martes, 5 de febrero de 2008

Carnaval

Foto: James Dean, el detective que nunca lo fué, y Lauren Bacall, la Rachael que no pudo ser. Photoshop y paint.



Tanto tiempo sin encontrar. Llueven palabras en torno a mi, el sonido insistente del teléfono marcando una y otra vez. Una y otra vez. Lo mismo una y otra vez.

Te sientas detrás de mi, hablas como todos, sin parar, pero no puedo escucharte. Sólo en las breves pausas, cuando te vuelves hacia tus compañeras.

Ahora ya no estamos ahí.

No fumas. Deberían hacerse cigarros para mujeres como tú, inocuos, libres de todo el mal que el humo puede hacer, balsámicos, con sabores afrutados, fruta natural aspirada con todos sus efectos beneficiosos. Una mujer como tú debería fumar. Eres, sin embargo, tan dulce. Yo siempre pensé que una mujer nunca podría ser demasiado dulce. Las mujeres tan dulces como tu deberían poder jugar a ser malvadas y fumar, como Rachael en el despacho de Tyrell, especialmente si tienen un cabello como el tuyo. Sonríes y me miras con ternura, yo desvío mi mirada y torpe me encuentro con tu escote, quisiera detenerme (las mujeres dulces que no fuman nunca deberían llevar escote; de ese modo los hombres como yo no anhelarían que fumasen y jugaran a ser malvadas para poder observarlas con el mismo pudor pero sin cargo de conciencia). Tu mirada es franca y abierta. Si entrecerraras los ojos al aspirar el humo del cigarro, si malvada humedecieras tus labios de forma impercepible al separarlo de tu boca entonces sí podríamos hablar de arte prerrafaelista o del simbolismo de los poetas malditos parisinos. Malditos poetas.

Tienes una cerveza delante de tí. Una mujer fatal nunca bebería una cerveza, tomaría una copa de algo fuerte, o que pareciera fuerte, con dos hielos casi cúbicos y otro prácticamente deshecho por gracia del calor de su boca. Su mirada resplandecería en la sombra de un oscuro recoveco y yo sonreiría pícaro y te daría fuego con un mechero dorado, o tal vez encendería una cerilla con la uña del dedo pulgar.

Un hombre como yo debería tener los púmulos prominentes y bien definidos, sus ojos que ocultan cartas deberían brillar tras una rendija de los párpados. La cara marcada por viejas peleas de cuando aún jugaba con los chicos del barrio. Un veterano de 26 años con cara de joven de poco más de cuarenta, casi bien afeitado, tal vez de la noche anterior, lo justo para que el rostro no pareciera lampiño. La mandíbula bien definida rematada con un hoyuelo, cuello fuerte y nuez prominente. El cabello corto y cuidadosamente peinado hacia atrás, excepto un mechón distraído que jugara a caerse sobre su frente.

Los comentarios ingeniosos van destinados a apreciar tu sonrisa sarcástica mientras liberas el humo, te ocultas entre una nube, la luz de los focos se refracta y cubre tu rostro. Hueles a limón y jengibre. Yo huelo a sándalo de anteayer.


Pestañeo. No se donde acaba el humo y donde comienzas tú.

Ahora ya no estamos ahí. Contestan al teléfono.

2 comentarios:

virarmar dijo...

Qué bonito...!! Jacques. Precioso.

BS

Percipied dijo...

;)