Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Conjugaciones



Corrías roja sobre el asfalto negro y yo verde y azul persiguíendote sobre los adoquines mojados, con las motoclicletas circulando en torno y a través de nosotros. No podías ser más prototípica: boina roja, cabello rubio, ojos azules, camiseta de rayas blancas y rojas, falda roja, botitas rojas reluciendo bajo la lluvia gris, gris como yo, el lobo que caza la niña (¿no hablé de tu bolso, tu hermosa billetera?). Los ojos fijados en los ojos y nada más, nuestra mirada extranjera se encuentra y la sonrisa que se eleva en tus labios es tan dulce que me trae aroma de sándalo. Hay una certeza en todo esto. No observé como las escaleras que escalabas con pasos ágiles, salpicando mi rostro miope nos llevaban a un punto más alto y cuando quise darme cuenta ya estaba cayendo y había perdido las gafas y había engordado tres kilos. Pero cuando bajaba encontré la certeza de tus ojos y me detuve a pensar si lo correcto sería fulminarse con el suelo o fundirse con él. Conseguí fundirme fulminado.

Quise ser un ángel caído, pero sólo llegaba a santo varón, por lo que decidí que con el diablo me iba a ir mucho mejor. Y tú no dejabas de correr roja sobre el asfalto negro. La noche nos alcanza (la noche nos alcanza siempre) y tu falda no parece ya tan corta, me esquivas entre las farolas y te escondes en bares infames. Te encuentro en los labios de otro y te pido que te bajes de ahí, que hay cantidad de infecciones peligrosas que pueden transmitirse de ese modo. El marinero de brazos peludos era una mala bestia de carga y no dudaría en partirme el cuello, y yo me preguntaba que te atraería de los hombres toscos y peludos, y la visión fugaz de vuestros cuerpos desnudos contrayéndose el uno contra el otro me resultaba repulsiva y excitante. Dirás que me lleva el morbo, la locura, pero en realidad yo te amaba y deseaba sólo para mi y cualquier otra verdad me producía una fiebre tifoidea. No paraba de sonar la misma música y yo sabía que debía marcharme, pero entonces me encontré con la certeza de tus ojos enmarcados en un Sol de pestañas. Así que te tomaba de la mano y te sacaba de ahí, te alejaba de la miasma y la peste y te refugiaba en mis brazos contraechos, te apretaba contra mi pecho mullido y lo endurecía para resultar más protector. Y el viento golpeaba mi cara mientras tus lágrimas humedecían mi hombro. Pero sabía que llegaría el día, zapatitos rojos, en que por mucho que buscara no te econtrara y cuando te hayara, al final, tampoco pudiera tener ya la certitud de tu mirada.

sábado, 17 de noviembre de 2007

La lenta danza de las estrellas infinitas

Foto: Ilustración de Charles Vess para Stardust, de Neil Gaiman.



(otra vez)

Que hermoso. Sobre el mueble tosco y en apariencia áspero, a la luz de una indecisa vela.
Aferra con pasión una pluma sedienta, la mueve con precisión, pero velozmente ,dibujando los sonidos -siente ahora que el viento quiere entrar por su ventana cerrada-, tejiendo con intrincados caracteres redes que atan a una fina superficie los colores, la música, el frío y la noche, el mundo.

Ejecuta así su magia. Universos enteros se condensan en un punto,
se extienden,
se doblan,

remontan · el vuelo,
descienden, se separan,
continúan,
A la espera de que, en algún lugar, alguien diestramente desentrañe el misterio, que alguien haga funcionar el conjuro, que alguien haga danzar a las estrellas infinitas.

Resucitar la voz del Vidente es virtud de sólo unos pocos.


La pluma se detiene, y una gota se desliza por el filo. Refleja en su negrura la luz febril de la mirada de su amo, y se precipita hasta encontrarse con la límpida agua de un vaso olvidado. La tinta se contorsiona formando espirales y la poesía toma forma de criatura que se arrastra, nada, extiende sus pequeños brazos y desciende a la mesa. Tiene conciencia de si misma y ejecuta sobre la madera una coreografía hasta entonces oculta. El poeta contempla maravillado a este ser que en su amor por él adopta rasgos femeninos, y quiere crecer para abrazar, para acariciar, para besar. Deja tras de sí el rastro grisáceo de unas huellas diminutas e intenta hablar, pero su voz es demasiado débil para ser escuchada. El poeta humedece sus manos en el vaso y extiende su palma, recoge a la criatura que inclina su cabecita y observa. La deposita en el suelo junto a una fuente. Indecisa, ella avanza y, con sumo cuidado, toma una gota de agua, luego otra y otra más.

Ahora es tan alta como él, transparente como el cristal bien pulido, y la esencia grisácea es casi imperceptible. Toma a su amado de la mano y pasean bajo la Luna, bailan muy despacio y se funden en un beso. La líquida figura se mezcla con el poeta, estalla en mil gotas y el llora lágrimas negras y dulces.

Desperté sobre mi mesa, el tintero volcado, mis ojos humedecidos. Desperté, mojé mi pluma y dibujé sonidos añorando la lenta danza de las estrellas.

martes, 6 de noviembre de 2007

The need to speak

Foto: Jacques Percipied ejecutando un impromptu indeterminado. Valladolid.




The need to speak, even if one has nothing to say, becomes more pressing when one has nothing to say, just as the will to live becomes more urgent when life has lost its meaning


Walter Benjamin

A escondidas aprendo

Yo sólo quería tocar el piano en las fechas señaladas, para un grupo de amigos selectos, tras el convite y las copas, con la corbata aflojada y la cara cubierta de confetti, un cigarrillo en la boca y el pelo echado para atrás. O para un lado. O sobre los ojos, no se.

A escondidas como
Fugaces bocados


Pero en ocasiones me descubría a mi mismo soñando despierto, pulsando en la mesa, imaginando que era yo quien ejecutaba, pongamos, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, o las Gnossienes de Satie en un escenario no muy grande, lo justo, un foco encima, o detrás. No se. Las caras a oscuras, tal vez algún aplauso, tal vez un chin chin con la chica del violín. Segundo.

A escondidas fumo
en espacios reservados


Ya había tocado demasiada basura en la intimidad para pensar de nuevo en la fama y la gloria cuando de pronto surge de mis dedos algo y pienso, al dia siguiente, sobrio, "no está mal". Y entonces llega ella y dice "no está mal" y yo pienso "mejor será no tocarlo delante de nadie más y he aquí mi pequeño triunfo". Y luego concedo "No en grandes teatros, tal vez en algún pequeño bar, para borrachos desconocidos, como un músico de jazz, sin dar mucho la cara ni demasiado la nota". Y hala, me hago mis bolos, modestos pero reconfortantes para el ego y pienso "no está mal"

A escondidas sueño
En horario de trabajo


Entonces aparece ese desgraciado, no ese, esos, no uno, dos, uno detrás del otro, los escucho y la verdad es que nunca había oído algo igual. Boris y Jack, que tipejos repelentes. Así que ya no brotan de mis dedos melodías que no me suenen a eco distorsionado de las suyas y pienso, por fin. Se acabó.

A escondidas lloro

Pero por las noches me invade cierta furia, hay algo, brota a veces, cacofonías incongruentes que saben a palabras de Oráculo y necesito que me las traduzca, bueno, ya sabéis, una intermediaria. Me ha pasado sólo con tres personas, y también con un tío (eso fué raro, no lo esperaba, pero tampoco voy a quejarme). Y se que algo hay, necesito explorarlo pero tal vez es demasiado grande, o eso me parece, un peso en mi pecho y luces en mi cabecita y mis dedos no dan abasto (me falla la técnica, tanto compositiva como interpretativa) y sólo suenan notas disonantes y ni siquiera en su disonancia son algo. Pienso "ampliemos los horizontes": Sólo necesito pasta. Pasta y algo, tal vez estudiar, y algo, la ilusión de algo, que a ser posible no sea demasiado real pero sí lo suficientemente algo para anhelarlo. No se si me he explicado correctamente.

A escondidas amo.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Lejana Melodía


"Gabriel no había salido a la puerta con los demás. Se quedó en la oscuridad del zaguán mirando hacia la escalera. Había una mujer parada
en lo alto del primer descanso, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la baranda, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oír él también. Pero no podía oír más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.
Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de captar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la sombra, y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras en relieve. Lejana melodía llamaría él al cuadro si fuera pintor."

Fragmento de "Los Muertos", relato de James Joyce incluído en su obra "Dublineses"


Foto: A John Houston también le gustaba ese pasaje.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Ciego

Foto: Fotograma de Blind, film de Tamar van den Dop

"Atención, que vamos a empezar. Cuando hayamos llegado al final de esta parte sabremos más que ahora; pues esta historia trata de un duende perverso, uno de los peores, ¡como que era el diablo en persona! Un día estaba de muy buen humor, pues había construido un espejo dotado de una curiosa propiedad: todo lo bueno y lo bello que en él se reflejaba se encogía hasta casi desaparecer, mientras que lo inútil y feo destacaba y aún se intensificaba..."

Hans Christian Andersen - La Reina de las Nieves


Levantó la cabeza de su escritorio invadido por la angustia de saber que no había sido real y quiso quemarse, quiso arder, sacudirse por un instante el viento de encima. Ya no creía en ninguno de esos cuentos: Dorothy jamás habría sido ya feliz fuera del mundo de Oz, ni Alicia fuera del País de las Maravillas. Volver a casa...el ya no tenía casa. No después de esa noche.

¿Por qué iba a ser esto más real que su sueño? ¿No había danzado con la luz misma y ahora a su vista todo era borroso, todo era oscuro, todo era un engaño para sus sentidos? Y le preguntarían por su sonrisa amarga y sus ojos cansados, por su tez pálida y el brillo febril de sus pupilas. Pero no podrían entender que ellos mismos, para él, deformada su percepción, solo eran una parte más del engaño, una parte más de la misma mentira cruel, de la misma burla en la que la vida se había convertido tras soñar con esa estancia, con el aroma mismo de la vida, que no habitaría jamás entre asfalto y adoquines, entre el humo y el ruido grasiento y ácido de los coches.

Esa noche quiso volver a ella y dentro de si encontró solamente nieve. Invadido por el miedo rebuscó con apremio en el cajón superior de su mesilla, en ese en el que aparentemente sólo se escondían cuadernos llenos de hojas en blanco. Escarbó, sacudió, golpeó y por fin con las manos temblorosas sujetó entre sus manos un cuaderno verde forrado con hojas de verano que ya comenzaban a oler a otoño...




Vídeo: fragmento de la parte II y la parte III de Black Angel (George Crumb). Bailarín:
Stojan Kissiow; Coreógrafo: Mike Salomon.

lunes, 22 de octubre de 2007

Dormir y soñar

Foto: Tuvstarr pemanece sentada y observa expectante el agua, cuadro de John Bauer




Jäh verstummnt nun der sausende Wind,
sommerlich süß ist die Nacht,
und der Duft dampft von blühender Linde
am schlafenden Wasser des Waldteiches.
Im Schatten hört man ein Rascheln:
Dort walt ein rosa und mondweißes Kleid,
dort winkt ein Arm,
so sanft und rund,
dort wogt ein Busen,
dort flüstert ein Mund,
zwei Augen versinken in deine
und spielen die ewige Treue so blau,
daß jede Erinnerung verebbt;
sie laden dich ein zu schlummern, vergessen,
sie laden dich ein zu schlafen und träumen
in Liebesruhe, in wiegendem, schläfrigem
Föhrenwald.

Derjenige, dessen Herz eine Waldnymphe stahl,
bekommt es nie mehr züruck.

Viktor Rydberg

viernes, 14 de septiembre de 2007

Elegía

Foto: El Puente Mayor visto desde el Paseo de Extremadura. Valladolid.



Musa, Musa, te llamo. Ven en mi auxilio, mi ánimo es sombrío y no encuentro vino en el fondo de mi copa. Vuela hasta mi con dulce paso, llena mi vaso de Nephentes y siéntate a mi lado. Charlemos.

Sufro el justo castigo a mis sencillos pero no menos terribles pecados. La mentira es, tal vez, el más grave de ellos. Pero siendo como soy un fenomenal embustero ¿acaso no puedo engañar a la musa para que se siente conmigo? La echo mucho de menos. En esto al menos sí soy sincero.

Como una oscura legión de noche en mi busca avanzan las nubes. Serpentean por las ramas de los árboles, se arrastran por las farolas, se cogen de mi pecho y arrebatan a mi alma las lluvias de otoño que habrían de regarla. Niegan su génesis a verdes frutos, amarillean las lomas de las montañas y truenan orgullosas.

Danzan las llamas solitarias, fuegos verdes de cobre se funden en cicatriz metálica. Tómame esta noche en tus brazos, oh musa del ocaso, canta tristes versos en mi oído. Vierte en ellos la vida y tañe de nuevo las cuerdas gimientes de tu violín; que broten mil espirales negras que guíen mi camino por círculos de sueños.

Caen ya las hojas de septiembre, aquellos primeros frutos que viste nacer ahora yacen moribundos, viejos y tristes, añorando el Sol y tus suaves pasos bajo su sombra. La semilla que habría de brotar de ellos quedó vertida sobre tierra estéril. El lamento que se rompe en mis labios es tanto fruto de tu ausencia como producto de tu recuerdo. Y cuando la Luna te miraba oculta tras un velo, danzando tú para ella sobre aguas cristalinas, yo la veía oscurecerse, sonrojarse satisfecha. Mi noche, así, sin Luna; mi día, así sin Sol. Las nubes, entonces, mis enemigas. La lluvia, por tanto, robada. Los frutos, simiente nonata. Y las estrellas...guirnaldas en tus cabellos.

Mira ahora que me queda del firmamento: no más que un negro tapiz sembrado de agujeros, y yo sin pincel para decorarlo.

Prisión sangrienta de los ojos cerrados y la luz atravesando los párpados a la fuerza, dejando a su paso un rastro de saladas lágrimas. Deben restarme no más de tres o cuatro; no he bebido suficiente agua de mar para restaurarlas. Prisión triste de calientes entrañas y siniestros cantos de pájaros profetas, deja libre a mi alma para poder ir a buscarla.

Paseando junto a un muro de vetustas piedras decoradas con musgo y abrojos, silbando una melodía antigua y secreta, la veo tumbada contemplando al cielo. Bebe de él el brillo de su mirada