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viernes, 11 de julio de 2008

Regreso

Foto: Memai, de Audrey Kawasaki.


Como una polilla atraída por la parpadeante luz blanca y sucia de un fluorescente (que a su vez emite un zumbido pseudoentómico), aleteando con asomo de duda hacia una perdición incierta, y ese es el camino que tomé tantas veces, que aún sigo en ocasiones, sin remisión ni ganas de ser rescatado; no es por amor al abismo, ni es por obsesión adolescente (nunca adolecí de eso, aunque si de muchas otras cosas), sólo es por el hechizo de la aventura, la insinuación de futuras historias, una bruma gris al amanecer o un destello verdoso en el ocaso, que se yo. Sólo es el despreocupado anhelo de no negarme cualquier deseo que, a priori, parezca improbable o al menos poco posible, esto es, amarte sin conocerte nunca, sin llegar a saber jamás quien eres o donde te escondes, o desde donde me llamas: De nuevo me basta con poder inventar tu nombre.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Concilio Nocturno





Más allá de la Noche
sólo está esto:
Que las palabras
nazcan,
que las palabras
dancen,
que juntas sean
nuevo cielo,
nuevo viento,
y el Mundo sea
nuestro
fuera de este
mundo.



Piensa, por ejemplo, que con mucho menos que un gramo de grafito o de tinta que provenga de tí yo siembro un árbol de ramas negras y retorcidas, de corteza salomónica que se envuelve en si misma, y elevándose hasta recibir el calor de una estrella perdida, acariciando el cielo y respirando poco más que breves pensamientos, acumula en su torsión toda la energía necesaria para que, como un resorte, haga girar un planeta detenido, muerto, negro blanco rojo...
Si pruebas sus frutos serás sabio y loco. Si tocas sus hojas mil rumores acudirán a tu mente susrrando mil secretos que aún no han de ser revelados.

Mueves tus dedos conjurando cinco o seis versos, tres o cuatro líneas, y encierras para siempre un pedazo de eternidad en un prisma perfecto, y con ese fragmento yo puedo invocar eternidades nuevas, y tú - sólo tú - puedes venir a mi, destruír ese Universo nonato y de sus fragmentos dispersos hacer brotar una flor de cristal, un torrente de acero, la suave brisa de una noche de verano...


lunes, 3 de diciembre de 2007

The Test

Foto: Estación del Barrio del Pilar, dirección Arganda del Rey. Madrid.


Il etáit une fois une jeunne femme que caminaba con paso decidido por una luminosa estación de metro. Los trenes avanzaban sin detenerse en el andén, atravesaban las vías dejando tras de sí un rastro blanco y azul. Un silbido era todo lo que se escuchaba a su paso, ni el traqueteo de los vagones, ni el bullicioso circular de los pasajeros, ni los metálicos anuncios de llegadas y partidas. Una joven mujer de cabellos dorados caminaba por la estación.
Sus pies dejaban una huella clara en el suelo que parecía tornarse arena marina cuando pisaba sobre las teselas del mosaico. El agua se filtraba entre los diminutos granos y formaba pequeños estanques de agua salada de la talla treinta y ocho. Por efecto de la eutrofización en ellos se generaban verdes cinobactérias que producían óxigeno para alimentar la cadena de la vida: florifacción (W) , floriscencia (F), frutigénesis (nah). Una joven mujer de cabellos dorados paseaba por la arena. A su paso brotaban flores de blanco azahar.
El camino que la conducía hacia delante no terminaba nunca. Los árboles se alzaban ya hacia la arbolescencia y pronto serían bosque, su sombra frondosa alumbraba los raíles. A los pies de sus raíces los papamoscas se dejaban caer siniestros, y las musas extendían sus verdes hojas y exhibian frutos amarillos que hacían las veces de pequeños soles constelados. En torno a cada uno orbitaban diminutos sistemas planetarios de diversa población, pero por influencia conspicua de rámeras inuesas todos acababan siendo devorados por las rotundifolias dróseras. Las drosófilas salian huyendo tan deprisa que un ejército de lucifersas se batía en su interior convirtiéndolas en luciérnagas. Una joven mujer de cabellos dorados caminaba en un bosque, el Universo giraba a su ritmo.
La bioluminiscencia es un fenómeno relativamente frecuente en bastantes especies marinas; las últimas estimaciones consideran que hasta un 90 % de los seres vivos que habitan en la porción media y abisal de los mares podrían ser capaces de producir luz de un modo u otro. En hábitats terrestres la bioluminiscencia no es tan común.
Cabellos dorados, joven mujer, resplandor.
Yo recogía los frutos, golpeaba y horadaba la tierra, excavaba y me llenaba de barro. El sudor danzaba con la arena en mi rostro trazando ocres barrotes de prisión y absorbiendo el aire en mi y en el mundo. Una joven mujer de cabellos dorados caminaba.
Levanté la vista, observando cómo se alejaba hasta que solo un aroma suave quedó como rastro. Acariciándolo se estremeció y tocó por fin su espalda. Se gira hacia mi, una joven mujer de cabellos dorados, su piel es tan blanca que absorbe la luz de las estrellas y sus ojos me bañan en azules nubes de cielo albino. Se recortan sus labios como pliegue carnoso y dulce de nieve batida. Ráfagas de viento portan su voz cristalina y los cortes en mis brazos y mejillas me bañan en sangre agria. Sustancias volátiles son liberadas y estimulan los receptores olfativos de mi nariz. Te acercas.
Una joven mujer de dorados cabellos. Una voz te llama a tu espalda, frente a mi. Tu gesto se transforma en sonrisa y las dilatadas pupilas escondidas tras los párpados entrecerrados se llenan de noche liviana. Te giras, te marchas, el andén se mustia y muere. Parpadea una polilla en los focos fluorescentes del techo. Hiede a humedad rancia y a óxido, la gente corre arrastrando pesadas maletas, charlan y el eco de sus voces se mezcla con las de los megáfonos que recorren los pasillos. Sobre el terrazo se pelean los chicles para emigrar adheridos a la suela de un zapato. La condensación en la bóveda produce una fina y poco densa lluvia. Senescencia vegetal: se debe a un proceso llamado apoptosis o Muerte celular, conocido también como suicidio celular por deberse a una serie de señales internas con las que la celula se induce a la Muerte de una forma limpia, sin desencadenar un proceso de necrosis o reaccion inflamatoria.

Este proceso también aparece en humanos (desaparicion de la cola de renacuajo para convertirse en rana).

Se va y yo busco bajo la herrumbre el nombre de la estación que ahora es cripta y viaje. El término “olor” se refiere a una mezcla compleja de gases, vapores, y polvo, donde la composición de la mezcla influye directamente en el aroma percibido por un mismo receptor.
Lejos balaban las cabras, entrechocaban sus cabezas.









miércoles, 28 de noviembre de 2007

Comienzo

Foto: Brote de no se que planta en un solar junto al centro de ocio Parquesol Plaza. Valladolid.


Fuera soplan los vientos
rojos inviernos
confieso que he mentido



Buscando refugio en la nocturna esquina de un edificio artificioso, cubriéndose del viento, entrecerrando los ojos, apurando un cigarrillo antes de que termine el tiempo establecido. La vida es eterna en veinte minutos.

En realidad es la misma historia repetida una y otra vez, son variaciones sobre un tema divino o humano, si es que esos dos conceptos pueden disociarse. Hace mucho que no cuento una historia.

Dos personas caminaban a la luz de las estrellas, buscando la Luna. Se suponía que debía estar ahí, en su sitio, redonda y blanca, plena. Pero esa noche había decidido ocultarse de la vista de los hombres, estaba atendiendo sus propios asuntos. Pudorosa, envuelta en nubes, se asomaba lo justo para espiar los pasos de dos personas que caminaban a la luz de las estrellas buscándola. Cuando se cansaran y asumieran que esa noche la Luna no brillaría para ellos, se detendrían a contemplar las estrellas reflejadas en sus ojos, el uno en los ojos del otro, de modo que por fin lo que más refulgiera en la oscuridad fueran ellos mismos.

Y es que está ahí, aunque no la veas.

-¿Y la noche? - preguntó ella pensativa.
- La noche sólamente es un eclipse de Tierra.

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Eran las ocho de la mañana. El hombre de la inmobiliaria esperaba desde hacía quince minutos, exhalando vaho mezclado con el humo de un ducados del que se deshizo rápidamente cuando vió acercarse el Volvo plateado. Buscó de forma mecánica un chicle en el bolsillo interior de su chaqueta, pero sólo encontró envoltorios vacíos. No tuvo tiempo de sentirse contrariado, ya estaba esbozando una amplia sonrisa para saludar al inversor y al constructor. Si es que esos dos términos pueden disociarse.

- Buenos días, caballeros - su voz se quebró de forma ridícula hacia la mitad de la última palabra.
- Buenos días, como andamos... - la voz del constructor resbalaba por su garganta hasta las comisuras de sus labios agrietados.
- Hola, hola, que tal, que frío hace, coño - señaló atentamente el inversor.

El agente inmobiliario estrechó las manos calientes de sus dos clientes y sólo en ese momento se dió cuenta de que la suya estaba helada.
- Bien - dijo al fin - aquí está. Como pueden ver, la situación es inmejorable.
El constructor no hizo ningún gesto. Escrutaba con ojos expertos el solar, las palabras grandilocuentes le exasperaban.
- Un poco... en cuesta.
Los tres continuaron con la conversación durante unos minutos, pasearon por el solar y finalmente se marcharon a tomar un café para sellar el acuerdo.

Cuando se hubieron ido, el viento azotó los escombros, movió la gravilla. El Sol, aún pálido y débil, se fijó en un brote dorado que quería imitarlo, brillando. Desde ahí se divisaba el sur de la ciudad: Las grúas se alzaban entre la bruma como animales prehistóricos, el sonido del tráfico en hora punta recordaba a lejanos graznidos marismeños. El brote miraba hacia el cielo, temblaba de miedo y frío.

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Las ocho de la tarde. Lluvia fina pero persistente. Limpiaparabrisas danzando al son de Radio Gagá. Odiaba estos trabajos, pero no podía rechazarlos: eran los que me daban de comer. Por fin salió del portal con paso vivo. Una chica menuda, de unos cuarenta y cinco kilos y cerca del metro sesenta y dos, con el pelo rubio recogido bajo un gorro de invierno muy colorista. Los zapatos no eran los más adecuados para la lluvia, las gafas de sol no eran las más adecuadas para las ocho de la tarde de un día lluvioso de noviembre. Cuando apagué la colilla en el cenicero me dí cuenta de que no era consciente de estar fumando, me tengo prohibido fumar en el coche. Y sin embargo dentro había ya más humo que aire, por lo que bajé la ventanilla, tan sólo una rendija.

La mujer había subido a su vehículo y comencé a seguirla. Esa parte era la divertida. Perseguir es divertido, perseguirte sin que lo sepas. Lo duro es observar.

No era de extrañar que hubiera escogido una mesa en una esquina. Pero su jersey rojo a juego con su falda negra y su cabello rubio ahora suelto hacían que difícilmente pudiera pasar desapercibida. Dejó las gafas de sol sobre la mesa y me dirigió una mirada azul e hipnótica. ¿De verdad me había visto? Esbozó una débil sonrisa y me llamó con un gesto de la mano. - "Debo estas perdiendo práctica" - pensaba para mis adentros. Llegué hasta su mesa.

- ¿Me llamaba, señora? No soy el camarero.
Su rostro perfecto - Fidias, muérete de envidia - podía moverse, y lo hizo al hablar.
- Me preguntaba si no querría usted sentarse conmigo.
La pregunta me soprendió tanto como cabía esperar.
- ¿No espera usted a alguien?
Ahora la risa se hizo sonora, dulce.
- Claro, querido. Lo esperaba a usted.

Odiaba estos trabajos.

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El Valse Triste es de Jean Sibelius


Me levanté de mi silla sintiendo que había traicionado a mis planes nocturnos. Encendí una vela - tengo luz eléctrica, pero los más importante siempre es crear una atmósfera - y pasé mi mano por la pared rugosa. Las sombras eran nítidas ahora, tomé un carboncillo y proseguí con mi obra. Necesitaba una ventana, así que comencé a trabajar las líneas de un marco de madera, deteniéndome de vez en cuando para dar un sorbo de mi copa de vino. Se había calentado, pero no importaba. Lo importante era dibujar en la pared a la luz de la vela con una copa de vino cerca. Rematé las aristas y me puse con el cristal. Dibujar una ventana cerrada era absurdo, lo sé. Pero la ventana es mejor que un espejo por diversos motivos. En primer lugar, porque se trataba de una pared inclinada, una pared techo si lo prefieren, el techo-pared de una buhardilla. En una vieja maceta una planta mortecina me pedía que dibujase un rayo de Sol, así que lo dibujé. El Sol difuminaba aún más mi reflejo, mi plan inicial había sido dibujar un cielo nocturno. De este modo siempre sería de noche en mi salón. Tomé un paño húmedo y borré el rayo de sol.

- Luego te llevo al dormitorio y te dejo en el alféizar - le dije a mi planta.

Volví a la primera idea. Había que ser muy cuidadoso al dibujar a la noche. Cuando hube terminado todos los detalles, desenfoqué mi vista hsata encontrar el punto donde debería intuírse mi reflejo y tracé los contornos con el paño húmedo sobre el carboncillo. Me encendí un cigarrillo, me quité la camiseta. Hacía frío, pero lo importante era estar en una buhardilla fría sin camiseta, fumando un cigarrillo junto a una copa de vino y alumbrado por una vela. Tomé de nuevo el carboncillo para retratar el reflejo de mi rostro, y aunque a penas era un esbozo borroso me pareció encontrar en él un expresión de extraña felicidad. Los ojos que había dibujado observando hacia fuera no miraban hacia donde debían. Estaban fijos en un brazo que le abrazaba desde atrás. Sorprendido, seguí en mi retrato el camino de ese brazo, y encontré lo que parecía una cabeza apoyada sobre mi hombro. Solo podía distinguir a duras penas unos ojos entrecerrados y unos labios que besaban la piel de mi reflejo en la ventana.
Tus labios.
Tus ojos.
Dejé caer el trapo y el carboncillo, y rápidamente encendí la luz. Volví a mirar la ventana que había dibujado en mi pared, en mi techo.
Estaba abierta. Hacía frío.


sábado, 24 de noviembre de 2007

Hielo

Foto: Una bola de discoteca parecida a un lisoma. Algún bar. Valladolid.





Se sienta en una esquina oscura
- todas las esquinas son oscuras, si bien no todas las esquinas son esquinas tal y como las concebimos en el mundo exterior – jugueteando con los cubitos de una copa de hielo con cola. El agua sabe cantar al son que ella le marca, y tiene comprobado que tres o más hielos en un vaso estrecho entonan madrigales de Orlando di Lasso o poemas sinfónicos de Schönberg; dos hielos componen una fuga de Bach, y uno solo arranca los acordes minimalistas de Eric Satie, las cristalinas notas de Sigur Ros o tristes baladas de Jeff Buckley; cuando comienzan a tornarse líquidos coquetean con Danny Elfman y Ravi Shankar.

La vida de una musa es dura, tienen que acompañar a artistas neuróticos y elegir muy bien a quien le conceden sus favores, puesto que son muy pocas y los artistas son muchos y muy diversos. Casi nunca trabaja cuando está en el Club, resulta muy inadecuado interpelar a una musa cuando está de copas; eso es un alivio, por un lado, pero tiene como contrapartida que las musas se sienten siempre un poco solas: nadie quiere parecer maleducado y muy poca gente les da conversación, porque después de todo hablar con una de ellas suele producir el mismo efecto que recibir sus dones. Entre los parroquianos del Club, por cierto, abundan los artistas, y muchos las miran con ira o despecho. Y es verdad que son caprichosas, que son volubles, que su gracia es eterna y efímera. Otros temen no estar a la altura. Sea como fuere, ella hace cantar a los hielos y escribe en un libro de hojas otoñales que guarda celosamente en un bolso fabricado con tela de juicio. Muchos querrían saber que escribe, seguros de que se trata de una obra pura e insuperable. Yo, personalmente, creo que no. Creo que escribe sobre cosas sencillas, sueños y anhelos de una adolescente demasiado madura para tener ilusiones y esperanzas para si misma. Es tímida y siempre quiere bailar, pero le aterra salir sola a la pista y que las bailarinas traten de atesorar para si sus coreografías y la observen e imiten; tampoco puede salir acompañada, porque eso despertaría los celos de todos los demás de una forma demasiado evidente. A parte de todo eso, lleva tantos años pisar la pista que el mero hecho de que decidiera hacerlo llamaría la atención de todo el mundo y se sentiría ahogada bajo la responsabilidad y el peso de tanto curioso observador. Así que se sienta sola, se siente sola y juega con los hielos. Su cabello es negro y flota ingrávido sobre sus hombros, sus ojos tal vez sean marrones, sin duda brillantes y su pupila, como la de todas las musas, es un eclipse negro, un hermoso espejo que muestra a quien la mira lo que realmente desea ver: su propio rostro.

Y yo, que me contento con contemplarla, soy el centro de las envidias de los demás: me acerco a ella cuando ya debe de ser tarde – es imposible saber que hora es en el Club de las Almas Perdidas – me siento a su lado, sin haber cruzado jamás palabra con ella; me mira cansada y, nostálgica de algo que aun no ha sido escrito, deja caer su cabeza sobre mi hombro, llora en silencio y yo le concedo el don del Sueño.

Conozco un secreto, su secreto de musa nocturna. Quiere unas alas. Por eso la amo.

Pero si le diera lo que ansía, volaría lejos de mi.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Conjugaciones



Corrías roja sobre el asfalto negro y yo verde y azul persiguíendote sobre los adoquines mojados, con las motoclicletas circulando en torno y a través de nosotros. No podías ser más prototípica: boina roja, cabello rubio, ojos azules, camiseta de rayas blancas y rojas, falda roja, botitas rojas reluciendo bajo la lluvia gris, gris como yo, el lobo que caza la niña (¿no hablé de tu bolso, tu hermosa billetera?). Los ojos fijados en los ojos y nada más, nuestra mirada extranjera se encuentra y la sonrisa que se eleva en tus labios es tan dulce que me trae aroma de sándalo. Hay una certeza en todo esto. No observé como las escaleras que escalabas con pasos ágiles, salpicando mi rostro miope nos llevaban a un punto más alto y cuando quise darme cuenta ya estaba cayendo y había perdido las gafas y había engordado tres kilos. Pero cuando bajaba encontré la certeza de tus ojos y me detuve a pensar si lo correcto sería fulminarse con el suelo o fundirse con él. Conseguí fundirme fulminado.

Quise ser un ángel caído, pero sólo llegaba a santo varón, por lo que decidí que con el diablo me iba a ir mucho mejor. Y tú no dejabas de correr roja sobre el asfalto negro. La noche nos alcanza (la noche nos alcanza siempre) y tu falda no parece ya tan corta, me esquivas entre las farolas y te escondes en bares infames. Te encuentro en los labios de otro y te pido que te bajes de ahí, que hay cantidad de infecciones peligrosas que pueden transmitirse de ese modo. El marinero de brazos peludos era una mala bestia de carga y no dudaría en partirme el cuello, y yo me preguntaba que te atraería de los hombres toscos y peludos, y la visión fugaz de vuestros cuerpos desnudos contrayéndose el uno contra el otro me resultaba repulsiva y excitante. Dirás que me lleva el morbo, la locura, pero en realidad yo te amaba y deseaba sólo para mi y cualquier otra verdad me producía una fiebre tifoidea. No paraba de sonar la misma música y yo sabía que debía marcharme, pero entonces me encontré con la certeza de tus ojos enmarcados en un Sol de pestañas. Así que te tomaba de la mano y te sacaba de ahí, te alejaba de la miasma y la peste y te refugiaba en mis brazos contraechos, te apretaba contra mi pecho mullido y lo endurecía para resultar más protector. Y el viento golpeaba mi cara mientras tus lágrimas humedecían mi hombro. Pero sabía que llegaría el día, zapatitos rojos, en que por mucho que buscara no te econtrara y cuando te hayara, al final, tampoco pudiera tener ya la certitud de tu mirada.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Psique

Foto: Calíope. Lapicera, lápiz.



Poema de Kierkegaard

Sonido entrechocante de metal
y escombros

dolorosa viga, quebrada luna
y cristal

Temblorosa puerta blasonada
vetusta

Descenso profundo y prohibído

Lo fácil es salir del Infierno

La ruina te acontece
al volver la vista atrás.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Elegía

Foto: El Puente Mayor visto desde el Paseo de Extremadura. Valladolid.



Musa, Musa, te llamo. Ven en mi auxilio, mi ánimo es sombrío y no encuentro vino en el fondo de mi copa. Vuela hasta mi con dulce paso, llena mi vaso de Nephentes y siéntate a mi lado. Charlemos.

Sufro el justo castigo a mis sencillos pero no menos terribles pecados. La mentira es, tal vez, el más grave de ellos. Pero siendo como soy un fenomenal embustero ¿acaso no puedo engañar a la musa para que se siente conmigo? La echo mucho de menos. En esto al menos sí soy sincero.

Como una oscura legión de noche en mi busca avanzan las nubes. Serpentean por las ramas de los árboles, se arrastran por las farolas, se cogen de mi pecho y arrebatan a mi alma las lluvias de otoño que habrían de regarla. Niegan su génesis a verdes frutos, amarillean las lomas de las montañas y truenan orgullosas.

Danzan las llamas solitarias, fuegos verdes de cobre se funden en cicatriz metálica. Tómame esta noche en tus brazos, oh musa del ocaso, canta tristes versos en mi oído. Vierte en ellos la vida y tañe de nuevo las cuerdas gimientes de tu violín; que broten mil espirales negras que guíen mi camino por círculos de sueños.

Caen ya las hojas de septiembre, aquellos primeros frutos que viste nacer ahora yacen moribundos, viejos y tristes, añorando el Sol y tus suaves pasos bajo su sombra. La semilla que habría de brotar de ellos quedó vertida sobre tierra estéril. El lamento que se rompe en mis labios es tanto fruto de tu ausencia como producto de tu recuerdo. Y cuando la Luna te miraba oculta tras un velo, danzando tú para ella sobre aguas cristalinas, yo la veía oscurecerse, sonrojarse satisfecha. Mi noche, así, sin Luna; mi día, así sin Sol. Las nubes, entonces, mis enemigas. La lluvia, por tanto, robada. Los frutos, simiente nonata. Y las estrellas...guirnaldas en tus cabellos.

Mira ahora que me queda del firmamento: no más que un negro tapiz sembrado de agujeros, y yo sin pincel para decorarlo.

Prisión sangrienta de los ojos cerrados y la luz atravesando los párpados a la fuerza, dejando a su paso un rastro de saladas lágrimas. Deben restarme no más de tres o cuatro; no he bebido suficiente agua de mar para restaurarlas. Prisión triste de calientes entrañas y siniestros cantos de pájaros profetas, deja libre a mi alma para poder ir a buscarla.

Paseando junto a un muro de vetustas piedras decoradas con musgo y abrojos, silbando una melodía antigua y secreta, la veo tumbada contemplando al cielo. Bebe de él el brillo de su mirada