarte. Se pierde por el camino tanto, tanto...energía viajando a través de un conductor de elevada resistividad.
Pero si no recordaba mal, junto a él ella tenía, o había tenido, la innata capacidad de dejarse llevar a las mil maravillas. Habrían sido una excelente pareja de baile. De haber sabido bailar.
...Un tango a media luz...
Confió, pues, en que nuevamente supiera hacerlo. Y entornara sus ojos. Y respirara suavemente, como cuando sabes que no tienes nada que temer, que quien te conduce sabe lo que hace y no hay margen de error. Y entonces, solo entonces, puedes sentirte libre de disfrutar sin mas de la sensación de ser llevado, guiado, conducido, dirigido, encontrado. De este modo deseó que ella, en este momento, en esta noche o esta mañana, en este instante, recordara que en aquel otro momento estuvo en sus sueños. Y fue suya, sin miedo, sin vacilaciones, fue libre de si misma y no fue prisionera de nadie. Él no la había invocado, ella llegó hasta él por propia voluntad. Acudió sin ser llamada. Por propia voluntad le miró directo a los ojos, por propia voluntad se recostó sobre su pecho, por propia voluntad fue llama.
Y por pura realidad, fue humo. Y sin ningún reparo, sin el menor miramiento (qué sentido tendría...) se alejó, como era su deber, como estaba impreso en su naturaleza, danzando juguetona, zigzagueante.
Inconscientemente, lo llenó todo y se fundió con todo.
Hasta el punto de llegar a parecer, a ojos inexpertos, poco mas que nada.