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lunes, 14 de enero de 2008

La ciudad parece un mundo

Foto: La nueva plaza del Portugalete. Al fondo, la Catedral. Valladolid, 29 de diciembre de 2007. El fotógrafo es Alberto Sastre.



A la Chica que Rima:


El centro de gravedad estaba en nuestros labios bajo la fina lluvia gris y sonaban las campanas, eran y cuarto, había llegado sólo diez minutos tarde y el tañido resumía ese momento (el del equilibrio perfecto sobre un bordillo de granito) a cinco minutos (las cigueñas sonaban como martillos hidráulicos, las alarmas como ranas de pantano). Luego fueron las horas las que contaron estrellas en tus ojos y nebulosas en torno al reverso de dos agujeros negros (dejan salir la luz tus pupilas). Tocar el cielo y acariciar tu mejilla ha de ser la misma cosa y tu piel huele nubes; asciendo tan rápido que comienza a faltarme el aire y me detengo a respirar en tu sonrisa y acunado en tu mano duermo un instante, un sístole, y cuando despierto aún estás ahí (diástole) salimos, caminamos, la ciudad parece un mundo y todas las luces son nuevas y detrás de cada esquina cada cosa está en su sitio, y crecen plantas en los ladrillos muertos, y las puertas cerradas y oscuras reflejan otras abiertas. Detenidos bajo la lluvia yo ya quiero atrapar ese momento, aún no ha terminado; vuelvo a casa tosiendo pétalos de azahar, el aroma de las nubes aún reposa en mi mano

y sé que hoy

el Sueño

no será mejor que la vigilia.

Pero no te esperaré despierto:

Mañana,

cuando te vea,

no quiero

estar

dormido…

domingo, 16 de diciembre de 2007

Sopa de peces

Foto: Sin referencia confesable


Ingredientes:

  • 1.422 trillones de litros de agua
  • 50.000 billones de toneladas de sal
  • Peces al gusto, preferiblemente algunos cientos de billones de kilos.
  • Moluscos, Crustáceos, también en gran cantidad.
  • Algas y corales en abundancia.
Modo de preparación:

Verter el agua en un recipiente mineral, añandirle la sal y remover lentamente. Calentarlo a fuego lento. Cuando el calor suba y el fondo se quede fresco, verter las algas y los corales y esperar a que arraiguen; una vez esto suceda añadir despacio los peces el y resto de los tropezones. Dejar olear unos millones de años. Servir frío y presentarlo con unos chorritos de fuel entrecuzándolo y unos crujientes aderezados con apartamentos en primera línea de playa y guiris tostaditos.

lunes, 10 de diciembre de 2007

La mañana transfigurada

Foto: Pequeño microcosomos compuesto por tejado, ventana, generadores de aire acondicionado, gato callejero trepando y paloma aleteando (los animales salieron del plano justo antes de poder hacer la foto). Calle Los Moros en la confluencia con la Plaza del Camarín de San Martín. Valladolid.

Cuando abrí el ojo izquierdo el reloj marcaba las 5:30; cuando abrí el ojo derecho ya eran las 8:00. Así que había dormido dos horas y media, de modo que me levanté de mi cama estremecido por una tristeza prosaica, la del frío en los pies y la nostalgia de mi cama, tan cercana, tan prohibida la calidez de sus mantas - te dije que me dormiría más tarde que tú - y la sensación del desayuno era de angustia, un angustioso desayuno de leche con cereales y un buchito de coca cola para quitarme el reseco del tabaco nocturno y maldita la hora porque el ardor de estómago ya me estuvo acompañando todo el día. Traté de reencontrarme con la realidad con mis quince minutos de sofá matutino pero el bueno de Vicente Vallés me parecía un Bela Lugosi inquietante y no encontré la paz tampoco en ese momento habitaulmente tan grato. Cuando me encaminaba arastrando los pies por el pasillo de vuelta a mi cuarto para coger las llaves y mi bolso escuché unos arañazos en la puerta de casa; me asomé a la mirilla y divisé a los alborotadores, estaban encerando el suelo y la máquina hacía ruido y los enceradores gritaban mucho. Abrí la puerta, sorteé un trozo de papel de embalar que habían colocado muy profesionalmente al pie de la puerta para no rozar la madera (con ningún éxito) llegué al ascensor y mientras los escuchaba gritar mi mente semidormida trazó una teoría: para los trabajos ruidosos se suele contratar a personas que gritan mucho o que tienen un tono de voz alto y desagradable. Pensadlo: enceradores, albañiles, trabajadores agrícolas (en el campo no hay tanto ruido pero hay que comunicarse a grandes distancias). En los bares también hay ruido y se grita mucho; tal vez mi teoría tuviera poca base.

Saliendo a la calle lo primero que me sorprendió fué un frío intenso acompañado de un sol de justicia, altamente contraindicado para una persona destemplada y con fotofobia autoinducida por la falta de sueño. Una señora con chándal rosa avanzaba con paso decidido precedida por un perro espantoso, diminuto, azorrado (no se si existe la expresión), chato y feo, con el pelo cardado dándole forma de pompón gigante (a su pequeña escala) y el tren trasero descolocado de modo que andaba en diagonal (pobre esperpento de la naturaleza, sin duda fruto de siniestros experimentos científicos de empresas de suavizantes y diagonales). Sería este el primero de una serie de perros matutinos. Crucé la calle que llevo años cruzando a la altura de la plaza de Luis Braille, por fin han terminado la obra de la acera y sin embargo la atravesé tan suicida como cuando no la había y estuve a punto de ser arrollado por una furgoneta blanca: sería la primera de una serie de furgonetas blancas con malas intenciones.

Avanzando por la calle Renedo me sorprendió ver cola a la puerta del veterinario, colas más bien, porque tres perros enfermos con cara triste esperaban a su médico. Uno de ellos, un pastor alemán, llevaba uno de esos aparatos en el cuello con forma de megáfono que yo me pregunto si servirán para ayudar a los perros que ladran bajito; al menos en este caso actuaba como amplificador de unos alaridos perrunos que taladraban mi cráneo. Me percaté de que el portal de mi abuela estaba abierto y estuve tentado de entrar; para mi sorpresa observé que estaban encerándolo unos señores ruidosos, y en mi cabeza aturdida rondaba la absurda idea de si sería hoy Santa Cera o el Día del Pulimiento, que asocié a algún poso sedimentario de la cultura neolítica, poso que volví a plantearme ante la presencia furibunda de una anciana cubierta de pieles y de otra mujer de edad venerable con una estola atada de tan mala manera que parecía haber cogido propiamente al perro pompón antes mencionado y directamente habérselo enroscado en el cuello. Llegué hasta la calle de Colón, donde tuve la prudencia de mirar hacia la izquierda y de este modo evité que me llevaran por delante dos condenadas furgonetas blancas que aceleraban en paralelo como si estuvieran atravesando el túnel de Montecarlo, y proseguí tomando un desvío para pasar por la librería Alejandría. Recé por que estuviera cerrada, ya que de no ser así seguramente iba a acabar comprándome uno de los muchos libros que ahora no debo leer porque tengo que leer muchos otros. Mis ruegos fueron escuchados, de modo que continué mi camino adentrádome en la semipeatonal calle de Juan Mambrilla. Dos estudiantes de derecho me adelantaron y por su conversación deduje que eran idiotas y pensé en fin, carne fresca para Legalitas, y a continuación me situé a la espalda de dos señoras mayores (que no llevaban pieles de animal a la vista) y no pude dejar de escucharlas dialogar - Pues yo ahora me tengo que tomar tres pastillas por las mañanas. - ¿Por la tensión? - Si, la tengo alta - ¿Y por que la tienes alta? - Tomo tres pastillas todas las mañanas - ¿Pero por qué tienes la tensión alta? - Las mandó el médico - ¿Pero por qué tienes alta la tensión? - No lo se, siempre la he tenido así - ¿Y entonces por que te mandan ahora las pastillas? - Porque tengo la tensión alta.

Estaba en la plaza de los Oligastros (no la busquéis en el callejero, sólo yo la llamo así. Tiene que llamarse de algún modo) y girando a la derecha tomé la famosa calle de Los Moros, donde una vez participé en una épica batalla (no, no fue contra una croqueta). Me detuve para hacer fotos a una esquina pintoresca, un pequeño microcosomos compuesto por tejado, ventana, generadores de aire acondicionado, gato callejero trepando y paloma aleteando en un espacio tan pequeño que me apenó no poder quedarme a estudiarlo toda una mañana. San Martín (lo que le llega a todo su cerdo, como decíamos ayer), calle La Lira y esa otra estrechura tan bonita donde se encuentra la casa de Zorrilla (no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague: por fin la han reabierto, aunque demasiado tarde para enseñársela a mi kleine muse), tan bonita, digo, con ese fotomatón que prácticamente marca el pulso de mi vida, tan bonita sería, digo, de no estar emplazada en esa misma calle esa dichosa comisaría donde desde hace cinco años debería acudir a renovarme el DNI. La puerta del famoso garaje electrificado "Prohibido Orinar" se cerró a mi paso como si hubiera estado esperandóme para hacerlo, confiriendo a mi deambular aún mas reminescencias de Walter Ruttman. Desemboqué en Cadenas de San Gregorio, donde mis sensores semiletárgicos percibieron la presencia de una chica con piernas largas y poncho que desgraciadamente y con gracioso caminar se desvió hacia El Agujero Antes Conocido Como Calle Angustias, y yo puse rumbo hacia la estatua de Felipe II, ilustre pucelano que nos dejó una catedral la mar de poética como recuerdo de su estancia entre nosotros, y finalmente frente a ese ruinoso (y adorable) colegio El Salvador un despistado conductor de una furgoneta jodidamente blanca causó un divertido caos al atravesar por el carril bus-taxi para luego lanzarse en dirección prohibida de cabeza hacia El Agujero Antes Conocido Como Calle Angustias. Sit tibi terra levis, amigo.

El caos circulatorio en la confluencia de las calles Imperial y San Quirce suele ser fenomenal, y una ancianita lo evitaba emulando a Chita, caminando con endebles piececillos por encima del bordillo y asiéndose a la valla protectora de la curva por el lado de la carretera, primero con una mano, luego con la otra (como si no hubiera acera, mujer de Dios) y yo me planteaba, pasando junto a una gran tienda de chinos, que toda esa basura que vendían debía fabricarse en algún sitio, que había esforzados currantes en algún lugar recóndito que se dedicaban a fabricar esos jarrones espantosos y esas cabezas de dragón de plástico radiactivo, profunda disquisición interrumpida por una súbita lluvia de pelusas que procedían indudablemente de la alfombra que estaba sacudiendo alguna guarra individua (no lo comprobé y puede que mi comentario parezca sexista, pero díganme ustedes cuando han visto a un tío sacudir una alfombra que no fuera de del coche), ¿donde está la policía en esos casos? ¡Cuanta fuerza represora mal enfocada, eso si que es un delito contra la sanidad pública y no lo que yo fume para mi mismo y mis pulmones doloridos y mi cabeza flotante! Tragando el humo de los coches me consumió la cólera pensando cuanta hipocresía nos envuelve con total naturalidad.

Por fin la Plaza de la Trinidad, al fondo la hermosa Biblioteca Pública de Valladolid, y saludándome dos palomas que se echan a volar en canon (volvemos a Die Symphonie der Großstadt a escala humildemente pucelana). Mi casillero habitual está ocupado así que utilizo el 87 porque sus dos dígitos suman 15 y comienzo a ser consciente de que no recuerdo el nombre del autor del libro que tengo que buscar. Cannavaro es un futbolista, lo sé porque lo sabe Tyler, Caravaggio es el rey del claroscuro por mucho que le pese a Tintoretto, y el tipo este es una fusión de ambos. Sonrío cuando obtengo resultado por Canavaggio, entro en la biblioteca, busco 82.07 CAN y no encuentro nada aunque según el ordenador está disponible; de modo que vuelvo al ordenador, no se de donde he sacado esa signatura, la correcta es 86.09, busco de nuevo entre los libros 86.09 CAN y nada, estoy tan cansado que creo que me voy a dar por vencido pero la casualidad me descubre un libro de John Dos Passos sobre sus viajes por Europa en el periodo de entreguerras, lo cojo golosamente aunque de Dos Passos sólo sé que escribió Manhattan Transfer, una especia de Berlin Alexanderplatz a la yankee, y eso de nuevo entronca con Walter Ruttman y todo cobra sentido. Un último vistazo al ordenador, efectivamente la signatura es 86.09, pero no es CAN, sino HIS (Ya que Canavaggio sólo es el editor y se trata de una obra coral). Por fin lo encuentro, el Tomo IV dedicado a la literatura española del siglo XVIII resalta al ser mucho más delgado que cualquiera de los otros cinco tomos (deducción: poco hay aprovechable en la literatura española del siglo XVIII, le pese a quien le pese, Espronceda me perdone). Bajo orgulloso con mis dos presas de esta mañana y encuentro una fuerte marejada de niños de primaria que han venido a conocer la biblioteca. Salgo corriendo como alma que lleva el diablo, recupero mis bártulos tras tratar infructuosamente de abrir el casillero 15 con la llave del 87 y por fin entro en el refugio soñado, esa cafetería (no vo ya decir el nombre) con mesitas redondas, internet gratis y música barroca por las mañanas. Mi mesa está ocupada por uno de los bibliotecarios y una señorita veinte años más joven que él. Espero a que el camarero me atienda (un tio, todo sea dicho, bastante hosco). Finalmente repara en mi presencia y me dispara un agresivo "que quieres" apuntándome con su afilada barbilla de Habsburgo. Un...café...con leche... (mis primeras palabras del día). Tomo asiento en una mesa demasiado cercana a la barra para mi gusto y trato de escribir todo esto en un cuaderno pero tengo demasiado sueño y se me caen las palabras. Una oronda señora entra acompañada por una oronda joven cuyo tono de voz resulta de los más desagradables que he tenido el gusto de escuchar ese mañana, y dice "¡mira, si está ahí el Jose! ¡Hola Jose! - ¿Que pasa? (contesta incómodo el bibliotecario con jovencita) - Qué, tomando el café, ¿eh? - risa sardónica de la muchacha oronda. Sardón es un pueblo. Risa nerviosa de la jovencita acompañante de bibliotecarios. El Nervión es un río que a su paso por Bilbao se transexúa y se convierte en ría. También es un barrio de Sevilla. Todo está relacionado. - Si - responde cortante el bibliotecario -, ya ves (cosas que se usan para abrir puertas, o bien deidades hebráicas duplicadas)

Dejo de escuchar tan interesante duelo dialéctico porque a mi derecha una pareja gaymente amorosa comienza a discutir acaloradamente sobre a quien le toca pagar el café - Me toca a mi - No, me toca a mi - y fantaseo pensando en que el calvito coge una botella de cerveza, y la rompe contra la cara del camarero para luego amenazar con el filo cortante a su concubino. Amenazar es un verbo de la primera conjugación. Como Aznar. Yo azno, tú aznas, él azna... Hora de marcharse, pago a disgusto el carísimo 1'20 que cuesta un café (absurdo cuando el desayuno completo es 1'50), observo con curiosidad a los milicos de la oficina de reclutamiento que el Ejército de Tierra ha colocado en la ya comentada calle San Quirce (han puesto a un chico y a una chica rubia. El chico era moreno, creo. Los dos con uniforme de campaña y toda la pesca. Ella llevaba coleta) y por fin llego de nuevo a Cadenas de San Gregorio.

Un hombre canoso toca el acordeón con un deje porteño.
A mi derecha un perro de considerable tamaño reposa emulando a un león de la sabana.
A mi izquierda un hombrecillo pasea a un inquieto foxterrier
y yo en medio,
y las palomas vuelan
y el foxterrier se fija en el leonino chucho,
y las cigüeñas claquéan
"Hola, mi nombre es Chimo el Foxterrier, tu mataste a mi padre, prepárate para morir"
y yo presiento que está a punto de desatarse un infierno.

Pero no hay infierno, sólamente frío y granito. El perro leonado descansa a la puerta de la oficina de empleo cansado ya de luchar. Paso junto a la plaza de Relatores y recuerdo distante la cálida y sensual promesa de unos ojos verdes. Un tiovivo gira vacío mientras la gitana feriante contempla el polvo en suspensión y un pasteloso bolero desentona con el ruido sordo del inminiente invierno. Un cachorro de pinscher miniatura tiembla dentro de una caja de metacrilato. Debe tener días, y todo lo que ve es la Avenida Real de Burgos, con sus tres carriles y lo que eso conlleva, con los peatones desfilando ante él, golpeando el cristal para saludarlo. No agita la cola. Tiembla.
- Es como mi perro - me dice una mujer desdentada a la que no conozco de nada y que se ha parado delante del mismo escaparate - novecientos euros cuesta, nada menos.


En ese momento decido que lo que yo necesito es comprarme un jersey.
Y luego pasa la tarde, habiendo perdido su amor.
Y escribo esto.


Esas montañas estúpidas

Foto: Las montañas del Sistema Central vistas desde el pié de la muralla sur. Ávila.


El amante de las flores

En las montañas de Valkeri
entre los pavorreales que se pavonean
encontré una flor
tan grande como mi cabeza
y cuando me estiré
para olerla

perdí el lóbulo de la oreja
parte de la nariz
un ojo
y la mitad de la cajetilla
de cigarrillos

regresé
al siguiente día
con la intención de cortar
aquella maldita cosa
pero la encontré
tan hermosa
que en cambio
maté un
pavorreal.

Henry Charles Bukowsky



Viajan rápido en esta época, se encaminan hacia tierras más cálidas.

Huyen de las frías nubes de invierno que las pisan los talones.

Y ahora a pensar en el vuelo de las mariposas. Es tembloroso e inseguro, no fueron hechos para volar los gusanos. Había unas viejas murallas en blanco y negro y un fantasma sentado a los pies de mi cama, cambiando canales de forma automática. Estoy tan cansado, tenía mucho que contarte y tu no has venido... había algo en las montañas ¿sabes? El otro día, junto a las murallas. Y faltaba algo, también, faltabas tú de alguna manera de modo que las nubes parecían tan solas sin tí, parecían echarte de menos en forma de nubes. Yo sé donde nacen las nubes, algún día te lo contaré pero ahora mismo no puedo hacerlo porque he firmado tres cláusulas de confidencialidad y sólo me tranquiliza el polvo en mis ojos y el vuelo de un halcón, y las plumas de una paloma estallando en el aire con un suspiro de susto.
Se extendía frente a mis ojos una pradera llana y verdadera salpicada aquí y allá por árboles ornamentales y pequeños grupos de casas, y cuando el verde se tornaba azul se iba convirtiendo en masa de roca coronada de nieve nueva y en sus laderas, en sus azules laderas yo también oía como reían, yo también veía como todo el río eran las lágrimas de los peces. De pronto cruza frente a mi una ruidosa fiesta de jinetes con cintas rojas y no hay manera de que callen sus flautas para que me dejen escuchar la música del polvo y la duna. Ahí está de nuevo
el halcón
cerniéndose sobre vosotros, despreocupados transeuntes. Me deleitaré una vez más viéndolo cazar, rompiendo el aire con su violín de acero y ascendiendo en brazos del viento del sur. Tengo que enseñarte esto cuando estés aquí, aunque entonces seguro que no sabré donde encontrarlo pero al menos verás el agua brotar de entre los helechos en un secreto recoveco, y todas mis ruinas tristes; pero esas montañas tal como ese día me observaron se merecen una lección, merezco mi revancha y prometo que en menos de dos meses volveré a encararme a ellas todo un día y las devolveré sus carcajadas en forma de conjuros que cambien el curso de las corrientes y entonces podrás, seguramente, escuchar mi voz bajando por el valle y no darás crédito a tus oídos. Entonces tendrán que inclinarse hacia mí y ya no me costará subir cuesta arriba. Esas eminencias malparidas hijas del corrimiento…*


*La orogénesis es la formación o rejuvenecimiento de montañas y cordilleras que se produce por la deformación compresiva de regiones más o menos extensas de litosfera continental. Los materiales sufren diversas deformaciones tectónicas de carácter compresivo, incluido plegamiento, fallamiento y también el corrimiento de mantos..




sábado, 1 de diciembre de 2007

Seis años

Seis años después en el mismo sitio, en el mismo lugar, en la misma ciudad. Seis años después en la misma fecha. Piénsalo, la semana tiene siete días. El mismo día de hace seis años también era sábado. Eso es lo único bueno de recordar fechas. Por supuesto, nada tiene nada que ver. Yo soy otro. Y tu ya eras otra en aquel momento. Es irónico, por otro lado, que lo que podría significar cerrar un círculo sea sin embargo trazar un rombo. Ya sabes, en mi viaje a la reencarnación tiene que acompañarme siempre un poco de condenación. Mucho más que un poco, en realidad.

Ya he hablado de eso, por lo que no continuaré con el tema.

Era una noche negra como pocas, tan negra que a penas podía distinguir el pálido brillo de las verdosas estrellas. Hacía tiempo que bailaba en torno a una pira funeraria, pero esa noche fué la de la consumación. No habría otra parecida. En mi memoria - ya sabes como funcionan estas cosas- la falta de imágenes se suple con recuerdos a la luz del amanecer, de espaldas a mi, la suave curva de tus hombros encogidos. Una línea recta desciende desde el cuello y se detiene en un punto, de pronto se curva hacia arriba, hacia abajo, y desciende por tus brazos pudorosos. Recortada contra el amanecer te recuerdo esa noche negra. Había algo de prohibido, siempre lo hubo, y había algo de falso en todo aquello. Una tarde llevabas una blusa gris de finas rayas oscuras y mientras clamabas a los cielos o a donde clamen quienes no creen en castigos y recompensas (yo me he creado mi propia mitología) sólo podía pensar en lo bien que te quedaba la blusa gris de finas rayas oscuras, y como podría quedar mejor: en el suelo, a dos metros de tí.

Por la mañana pronto vino el sol y no recuerdo tu rostro, pero recuerdo tu albornoz, recuerdo tus pestañas entrecruzándose a escasos centímetros de mí la mañana de nuestro primer pecado, mientras Rachmaninnov hacía temblar las lámparas con su concierto número dos. Recuerdo que cogí un autobús, tenía que bajar para volver a subir y durante todo el camino solo pensaba en las vibraciones del motor (me había sentado al fondo). Cuando llegué al trabajo escribí en el ordenador lo que había ocurrido para asegurarme de que era real. Borré hace tiempo ese archivo. Lo borré esa misma mañana.

Cuando deambulaba por la ciudad dando tumbos y pensando en la salvación fácil de una botella - más acogedora que el frío filo de un puñal, y mucho más placentera - me detenía en las esquinas y deseaba que me encontraras así. Y cuando veía viejas películas de terror por las noche deseaba que estas fueran lo suficientemente buenas para servir de justificación a mis gritos.

Y ahora, seis años después, este momento anterior a la celebración es el único que quiero dedicar a aquellos otros. Como te digo, para cerrar el círculo debería visitar aquel santuario oculto entre la niebla yo sólo. Pero me acompaña otro círculo abierto , mas abierto, más grande, que consumirá de seguro toda la energía que puedo dedicar a la geometría vital.

En el fondo es, para qué engañarse, una especie de deferencia hacia ese chaval de hace seis años que sólo soñaba tu cintura envuelta en sus espirales de humo.
Y mientras, tanto tiempo después, las tormentas de aquel día en la memoria solo son sucios aguaceros de lluvia ácida y pútrida que no trascienden más allá de sus propios charcos.

viernes, 30 de noviembre de 2007

.1. Et lux perpetua luceat ei

Todos lo veían. Estaba preso de un ánimo funesto. Yo también lo sabía, y qué, no era la primera vez que me pasaba, ni sería la última. Carecía de impulso y de ritmo, estaba cansado y los cielos grises me parecían los más hermosos. Pero yo no era de los que creían (sigo sin serlo) que la tristeza es una especie de enfermedad, y que el estado natural y óptimo del ser humano es el de la felicidad: porque si la carencia de felicidad fuera un problema ¿no significaría eso que todos tenemos uno? Antes de que los optimistas vinieran a cerrarme la boca me había respondido a mi mismo y no necesitaba más interpelaciones. Lo que necesitaba era un viaje, cambiar de aires que se dice. Sentía una poderosa ansia de soledad, pero carecía del valor necesario para irme a un pueblo perdido, o al desierto, o a la cima de un monte. Necesitaba esa soledad acompañada de la ciudad, ser observador y evitar ser observado, necesitaba ese ambiente de film noir que me rescata de la monotonía de mi vida.

Se me presentaban varias opciones pero la más segura era Meditérrea, por ser una ciudad ni demasiado lejana ni demasiado próxima, ni demasiado de dentro ni de fuera, ni demasiado desconocida ni demasiado ajena. Tenía amigos allí a quienes podría llamar si necesitaba tomar un trago. Y el billete de tren era barato. El viaje en tren era parte del tratamiento (este es el motivo, amigos, por el que nunca podré escribir una novela: porque es más fuerte en mí el deseo de vivirla que el de crearla), a pesar de que ya no había vagones de fumadores, ya no había viudas negras (qué fué de Marlene Dietrich) y sólamente yo y un señor mayor que caminaba como una geisha llevábamos sombrero. Fué decepcionante que no hubiera mucho que mirar entre el pasaje, no había historias para inventar detrás de esos rostros, todo el mundo parecía perfectamente normal y yo debía ser el mas raro y enfermo de entre los que me reodeaban. Y aunque no lo creais incluso yo me acabo aburriendo de escribir sobre mi mismo, aún viéndome desde fuera.

¿El paisaje? No lo recuerdo muy bien, he consultado mis notas pero está claro que mi visión estaba entonces cubierta por esa lente de la que hablaba al mencionar antes los días grises: todo era tan poético como en un cuadro de El Greco rociado con aguarrás, e incluso anoté que llovía pero creo que me lo estaba inventando. Si queréis que hable del paisaje puedo suplir estas lagunas con conocimientos objetivos (aunque estos conocimientos no sean exactamente míos). Veréis como, además, consigo no desprenderme de la literariedad.

El Sistema Central es el resultado del choque de las placas correspondientes a la submeseta sur y a la submeseta norte, ambas pertenecientes a la Meseta Central de la península ibérica. El sistema se levantó durante la orogenia alpina (era Terciaria), aunque los materiales sobre los que se asienta (el zócalo granítico meseteño) sean anteriores (de la orogenia herciniana). Las rocas han sufrido una fuerte erosión, por lo que se han aplanado mucho tanto en las cumbres (conocidas por los montañeros como "cuerdas") como en las estribaciones septentrionales y meridionales. Por tanto, el Sistema Central es una cordillera más antigua que otras, como son los Pirineos, los Alpes, los Andes o el Himalaya.
La flora del Sistema Central se caracteriza por la abundancia de bosques de pino silvestre y piñonero, y la presencia de robledales y encinares en zonas más bajas. En las cumbres predominan los pastizales y arbustos de alta montaña. En la zona más baja de la cara sur de la Sierra de Gredos existen especies vegetales propias del clima mediterráneo típico gracias a las influencias climáticas que recibe de Extremadura. En cuanto a la fauna, abundan mamíferos como ciervos, jabalíes, corzos, gamos, tejones, varios mustélidos, gatos monteses, zorros, liebres, etc.; una gran cantidad de especies de aves acuáticas en los embalses, y grandes rapaces como el águila imperial o el buitre negro, entre otras.
La situación céntrica y divisoria del Sistema Central ha hecho que sea atravesado desde tiempos preromanos por varios puertos de montaña. Los principales pasos naturales entre ambas vertientes son el corredor de Béjar, el puerto de Tornavacas (Cáceres),el puerto del Pico (Ávila) con calzada romana, el puerto de la Paramera (Ávila) y los puertos de Somosierra, el Alto del León, el puerto de la Fuenfría con calzada romana y el de Navacerrada (entre Meditérrea y Segovia).

Recuerdo, eso sí, que cuando bajé del tren tuve la misma sensación que tengo cada vez que viajo a esa ciudad: tengo que mirar hacia arriba con susto porque ha crecido otro nuevo rascacielos. ¿Cuantos puede haber? ¿Unos ocho? Entonces he debido ir no más de seis veces en mi vida. Tal vez me sobre alguna - soy hipocondríaco, a un nivel leve, pero lo soy, acabo de ver luces al torcer la vista y sospecho una lesión cerebral. Destino infame. Oh, alma mía profética. - El aspecto general de la urbe, como siempre, resultaba decepcionante. Meditérrea es una capítal de la decepción, excepto para aquellos que la aman, pero creo yo - perdónenme ustedes - que los que aman esta ciudad es porque aman las decepciones. Yo soy un onironauta: estoy acostumbrado a la decepción, pero la detesto. De esto deduzco que esa primera noche debí estar muy borracho o que debí pasarme con el humeante néctar prohibido, porque anoté esto en mi libreta:

Ante mi se alzaba un monstruo de negras alas, un infierno dantesco que tenía sin embargo un magnetismo fascinante. Enormes edificios coronados por estilizadas agujas, iluminados en la temprana noche mediante gigantescos proyectores halógenos parecían desafiar al cielo. Olía a tallarines, o a sudor, nunca he sabido diferenciar esos olores. Olía a sexo, a vicio, olía a arte y a miedo, olía a cuero, a metal y a vino con un toque de fruta madura en la nariz. Olía a cervecerías llenas de humo, a cabaret, olía a alambre de espino y a árboles. La ciudad era, en fin, una orgía sugerente que sin embargo me abrumaba...

Amanecí pensando en un libro que había leído años atrás. No recordaba el título, pero recordaba el nombre del autor. Vencí a la pereza, salí de la cama del hostal (un hostal al uso) y decidí aprovechar la excursión para navegar entre las librerías de viejo preguntando por un libro de un tal Walter Lurudi. Al final, cuando mi problema pasó de ser encontrar un libro en una librería de viejo a encontrar una librería, entré en un ciber, accedí a Google y tecleé
www.iberlibro.com
Ninguno de los títulos que aparecieron relacionados con Lurudi me sonaban, pero apunté el nombre y la dirección de un par de tiendas. Cuando volví a la calle ya era demasiado tarde para vagar sin rumbo, así que entré en la primera taberna que me pareció lo suficientemente decadente.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Comienzo

Foto: Brote de no se que planta en un solar junto al centro de ocio Parquesol Plaza. Valladolid.


Fuera soplan los vientos
rojos inviernos
confieso que he mentido



Buscando refugio en la nocturna esquina de un edificio artificioso, cubriéndose del viento, entrecerrando los ojos, apurando un cigarrillo antes de que termine el tiempo establecido. La vida es eterna en veinte minutos.

En realidad es la misma historia repetida una y otra vez, son variaciones sobre un tema divino o humano, si es que esos dos conceptos pueden disociarse. Hace mucho que no cuento una historia.

Dos personas caminaban a la luz de las estrellas, buscando la Luna. Se suponía que debía estar ahí, en su sitio, redonda y blanca, plena. Pero esa noche había decidido ocultarse de la vista de los hombres, estaba atendiendo sus propios asuntos. Pudorosa, envuelta en nubes, se asomaba lo justo para espiar los pasos de dos personas que caminaban a la luz de las estrellas buscándola. Cuando se cansaran y asumieran que esa noche la Luna no brillaría para ellos, se detendrían a contemplar las estrellas reflejadas en sus ojos, el uno en los ojos del otro, de modo que por fin lo que más refulgiera en la oscuridad fueran ellos mismos.

Y es que está ahí, aunque no la veas.

-¿Y la noche? - preguntó ella pensativa.
- La noche sólamente es un eclipse de Tierra.

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Eran las ocho de la mañana. El hombre de la inmobiliaria esperaba desde hacía quince minutos, exhalando vaho mezclado con el humo de un ducados del que se deshizo rápidamente cuando vió acercarse el Volvo plateado. Buscó de forma mecánica un chicle en el bolsillo interior de su chaqueta, pero sólo encontró envoltorios vacíos. No tuvo tiempo de sentirse contrariado, ya estaba esbozando una amplia sonrisa para saludar al inversor y al constructor. Si es que esos dos términos pueden disociarse.

- Buenos días, caballeros - su voz se quebró de forma ridícula hacia la mitad de la última palabra.
- Buenos días, como andamos... - la voz del constructor resbalaba por su garganta hasta las comisuras de sus labios agrietados.
- Hola, hola, que tal, que frío hace, coño - señaló atentamente el inversor.

El agente inmobiliario estrechó las manos calientes de sus dos clientes y sólo en ese momento se dió cuenta de que la suya estaba helada.
- Bien - dijo al fin - aquí está. Como pueden ver, la situación es inmejorable.
El constructor no hizo ningún gesto. Escrutaba con ojos expertos el solar, las palabras grandilocuentes le exasperaban.
- Un poco... en cuesta.
Los tres continuaron con la conversación durante unos minutos, pasearon por el solar y finalmente se marcharon a tomar un café para sellar el acuerdo.

Cuando se hubieron ido, el viento azotó los escombros, movió la gravilla. El Sol, aún pálido y débil, se fijó en un brote dorado que quería imitarlo, brillando. Desde ahí se divisaba el sur de la ciudad: Las grúas se alzaban entre la bruma como animales prehistóricos, el sonido del tráfico en hora punta recordaba a lejanos graznidos marismeños. El brote miraba hacia el cielo, temblaba de miedo y frío.

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Las ocho de la tarde. Lluvia fina pero persistente. Limpiaparabrisas danzando al son de Radio Gagá. Odiaba estos trabajos, pero no podía rechazarlos: eran los que me daban de comer. Por fin salió del portal con paso vivo. Una chica menuda, de unos cuarenta y cinco kilos y cerca del metro sesenta y dos, con el pelo rubio recogido bajo un gorro de invierno muy colorista. Los zapatos no eran los más adecuados para la lluvia, las gafas de sol no eran las más adecuadas para las ocho de la tarde de un día lluvioso de noviembre. Cuando apagué la colilla en el cenicero me dí cuenta de que no era consciente de estar fumando, me tengo prohibido fumar en el coche. Y sin embargo dentro había ya más humo que aire, por lo que bajé la ventanilla, tan sólo una rendija.

La mujer había subido a su vehículo y comencé a seguirla. Esa parte era la divertida. Perseguir es divertido, perseguirte sin que lo sepas. Lo duro es observar.

No era de extrañar que hubiera escogido una mesa en una esquina. Pero su jersey rojo a juego con su falda negra y su cabello rubio ahora suelto hacían que difícilmente pudiera pasar desapercibida. Dejó las gafas de sol sobre la mesa y me dirigió una mirada azul e hipnótica. ¿De verdad me había visto? Esbozó una débil sonrisa y me llamó con un gesto de la mano. - "Debo estas perdiendo práctica" - pensaba para mis adentros. Llegué hasta su mesa.

- ¿Me llamaba, señora? No soy el camarero.
Su rostro perfecto - Fidias, muérete de envidia - podía moverse, y lo hizo al hablar.
- Me preguntaba si no querría usted sentarse conmigo.
La pregunta me soprendió tanto como cabía esperar.
- ¿No espera usted a alguien?
Ahora la risa se hizo sonora, dulce.
- Claro, querido. Lo esperaba a usted.

Odiaba estos trabajos.

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El Valse Triste es de Jean Sibelius


Me levanté de mi silla sintiendo que había traicionado a mis planes nocturnos. Encendí una vela - tengo luz eléctrica, pero los más importante siempre es crear una atmósfera - y pasé mi mano por la pared rugosa. Las sombras eran nítidas ahora, tomé un carboncillo y proseguí con mi obra. Necesitaba una ventana, así que comencé a trabajar las líneas de un marco de madera, deteniéndome de vez en cuando para dar un sorbo de mi copa de vino. Se había calentado, pero no importaba. Lo importante era dibujar en la pared a la luz de la vela con una copa de vino cerca. Rematé las aristas y me puse con el cristal. Dibujar una ventana cerrada era absurdo, lo sé. Pero la ventana es mejor que un espejo por diversos motivos. En primer lugar, porque se trataba de una pared inclinada, una pared techo si lo prefieren, el techo-pared de una buhardilla. En una vieja maceta una planta mortecina me pedía que dibujase un rayo de Sol, así que lo dibujé. El Sol difuminaba aún más mi reflejo, mi plan inicial había sido dibujar un cielo nocturno. De este modo siempre sería de noche en mi salón. Tomé un paño húmedo y borré el rayo de sol.

- Luego te llevo al dormitorio y te dejo en el alféizar - le dije a mi planta.

Volví a la primera idea. Había que ser muy cuidadoso al dibujar a la noche. Cuando hube terminado todos los detalles, desenfoqué mi vista hsata encontrar el punto donde debería intuírse mi reflejo y tracé los contornos con el paño húmedo sobre el carboncillo. Me encendí un cigarrillo, me quité la camiseta. Hacía frío, pero lo importante era estar en una buhardilla fría sin camiseta, fumando un cigarrillo junto a una copa de vino y alumbrado por una vela. Tomé de nuevo el carboncillo para retratar el reflejo de mi rostro, y aunque a penas era un esbozo borroso me pareció encontrar en él un expresión de extraña felicidad. Los ojos que había dibujado observando hacia fuera no miraban hacia donde debían. Estaban fijos en un brazo que le abrazaba desde atrás. Sorprendido, seguí en mi retrato el camino de ese brazo, y encontré lo que parecía una cabeza apoyada sobre mi hombro. Solo podía distinguir a duras penas unos ojos entrecerrados y unos labios que besaban la piel de mi reflejo en la ventana.
Tus labios.
Tus ojos.
Dejé caer el trapo y el carboncillo, y rápidamente encendí la luz. Volví a mirar la ventana que había dibujado en mi pared, en mi techo.
Estaba abierta. Hacía frío.


martes, 30 de octubre de 2007

Balada de los cinco cafés

¿Qué te regalan las noches?

Sólo las noches son mías,

las mañanas grises de café y tinta

las tardes hueras, aquí todo se paga

¿A cómo está el tiempo? A dos cafés y un

paquete de tabaco.

¡Corre, que se va la hora!

que no te deje atrás la manada

bien viajarían todos solos o no

no solos

Pero no contigo

que no sabemos quien eres

ni lo que vendes

recogiendo hojas de oro

por viejas, que no por caras


Y ahora, te pregunto ¿Qué te regalan las noches?

nada, no me regalan nada, no me dejan ya nada,

ya no me quedan las noches,

me han arrebatado hasta eso.

Las reinvierto en días, para poder

venderlas al peor postor

puedo hacerlo si quiero, sólo las

noches son mias

y todo el tiempo que me ahorro

lo pongo a renta fija

y me rinde dos cafés y un

paquete de tabaco

que no digan que es poco en los tiempos

que corren

corren despacio, pero corren

hacia delante,

y me olvido del tiempo

y me olvido de las noches

y necesito otro café para

poder pagarme

otro café para pagarme

otro café

y de tanto verme reflejado

en el pozo negro de mi taza

me he caído dentro de la noche

y ya no puedo sino gastarla

sólo esta noche, solo una.

A ver que me regala.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Pasaje

Foto: Pasaje de Gutiérrez, Valladolid.


"Las calles son la vivienda del colectivo. El colectivo es un ente eternamente despierto, eternamente en movimiento, que vive, experimenta, conoce y medita entre los muros de las casas tanto como los individuos bajo la protección de sus cuatro paredes. Para este colectivo, los brillantes carteles esmaltados de los comercios son tanto mejor adorno mural que los cuadros al óleo del salón para el burgués, los muros con el "prohibído fijar carteles" son su escritorio, los quioscos de prensa sus bibliotecas, los buzones sus bronces, los bancos sus muebles de dormitorio, y la terraza del café el mirador desde donde contempla sus enseres domésticos. Allí donde los peones camineros cuelgan la chaquete de las rejas, está el vestíbulo y el portón que lleva a los patios interiores al aire libre; el largo corredor que asusta al burgués es para ellos el acceso a las habitaciones de la ciudad. El pasaje fué para ellos su salón. Más que en cualquier otro lugar, en el pasaje se da a concer la calle como el interior amueblado de las masas, habitado por ellas"


Walter Benjamin
Passagenwerk




martes, 4 de septiembre de 2007

Poema urbano de un día mundano

Foto: Calle Faisán a las 7:15. Barrio de Los Pajarillos, Valladolid

Desechas las trizas de la tarde
y los rojos jirones del barrio
bajo el ocaso naranja
Las farolas se llenan de vida y las polillas
tienen su fiesta
y los murciélagos.

La calle se llena de ruido
ruido
y las ventanas
las casas de
los muertos

Hay tanta gente
y son todos grises
y son todos locos
y son todos imbéciles

La música me lleva a otra parte
Las cervezas y
las risas
y los besos
se consumen rápido
como los productos
perecederos

entonces la ciudad se vuelve grande
y yo me siento pequeño
y me divierte ser un pequeño gusano por las tripas
de un viejo monstruo de asfalto
y luz

Para cuando vuelvo a casa
la ciudad está desierta
y llena de basura
y vómito

Mis pasos bailan
al son de un cuarteto de rosas.

Un cigarro
el pelo velando la foto
la luz naranja es ahora
del ocaso de las farolas
y del amanecer de Murnau
Me adentro una vez más en las entrañas de la tierra
y ¡sorpresa! emerjo vivo de nuevo
vivo y borracho de ciudad
Me esperan mi cama y mi cenicero

se

hace

de

día

Y cantan los murciélagos con los mirlos
y silban los trenes

Ojalá que nadie me joda y se ponga a dar martillazos.

Ruinas

Foto: Solar en obras en la Bajada de la Libertad. Valladolid.

Allí se alza un nuevo bloque, y por allá florecen margaritas silvestres en forma de viviendas unifamiliares, todas iguales, todas esperando a ser deshojadas. Y por la noche duermen vacíos los pisos aún inhabitados y aquellos en los que ya no habita nadie. Yo colecciono postales de fantasmas de ladrillo, donde antes vivía alguien ahora no queda sino barro, escombro, basura. Pero me emociono cuando descubro un fragmento de papel de la pared, algunos azulejos de la cocina o el baño, la marca de una escalera que ya no sube a ningún sitio; como quien descubiró las ruinas de Pompeya o quien se adentra entre los frescos visigóticos de una antigua ermita. O más aún, porque esto es infinitamente más triste, infinitamente más real, y está más vivo, desnudo, ahora, en la muerte y el olvido.